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Comprender para reparar

por 23 noviembre, 2013

La política sólo volverá a ser política cuando recupere su capacidad de escuchar, de sentarse a dialogar, de construir con el otro, cuando el otro sea, en definitiva, un igual, con los mismos derechos, aunque permanezca otro, distinto, pero del cual puedo aprender y puede aprender. Cuando efectivamente logremos construir lo nuevo entre todos.
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Lo que percibo desde hace rato pero quizás con mayor intensidad durante esta campaña en un número creciente de personas, es una mayor carga de odio, más resentimiento,  más desprecio, mayor negación del otro, menos paciencia, más intolerancia, y una permanente disposición a la agresión,  a la interpelación, no precisamente desde el diálogo, sino desde la negación del otro. El otro es un interpelado no legítimo, no válido.

Este otro, esta otredad, está generalmente representada por la política, por los políticos, esa y esos a los que Pinochet nos enseñó tan bien a despreciar, porque era mala, sucia, dañina, compuesta por humanoides, por seres poco patriotas que sólo querían dañar al país.

Esa lección tan bien aprendida durante años y que todos hemos colaborado a reforzar, constituye un “imprinting” y cala profundamente en el inconsciente y en el sentido común. De tan repetida, memorizada, repasada, es verdad incuestionable; más que una opinión, es un absoluto,  un paradigma.

Como señala Morin, los paradigmas son implacables, y gobiernan/controlan, de manera imperativa y prohibitiva, la lógica de los discursos, pensamientos, teorías.

El problema es, como dice Feyerabend (1975, p. 45), que “la apariencia de la verdad absoluta no es más que el resultado de un conformismo absoluto”.

Pero también la política, incluso la bien nombrada, tiene serias deudas con los chilenos. Esta no ha sabido dar respuesta, no ha logrado vincularse con la realidad  y  necesidad de millones de personas; incluso lo mencionado en los discursos, la igualdad, la equidad, etc., ha sido rápidamente olvidado y se ha dado paso más bien a una suerte de “laisser faire” permanente.

Votaron 6 millones y otros 6 no participaron. Extraña división, casi exacta. Chile dividido.

¿Cara y sello? ¿Dos caras de la misma moneda o bipolaridad?

Esta claro que esta dicotomía representa dos estados de ánimo contrapuestos.

Junto a la descalificación, la indiferencia, convivimos también con una necesidad enorme de creer, de confiar, con una enorme necesidad de protección.

Chile es un país reconocidamente desigual. La diferencia entre ricos y pobres, la enorme concentración de la riqueza en unos muy pocos,  la segregación, ya no es ni siquiera un secreto a voces, son parte de todos los discursos, incluso de los de aquellos que detentan el poder económico.

Pero no sólo es parte de los discursos, es parte también de la conciencia de los ciudadanos, es parte de su cotidiano, es parte de las conversaciones diarias, de los medios de comunicación, que denuncian abusos por doquier.

La desigualdad estuvo muchos años acallada, casi normalizada. Hoy es claramente un grito, es evidencia, es conciencia. Esta desigualdad viene corroyendo desde hace rato eso que se llama cohesión social.

No es casual que los países cuyo coeficiente de Gini (distribución del ingreso) es más elevado, son también aquellos cuyos índices de desconfianza son más elevados. “Los países con mayores niveles de inequidad de ingreso, de manera independiente de su ingreso per cápita promedio, es decir, no importando si son países ricos o pobres en el promedio, tienen peores índices de salud, de obesidad, delincuencia, violencia intrafamiliar, confianza interpersonal, enfermedad mental, embarazo adolescente, esperanza de vida y otros indicadores sociales.

Países con los niveles de desigualdad que expone Chile,  son países maltratadores, que ejercen violencia. La violencia y el maltrato forman parte de la experiencias traumáticas de muchos seres humanos en el mundo. Pero como bien dice Boris Cyrulnik, “cuando el golpe proviene de una piedra, sólo es dolor físico; cuando proviene de una persona con la cual uno ha establecido una relación afectiva, (la madre, la madre patria), después de haber sufrido el golpe, se vuelve a sufrir por segunda vez lo que éste representa. Por su doble sufrimiento adquiere el carácter de experiencia traumática; no sólo está el dolor, se instala también el abandono, la traición, el desamparo”.

Atrapados en la dinámica de la violencia y la orfandad. La violencia sólo engendra violencia. La respuesta a la acción violenta sólo será más violenta. La ley Hinzpeter –aplacar la violencia con violencia, responder a la descalificación con la eliminación–, es intentar apagar el fuego con bencina. Una lógica que no permite el espacio para el vínculo, para el diálogo, para detenerse, mirar y comprender. La culpa es del violento, del que reclama, del que se rebela.

Definitivamente estamos más huérfanos y más bipolares, más dicotómicos: nos trasladamos de la esperanza a la frustración, transitamos del optimismo a la decepción, sin puentes, sin transiciones.

Indudablemente se respira más rabia, mayor rebeldía, menos resignación.

Mayor crítica, más demanda, mayor necesidad de respuesta, de protección, de atención. Los chilenos sufrimos de síndrome de abandono, de desamparo, de orfandad. El Estado no ha estado. Ha desaparecido su rol regulador, mediador, distribuidor, ha desaparecido su rol de Estado al servicio de la persona humana y encargado de asegurar de que todos por igual, tengan acceso a los mismos derechos.

Como dice Bourdieu, el retiro del Estado y la soberanía de las leyes de mercado son los factores que permiten la constitución de los lugares de relegación, de segregación, de abandono (La Miseria del Mundo).

La política claramente no logra vincularse con el dolor, no ocupa espacio pero no alcanza a ser vacío,  y en este escenario, la Michelle es sin duda, la MAMI.

¿Cómo transitar de un estado a otro sin ser bipolares, cómo construir el puente entre la nada que se siente, y el todo al que se aspira?

Hay que entender.

Para entender es necesario establecer un vínculo, que permita mirar al otro, comprender. Las personas no logran asociar su malestar con un origen claro, con la causa, es necesario educar y dar respuesta. La enfermedad se enfrenta mejor cuando se conoce la causa. Nosotros no hemos sabido mirar en el origen, sólo actuamos en el síntoma. Más carabineros, más cárceles, más castigo; vigilar y castigar es el lema. Incluso mutilar al que roba. Jamás tratar de entender, menos intentar reparar.

El trauma exige reparación.

El efecto terapéutico pasa necesariamente por el proceso de entender, de comprender.

Pero también hay que atreverse. Atrevernos a hacer los cambios, implica mirarnos sin miedo, mirar a los otros no como amenaza, no como molestia.

Habrá que atreverse a pisar callos, a eliminar los privilegios. Habrá que hacer una reforma tributaria de verdad.

Habrá que reconocer los derechos como tales y asignarle al Estado el rol de garante de estos. Los  derechos a la educación, la salud, a vivir en un medio ambiente sano, al agua, a pensiones dignas, son para todos sin excepción.

Esto implica abandonar el concepto de Estado Subsidiario, y habrá que financiar la educación y no subvencionarla o subsidiarla, habrá que financiar un sistema de salud, y no entregar migajas como el per cápita en la Atención Primaria; habrá que atreverse a desmunicipalizar de una vez por todas; habrá que establecer un sistema de pensiones que se base en la solidaridad y no en la lógica de “cada uno se rasca con sus propias uñas” de las AFP.

Pero sobre todo atreverse, atreverse a desaprender, a romper con lo que no sirve, a dialogar con los que demandan, escuchar las propuestas que viene del otro mundo.

La política sólo volverá a ser política cuando recupere su capacidad de escuchar, de sentarse a dialogar, de construir con el otro, cuando el otro sea, en definitiva, un igual, con los mismos derechos, aunque permanezca otro, distinto, pero del cual puedo aprender y puede aprender. Cuando efectivamente logremos construir lo nuevo entre todos.

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