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Por nuestro derecho a decidir: justicia social y democracia plena

por 21 diciembre, 2013

La libertad de expresar la propia orientación sexual como el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo –el ser quienes somos– se encuentra completamente ligada a los derechos sociales –a una vivienda digna, a una educación gratuita y de calidad, a la seguridad alimentaria, a una salud pública para todos y todas, a no vivir con violencia, etc.–. Todo esto nos refleja lo violenta que es la desigualdad social y también nos impone un importante desafío para partir superando los términos mezquinos de la política imperante y así tener la voluntad de apropiación –desde las luchas protagonizadas por los movimientos sociales y ciudadanos– de los cambios sociales y culturales que ha experimentado la sociedad chilena.
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Este año hemos visto cómo el debate público se vuelca a discutir sobre la desigualdad social en todas sus expresiones, gracias a las revueltas sociales de estos últimos años de diversa índole. Es este contexto queda de manifiesto cómo el consenso de la transición, que en la actualidad muestra su agotamiento, se refleja tanto en lo político-económico, como en lo cultural, es decir, cómo las dos grandes coaliciones políticas conciben lo social, lo político y el orden social.

Y esto último se refleja en un lenguaje simple y doméstico pero perverso y anquilosado, que es categorizar y diferenciar como temas valóricos la despenalización del aborto, la diversidad sexual, la equidad de género, extirpándoles su concepción de derechos con el sólo objeto de excluir, debido a que discutir en torno a lo “permitido y lo prohibido” le molesta al poder imperante.

Ahora bien, la desigualdad tiene su origen en una visión particular del mundo, de una determinada organización social que excluye a otras personas por su género, raza, etnia, clase social, entre otros, lo que constituye la piedra angular de un sistema de dominación. Siendo esta una realidad, los que detentan actualmente el poder –como élite conservadora transversal a los partidos políticos actuales– le imponen a la sociedad chilena el vivir su vida en condiciones desiguales.

La libertad de expresar la propia orientación sexual como el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo –el ser quienes somos– se encuentra completamente ligada a los derechos sociales –a una vivienda digna, a una educación gratuita y de calidad, a la seguridad alimentaria, a una salud pública para todos y todas, a no vivir con violencia, etc.–. Todo esto nos refleja lo violenta que es la desigualdad social y también nos impone un importante desafío para partir superando los términos mezquinos de la política imperante y así tener la voluntad de apropiación –desde las luchas protagonizadas por los movimientos sociales y ciudadanos– de los cambios sociales y culturales que ha experimentado la sociedad chilena.

En este orden de ideas, el conservadurismo en Chile, busca mantenernos en una sociedad retrógrada y anquilosada, restringiendo dichos debates a cuestiones políticas de exclusivo carácter moral, cuando en realidad atañen a la sociedad en su conjunto, a la libertad que concedemos a la humanidad para decidir el modo quiere vivir una vida con derechos sociales y humanos básicos, donde su derecho a decidir se traduzca en justicia social y democracia plena.

Por lo mismo, cuestiono la visión tradicional de  “moralidad e inmoralidad” y con esto no me refiero sólo a aquellas dimensiones que se relacionan con la vida reproductiva y sexual, como se suele tratar en términos mundanos, pues a mi parecer son de lo más inmoral aquellas decisiones que segregan a la mayor parte de la población a vivir en la injusticia, con malos sueldos, horarios extenuantes, endeudamiento.

Por ello, es completamente repudiable, por ejemplo, que el aborto sea parte de la agenda valórica y no la desigualdad, el lucro, la inexistencia y el negociado con los derechos sociales básicos. Por lo cual, debemos entender a estos debates no como secundarios, sino como parte del centro de las realidades que nos entrecruzan, que nos llevan a rediscutir el concepto de familia, el lugar de la mujer en la sociedad, la significación de la masculinidad y el derecho a decidir en torno al cuerpo, entre otros temas.

Los patrones humanos generan normas que rigen nuestras relaciones conyugales, las dualidades hombre y mujer, las categorías de heterosexual, homosexual, bisexual, transgénero; es decir, reconocer esta gran diversidad nos lleva a reflexionar sobre el concepto de sociedad al cual queremos avanzar, donde los derechos sexuales están unidos a los derechos económicos, culturales y políticos.

 La libertad de expresar la propia orientación sexual como el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo –el ser quienes somos– se encuentra completamente ligada a los derechos sociales –a una vivienda digna, a una educación gratuita y de calidad, a la seguridad alimentaria, a una salud pública para todos y todas, a no vivir con violencia, etc.–.

Todo esto nos refleja lo violenta que es la desigualdad social y también nos impone un importante desafío para partir superando los términos mezquinos de la política imperante y así tener la voluntad de apropiación –desde las luchas protagonizadas por los movimientos sociales y ciudadanos– de los cambios sociales y culturales que ha experimentado la sociedad chilena.

Y, para ello, debemos partir superando la herencia de Pinochet, que sigue presente en todas las áreas de nuestra sociedad: en cada bono para administrar la pobreza, en cada crédito universitario, en cada concesión hospitalaria, en cada veto a la despenalización del aborto, al matrimonio igualitario, como en la desigualdad de trato hacia la mujer, entre otras aberraciones.

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