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Papado, decadencia y reforma

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Esteban Valenzuela Van Treek
Por : Esteban Valenzuela Van Treek Académico UdeC y expresidente Comisión para la Descentralización y exministro de Agricultura
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El conserje del Hotel Galileo en un pueblo de la Toscana interpela con sarcasmo a los participantes de una Convención sobre Estudios de la Fraternidad, que promueve el muy laical y ecuménico movimiento de los focolares. El italiano alza la voz: «El problema es el Vaticano, mucha corrupción y poder». Sin embargo, al final confiesa que es católico y quiere un papa italiano, «para que haga la reforma».

En palabras gramscianas, el conserje de un hotel que se llama Galileo (el científico acosado por la Inquisición), expresa el «sentido común». La Iglesia que es muy italiana, vive una decadencia, pérdida de fieles, escándalos y luchas de poder ajenas al espíritu del propio Cristo. Los papas italianos, Juan XXIII y Pablo VI, impulsaron la apertura-diálogo con el mundo, abriendo ventanas para el aire fresco en el Concilio Vaticano II. Luego vino una restauración conservadora, ortodoxa, que no sólo combatió la Teología de la Liberación, sino también restauró una eclesiología (modo de vivir la Iglesia) centrada en el sacerdote, la jerarquía, con un regreso a prácticas que facilitan la opacidad.

[cita]El «sentido común» vive su fe, ve lejano al Vaticano y espera un papa moderado (casi no existen los «progresistas» en la jerga de los 1980s), que se atreva a hacer la reforma urgente que revivifique la Iglesia, completando (o regresando sin miedo) las tareas del Concilio.[/cita]

Muchos grupos católicos han ido por otros caminos tejiendo una Iglesia reformista; compromiso social, poder a los laicos y mujeres (también inevitable ante la brusca caída de las vocaciones), mantención de las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs) y poder distribuido en la comunidad (incluyendo el manejo de las finanzas de las parroquias), prácticas de colegiatura y co-responsabilidad. También el diálogo con otros, como el teólogo Hans Küng (censurado por el otrora Cardenal Ratzinger) quien dijo lo obvio —los papas son falibles— y promueve la Red Ética Global, con líderes protestantes, budistas y humanistas de diverso origen.

El «sentido común» vive su fe, ve lejano al Vaticano y espera un Papa moderado (casi no existen los «progresistas» en la jerga de los 1980s), que se atreva a hacer la reforma urgente que revivifique la Iglesia, completando (o regresando sin miedo) las tareas del Concilio: diálogo con el mundo, sensibilidad social, ecumenismo, Iglesia basada en la colegiatura, poder laical, diferentes sacerdocios (célibes y casados), poder a la mujer (ojalá aprendiendo de los anglicanos con sus pastoras y obispas), sencillez (menos boato y el sacerdote que dejaba las vestimentas excesivas y era «sal en la tierra» como un caminante anónimo).

¿Será posible? Parece ser inevitable. Sólo en Chile datos de la encuesta Bicentenario dicen que el catolicismo bajó al 59 %. Y el asunto no son encuestas; son los males de la no reforma, las cientos de iglesias y capillas sin atención por la «espera de los curas que ya no están», los escándalos y la urgencia de ir al diálogo con las otras iglesias y movimientos espirituales.

La reforma y el diálogo con la propia Reforma protestante, que el propio papa Benedicto XVI intuía en su perspicacia intelectual y su ser alemán, aunque «doliera», serán el norte. No basta «ordenar» la casa.

La casa está interpelada por los signos de los tiempos. Y las reformas se hacen con rupturas y una colisión desde adentro que permite un camino gradual pero claro. Para esto los «moderados reformistas» son el único camino posible; ya sea Scola (de Milán como Pablo VI y Martino, el jesuita casi Papa en el otro Cónclave), el brasileño, el ganés, el canadiense o el capuchino, parecen ser caminos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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