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Recetario de Lavín: el camino de la no justicia

por 19 abril, 2013

Recetario de Lavín: el camino de la no justicia
Las personas en situación de pobreza esperan un trato justo e igualitario de parte del Estado, una educación de calidad, viviendas socialmente integradas en barrios seguros, una salud oportuna y un trabajo que lo dignifique y que le permita vivir. Ver y escuchar para actuar, con una mirada a mediano y largo plazo, debería ser la mejor receta para este Ministro y su cartera.
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He seguido con atención la discusión acerca del ‘recetario’ que ha planteado el ministro de Desarrollo Social, no lo había visto en detalle y hoy me he dedicado a estudiarlo, desde el domingo en que me tocó verlo y escucharlo en la televisión tenía la curiosidad de indagar de qué se trataba.

Además he sido espectador de las variadas declaraciones y comentarios de expertos en nutrición o de famosos chefs, de pobladores y dirigentes, de trabajadores y dueñas de casa.

No deseo opinar sobre su contenido y me imagino que las personas del Fosis que están involucradas en este programa lo han hecho seriamente, con buenas intenciones y con deseos de colaborar, sin embargo sí me gustaría involucrarme en esta discusión desde un ángulo diferente analizando el rol que le corresponde a este ministro en el nuevo ordenamiento que le ha querido dar el Ejecutivo al reformular su cartera.

Lo que más debería tensionar el trabajo y la vida de un ministro de Desarrollo Social son las injusticias sociales, las abismantes desigualdades y exclusiones, por sobre todo aquellas que son promovidas por las mismas políticas públicas, es decir: la segregación residencial que crean las políticas de vivienda para los más pobres (Chile tiene medalla de oro), la segmentación educacional que estimulan medidas como los liceos bicentenario (Chile ostenta medalla de bronce), los obstáculos para el acceso a una salud igualitaria (en todos sus niveles), un sistema de pensiones que perpetúa las groseras injusticias (y que además no cumplirá con la promesa de autofinanciarse).

Todas estas discusiones, medidas y bengalas son como los bonos: un parche ante el dolor de los atropellos, las injusticias, las exclusiones, las discriminaciones y prejuicios alimentados y sostenidos por medidas políticas efectivistas pero no efectivas, mediáticas pero técnicamente frágiles, inmediatistas y sin una mirada a largo plazo fundada en los derechos de las personas, es decir sin tocar el fondo de la cuestión social que se vive hoy en nuestra nación.

La construcción de una política social que conduzca a una mayor justicia, fruto de una verdadera mirada de dignidad y de igualdad hacia los más excluidos y marginados, implica un gigantesco esfuerzo de empatía, escucha y de profundización de las verdaderas razones por las cuales esto sucede, y además —en su ejecución— debe conllevar una mirada técnica coherente, un delicado trabajo de articulación entre el Estado, el Mercado y Sociedad Civil.

En efecto desde la complejidad de la coordinación de la política y de los programas sociales entre los diferentes ministerios y servicios hasta la complementación de éstas con el mercado y la ciudadanía hay un mundo de compromiso y esfuerzo que requieren la mayor atención de esta nueva cartera (¿si no para que se hizo, para más de lo mismo?, y esto al parecer ha sido sacrificado por lo inmediato).

Lo que más debería tensionar el trabajo y la vida de un ministro de Desarrollo Social son las injusticias sociales, las abismantes desigualdades y exclusiones, por sobre todo aquellas que son promovidas por las mismas políticas públicas, es decir: la segregación residencial que crean las política de vivienda para los más pobres (Chile tiene medalla de oro), la segmentación educacional que estimulan medidas como los liceos bicentenario (Chile ostenta medalla de bronce), los obstáculos para el acceso a una salud igualitaria (en todos sus niveles), un sistema de pensiones que perpetua las groseras injusticias (y que además no cumplirá con la promesa de autofinanciarse), la insólita ausencia de políticas masivas para jóvenes socialmente excluidos, y la política salarial que acentúa la desigualdad (que se ha tratado de compensar con  bonos).



En general las personas en situación de pobreza esperan un trato justo e igualitario de parte del Estado, una educación de calidad, viviendas socialmente integradas en barrios seguros, una salud oportuna y un trabajo que lo dignifique y que le permita vivir. Ver y escuchar para actuar, con una mirada a mediano y largo plazo, debería ser la mejor receta para este ministro y su cartera.

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