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Escocia: un “NO” que abre los ojos

por 3 octubre, 2014

La concepción de pueblo, hoy encasillada por fórmulas institucionales en muchos casos caducadas, responde a una articulación compleja de la diversidad histórico-cultural, repercutiendo en la elección de valores fundamentales de cada sociedad, y no justifica su existencia sobre la base de momentos jurídicos artificiosamente fundantes. Colectividad de pueblo que hoy ya no encuentra su espacio –quizás nunca lo encontró– y se descubre sofocada por los márgenes de un Estado carente –eventualmente oprimente– de aquellos valores identitarios fundamentales.
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Mientras homenajeábamos la Primera Junta de Gobierno, fase embrionaria del Chile independiente, a más de 10 mil kilómetros, el pueblo escocés era llamado a pronunciarse sobre el inicio de un proceso para (re)adquirir su independencia.

Los efectos de un evento que logró superar la sordina de cuecas y bombazos, dejan de manifiesto un problema no exclusivo del contexto británico, el cual, por el inmenso valor intrínseco del proceso –más que del resultado–, debería ser objeto de mayor atención.

Más que el estrecho margen por el cual fue derrotada la opción independentista, es en la altísima participación ciudadana –casi un 90%– que resulta necesario concentrar nuestra atención. En efecto, que casi la mitad del pueblo escocés manifieste la intención de independizarse, es una constatación por sí sola relevante.

El derecho de autodeterminación de los pueblos, consagrado jurídicamente a partir de su conceptualización política de “wilsoniana” memoria, manifiesta hoy su importancia y actualidad en relación con los derechos humanos individuales y colectivos.

La concepción de pueblo, hoy encasillada por fórmulas institucionales en muchos casos caducadas, responde a una articulación compleja de la diversidad histórico-cultural, repercutiendo en la elección de valores fundamentales de cada sociedad, y no justifica su existencia sobre la base de momentos jurídicos artificiosamente fundantes. Colectividad de pueblo que hoy ya no encuentra su espacio –quizás nunca lo encontró– y se descubre sofocada por los márgenes de un Estado carente –eventualmente oprimente– de aquellos valores identitarios fundamentales.

La autodeterminación, como fenómeno colectivo, es portadora de valores, de intereses, de tradiciones. En una sola palabra: identidad, la que manifiesta urgentemente la necesidad de practicar los principios esenciales de la democracia en estrecha relación con el pacto social sobre la que se funda.

La concepción de pueblo, hoy encasillada por fórmulas institucionales en muchos casos caducadas, responde a una articulación compleja de la diversidad histórico-cultural, repercutiendo en la elección de valores fundamentales de cada sociedad, y no justifica su existencia sobre la base de momentos jurídicos artificiosamente fundantes. Colectividad de pueblo que hoy ya no encuentra su espacio –quizás nunca lo encontró– y se descubre sofocada por los márgenes de un Estado carente –eventualmente oprimente– de aquellos valores identitarios fundamentales.

El escocés es solo un ejemplo. El catalán y el vasco son otros de los cuales (por cercanía cultural y lingüística) tenemos una conciencia mayor.

Aun en otras realidades podemos observar la insistente presencia de un sentimiento de autodeterminación, del cual hoy nos llega noticia en virtud del efecto viral –ya no tan silencioso– de la consulta escocesa. Es este el caso, por ejemplo, de Sicilia, en donde recientemente se manifiesta particular efervescencia –ahora también institucional– en torno a una eventual separación del Estado italiano.

No es de extrañar que la evidencia más directa –al menos mediáticamente– la encontremos en Europa. Ya la misma UE pretendía responder a la necesaria suplencia de un Estado que encontraba dificultades para presentarse como elemento unificador, objetivo cuyo fracaso –de crear identidad– explica en gran medida el resurgimiento de pueblos con voluntad de ser independientes.

Del mismo modo como ocurrió con la democracia, la determinación de los pueblos comienza ya a dejar de ser un tema reservado exclusivamente a la soberanía estatal, transformándose en preocupación de carácter universal que ningún gobierno puede ignorar.

De aquí el llamado urgente a abrir los ojos, a tomar conciencia de que la viralización de un proceso que debería despertar amplia solidaridad, podría el día de mañana afectar realidades remotas y presuntamente unitarias.

Es imperativo abrir los ojos y aprovechar el escenario de reformas profundas que hoy se plantean en el contexto nacional para implementar medidas integradoras, de respeto y garantía de las distintas identidades que conforman el Estado chileno que, no por el simple hecho de definirse unitario y nacional, puede encontrarse ajeno a dichas problemáticas.

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