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El Caso O’Reilly y la hora del sermón

por 14 noviembre, 2014

Pero cuando un sacerdote es condenado por abuso de menores, los católicos no tenemos la misma reacción. No hay cartas al director, no hay marchas, no hay acusaciones al señor Nuncio. El silencio se instala, o más bien, sólo hacemos algunos comentarios en voz baja. Pero en ningún caso respondemos con el mismo ímpetu, las mismas ganas y la misma convicción. Más que condenas encendidas, reina una incómoda pasividad.
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Cuando el Gobierno anuncia un proyecto de ley para despenalizar el aborto terapéutico en Chile, los católicos reaccionamos de inmediato. Ahí literalmente nos jugamos la vida, gastando todas las balas, sin miramientos de ningún tipo. Es la madre de todas las batallas. Se organizan movilizaciones, marchas y nuestras autoridades eclesiásticas salen proactivamente a fijar su postura.

Cuando a un movimiento homosexual se le ocurre escribir un libro de un tal Nicolás y dos Papás y recomendar su lectura para niños de entre 4 y 6 años, también los católicos levantamos la voz. Condenamos duramente la conducta homosexual, la enmarcamos dentro del rango de la inmoralidad y fustigamos el intento del lobby gay por educar a nuestros hijos en la diversidad sexual.

Cuando se discute en el Congreso el proyecto de Acuerdo de Vida en Pareja o comienza a instalarse el debate por el matrimonio igualitario, laicos, curas y obispos también presentan sus reclamos. Levantan banderas en defensa de la familia e insisten en el carácter único e inequívoco de que el vínculo es entre un hombre y una mujer. No debemos confundirnos.

Y si un sacerdote se aventura a reflexionar sobre la conveniencia de revisar nuestra doctrina en temas de moral sexual a la luz de los nuevos tiempos, los católicos nos levantamos indignados, llenando de cartas la sección editorial del diario El Mercurio e invitando al “cura progre” a dejar esta Iglesia y construir su propio templo.

Incluso cuando otros presbíteros expresan públicamente opiniones que puedan parecer contrarias a la doctrina oficial de la Iglesia, algunos católicos entusiastas también reaccionan. Apuntan su disconformidad y hacen llegar su queja al mismísimo Nuncio Apostólico.

Pero cuando un sacerdote es condenado por abuso de menores, los católicos no tenemos la misma reacción. No hay cartas al director, no hay marchas, no hay acusaciones al señor Nuncio. El silencio se instala, o más bien, sólo hacemos algunos comentarios en voz baja. Pero en ningún caso respondemos con el mismo ímpetu, las mismas ganas y la misma convicción. Más que condenas encendidas, reina una incómoda pasividad.

También, en el último tiempo los laicos hicieron guardia ante el Sínodo de Obispos realizado en Roma donde se discutieron temas referentes a la familia y se abrió la puerta para, al menos, conversar sobre la posibilidad de que separados vueltos a casar puedan comulgar. Ahí un buen número de católicos salió rápidamente al paso de los rumores para desmentir que había cambiado en algo la doctrina de la Iglesia y que esta reunión de obispos era sólo para reflexionar y en ningún caso para generar modificaciones a la “ley de Dios”. Estaban preocupados de que nada fuera a pasar.

Pero cuando un sacerdote es condenado por abuso de menores, los católicos no tenemos la misma reacción. No hay cartas al director, no hay marchas, no hay acusaciones al señor Nuncio. El silencio se instala, o más bien, sólo hacemos algunos comentarios en voz baja. Pero en ningún caso respondemos con el mismo ímpetu, las mismas ganas y la misma convicción. Más que condenas encendidas, reina una incómoda pasividad.

Soy católico y me parece justo que nuestra Iglesia y sus miembros abracen las causas que les parezcan. Cada uno está en su derecho de expresar su punto de vista y defender lo que consideran bueno para el hombre y la sociedad.

Lo que no me parece correcto es que utilicemos una vara larga, telescópica y puntuda para medir el pecado ajeno y ocupemos una varilla frágil y pequeña, casi imperceptible, para medir el propio.

Y no comento esto sólo por O´Reilly, sino por todos los que han pasado antes y los casos que vendrán en el futuro. Los católicos –principalmente los laicos– debemos reaccionar. Aún con el dolor que significa, debemos reaccionar. No es para hacer leña del árbol caído –como creen algunos–  sino más bien para reconocer que en nuestra propia casa se cometen delitos muchas veces más graves, muchísimo más graves, de los que acostumbramos a apuntar fuera de ella. Y eso nos convertirá, a fin de cuentas, en una Iglesia más humana, humilde y cuidadosa a la hora del sermón.

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