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Consideraciones para una memoria indisciplinada

por 28 agosto, 2013

Habiendo mucho que aprender del proyecto encarnado en Allende, una de sus principales lecciones debería ser el que las revoluciones no se controlan con un método previamente establecido, sino que son el reino del desorden, el momento huracanado de la lucha de clases desnuda, es la historia pariéndose a sí misma, y no pueden juzgarse poniéndolas a contraluz de algún modelo supuestamente perfecto.
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La conmemoración de los 40 años del Golpe de Estado y el fin del gobierno popular de Salvador Allende y la UP, se han convertido en una vorágine de actos y programas para recordar. Pero la memoria es dúctil, y en general, termina por ser un consenso que sólo monografías conocidas por especialistas logran desafiar. Después de los hechos del 2011 y tal vez gracias a esa suerte de ruptura del continuo que se vivió hace ya dos años, al parecer estamos en un momento en que se abre la oportunidad para ejercitar una memoria social “insurrecta” respecto de la unidad histórica UP-Dictadura o 1970-1990. Quisiera proponer algunas consideraciones necesarias para una memoria que no logre ser asimilada en la historicidad -mítica- de las elites gobernantes, y sirva, por el contrario, a la proyección de otra historicidad, una que sea material, crítica y popular.

I. ¿Han estado efectivamente prohibidos los videos e imágenes que ahora se exhiben en varios canales de televisión? La respuesta es sí, pero lo interesante es que no lo han estado ni por la ley, ni antes por la Dictadura, sino por los mismos medios que ahora las exhiben. En su mayoría, las imágenes y videos han estado en los archivos de los mismos canales, o corresponden a Teleanálisis y a documentales hace tiempo públicos. La pregunta más trascendente, entonces, es ¿Por qué se mantuvo alejado de los medios de prensa y televisión tanto material documental sobre el hecho más importante de la historia política de Chile? Una respuesta posible sería que así fue porque se creía que su exhibición podía abrir cuestionamientos imposibles de eludir o responder por parte de importantes personajes de la política y la economía. ¿Por qué, entonces, ahora sí se exhiben? Porque simplemente y siguiendo la respuesta anterior, tras más de dos décadas de terminada la Dictadura, los dueños de los medios de prensa y televisión han decidido que, ante la imposibilidad de seguir negando los hechos y la atención que despierta la conmemoración de los 40 años del Golpe de 1973 (o sea la oportunidad de negocios), las imágenes se deben exhibir pero reorganizadas.

Así, las imágenes han estado prohibidas, por sus dueños, a la espera de poder organizarlas en un relato que ha tenido un límite claro: la negación del proyecto revolucionario de la Unidad Popular o su reducción a una locura utopista.

II. En ese mismo vector, una memoria sobre los últimos 40 años necesita domar la rutilante presencia terrorista de la dictadura, so pena de ocultar con ello la definición secular de la lucha clases que significó el gobierno y final de la Unidad Popular. Si bien es cierto que el daño profundo causado por la Dictadura entre la militancia social y de izquierdas es enorme y difícil de apartar del análisis, no es posible establecer una real cartografía de los hechos y procesos acaecidos en Chile en las cuatro décadas pasadas sin situar la violencia en su real dimensión. Si la violencia de la Dictadura fue tal, es porque la amenaza que pendió sobre sus ejecutores fue sentida como dramáticamente cierta. La respuesta militar contra las clases y partidos populares fue gatillada por una polarización de las condiciones de la política que se sabía a priori se produciría. No es posible, de esta forma, sostener que la violencia vino de la nada o de alguna mente enferma; a su vez, tampoco es sostenible que no se supiera, por lo menos no en la teoría marxista de la lucha de clases, que intentar una revolución social, incluso aunque se busque respetar la ley y la democracia, siempre termina en una ruptura de la formación social en torno a la estructura de clases y en una disputa por el Estado. Hay que asumir que el enfrentamiento era inevitable, que los marxistas de 1973 lo sabían, y que la violencia encuentra su origen en el proyecto de la Unidad Popular; lo cual no significa que pueda justificarse con ello el terrorismo de Estado que le siguió ni tampoco entenderlo como un destino ineludible, pero sí como una sucesión lógica en la lucha de clases.

III. Continuando el argumento, la épica y esperanza contenida en los mil días de la Unidad Popular no deben ocultar el largo proceso de construcción de un proyecto popular y “para sí”. Esto significa que las raíces del “poder popular”, el fenómeno revolucionario por excelencia en aquel trienio, deben buscarse tan atrás como en la primera huelga general de 1890 y aún más, en los orígenes del movimiento del artesanado popular a mediados del siglo XIX. Por lo mismo, no se debe caer en la trampa liberal de suponer el periodo 1970-73, o en el mejor de los casos 1967-73, como un breve momento de conciencia rebelde o de ideologización masiva de proletarios. Más bien, es una radicalización de una conciencia e ideologización socialista de masas de larga data, emprendida antes incluso del nacimiento de los protagonistas del gobierno de Allende. Lo que se jugó la vida y la muerte en los tres años mencionados fue el proyecto popular, antioligárquico y socialista, basado en las clases populares, y que desató una fuerza social revolucionaria que sólo la bota militar pudo contener. No es posible, por tanto, comprender “La vía chilena al socialismo” sin comprender la larga fragua de dicha experiencia.

IV. La memoria de los muertos -y de todas las víctimas de tortura, prisión política y exilio- no debe ni avergonzar, ni individual ni familiarmente, ni situarse fuera de la historicidad como excepción. Los muertos son, primero, los mártires de tesis revolucionarias que, habiendo sido derrotadas, no han sido desmentidas. Son mártires de la verdad socialista y del proyecto popular. Segundo, son parte de la memoria de cada familia, pero sobre todo, son parte de la memoria popular y de las izquierdas. Son los muertos de un proyecto colectivo, de hecho, su vida es el símbolo de la entrega total a un proyecto de muchas vidas. Eso puede juzgarse como algo positivo o no, pero no puede desconocerse que fue una praxis de masas en el periodo. Por último, como dijimos recién, las víctimas son parte de una historia larga de violencia estatal y en defensa de las clases propietarias en Chile, no son, por el contrario, una excepción. La particularidad violenta de la dictadura cívico-militar dirigida por Pinochet es más cualitativa que cuantitativa. La novedad histórica no es la masacre o la represión total, sino la intensificación sistemática de los métodos de violencia y terror desde el Estado (clasista), por tanto, la memoria que de ello se practique necesita ser capaz de conjugar una crítica humanitaria con una crítica política de clases al terror estatal, sin perdón ni olvido.

Dejemos que Benjamin nos aclare el punto: “La clase que lucha, que está sometida, es el sujeto mismo del conocimiento histórico. En Marx aparece como la última que ha sido esclavizada, como la clase vengadora que lleva hasta el final la obra de liberación en nombre de generaciones vencidas. Esta consciencia, que por breve tiempo cobra otra vez vigencia en el espartaquismo, le ha resultado desde siempre chabacana a la socialdemocracia. En el curso de tres decenios ha conseguido apagar casi el nombre de un Blanqui cuyo timbre de bronce había conmovido al siglo precedente. Se ha complacido en cambio en asignar a la clase obrera el papel de redentora de generaciones futuras. Con ello ha cortado los nervios de su fuerza mayor. La clase desaprendió en esta escuela tanto el odio como la voluntad de sacrificio, puesto que ambos se alimentan de la imagen de los antecesores esclavizados y no del ideal de los descendientes liberados.”

V. Por último, debemos vacunarnos contra la reproducción historiográfica del debate infructuoso sobre las vías. Si se observa, la mayoría de los relatos sobre lo sucedido en Chile en el periodo de la Unidad Popular y la Dictadura corresponden a testigos y a la vez protagonistas de los hechos. En sí mismo no ha sido un problema, pero es perfectamente posible ordenar sus relatos en una de las dos tesis fuertes del periodo: la línea rupturista o la línea gradualista; y a los textos, en general, les cuesta escapar de dicho posicionamiento y debate. Es la famosa discusión “a la chilena” de las vías. Esto es así con Tomás Moulian, Manuel Antonio Garretón, Alain Touraine, Jorge Arrate, Luis Corvalán Marquez, Julio Pinto, Mario Garcés, Gabriel Salazar, entre muchos otros. Aunque no por ello los aportes de estos estudiosos deban desmerecerse, sino todo lo contrario; urge una memoria del periodo que pueda superar dicha dualidad permanente en el balance de la Unidad Popular.

Parafraseando al recientemente fallecido Eric J.Hobsbawm, la izquierda debe superar la obsesión de hacer balances en función de la aritmética de la fuerza: o contar votos o contar fusiles, y pasar a uno que comprenda la contradicción sin solución entre las vías como la forma real del proceso histórico de la Unidad Popular. Habiendo mucho que aprender del proyecto encarnado en Allende, una de sus principales lecciones debería ser el que las revoluciones no se controlan con un método previamente establecido, sino que son el reino del desorden, el momento huracanado de la lucha de clases desnuda, es la historia pariéndose a sí misma, y no pueden juzgarse poniéndolas a contraluz de algún modelo supuestamente perfecto.

(*) Texto publicado en Red Seca.cl

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