Fallas del Metro como reflejo de la actual sociedad chilena
Señor Director:
He seguido con atención e interés los sucesos acaecidos, con motivo de la reciente falla eléctrica en el tren metropolitano de Santiago, también llamado Metro. Llama la atención el cúmulo de aspavientos, declaraciones altisonantes, y el foco que han puesto muchos medios informativos en la pequeña y mezquina guerra de culpar al otro en ambos bandos políticos.
En primer lugar, y apelando a mi experiencia profesional en mantenimiento industrial y trabajo seguro, debo señalar que NO EXISTEN las fallas puramente técnicas. Siempre hay algún componente humano, en general determinante, respecto de trabajos preventivos que no se realizaron, o se ejecutaron incorrectamente.
Por un principio fundamental de la termodinámica, todo sistema que realice un trabajo disipa una parte de la energía suministrada, generando SIEMPRE algún tipo de esfuerzo no relacionado con la tarea misma del sistema, y que conlleva en sí mismo un desgaste material.
Ergo, el informe de Metro que señala que se trata de una “falla técnica” y no una “falla humana”, conceptualmente está errado, dado que las fallas posibles en un sistema eléctrico son conocidas y descritas en la literatura técnica, así también el cómo prevenirlas. Lo mismo aplica para el desgaste de piezas mecánicas, sistemas de control, etc.
Por lo demás, me parece impresentable que para un informe técnico de falla, el presidente de Metro, Rodrigo Azócar, expresara a los medios “… la falla de un aislador, que es lo que sujeta la barra guía en estos trenes de ruedas neumáticas (…) produjo un arco (eléctrico), que es en el fondo un flechazo que se produce entre el aislador y tierra”. Un arco eléctrico es simplemente una chispa, que puede generar la combustión eventual de materiales inflamables que pudiesen estar al alcance. Una declaración de este tipo se presta para cuestionar la idoneidad técnica de quienes encabezan a esta empresa, cuestionando de paso al poder político que avala su gestión y sus resultados.
Dicho lo anterior, surgen otras aristas que me parece son dignas de análisis o, al menos, de una reflexión respecto de cómo el sistema de trabajo y la realidad social, influyeron para que se desencadenaran distintas fallas operacionales en el Metro. Dentro de este ámbito, cae el permanente centralismo político y mental de Chile, la pobre planificación urbana y territorial del Gran Santiago, la especulación inmobiliaria que obliga a la gran masa laboral a vivir lejos de sus empleos, etc.
El centralismo de Chile no es sólo político y económico, sino que también mental y cultural. Los medios de prensa no sólo están radicados en la capital, sino que hablan y respiran desde Santiago. Editores, directores, dueños y accionistas, periodistas y expertos en temas que tienen tribuna, indefectiblemente viven o están ligados a la vida capitalina, con todos los avatares que ello implica: congestión vehicular, contaminación, y otras circunstancias propias de esta ciudad.
Lo anterior se traduce en que un problema de Santiago es un problema de Chile. En pleno siglo XXI, y en un mundo cada vez más integrado en la información y en la tecnología, que los canales de TV y noticieros hagan de la falla del Metro una gran y extendida noticia por horas o días, me parece de un provincianismo inexcusable. ¿cuál es el aporte noticioso del testimonio de la rabia y frustración de decenas de personas, a lo largo de todo un día?
Mención aparte merece el crecimiento casi siempre inorgánico del Gran Santiago. Según el INE, más del 40% de la población de Chile se concentra en la Región Metropolitana. Mucha de la industria del país está concentrada también en esta zona. Se suma a esto el encarecimiento de terrenos edificables y de vivienda. A manera de ejemplo, la Cámara Chilena de la Construcción, en un informe del año 2013 señala que, sólo en lo referente a departamentos, la venta anual de estos ha aumentado sostenidamente, desde las 7.000 unidades en el año 2000, a más de 24.000 unidades durante el 2012.
Los mayores costos de la vivienda por escasez de terreno, ha hecho crecer a Santiago hacia los suburbios, aumentando la distancia y tiempo de traslado de una gran parte de la población. Esto finalmente genera mayor presión al sistema de transporte público, en cantidad e intensidad de uso.
Mientras no haya una planificación integral y estratégica de largo plazo, el centralismo devorará inexorablemente los recursos del país, en desmedro del resto de la población de Chile. Mientras los ciudadanos, las organizaciones sociales y la clase política no debatan sobre el devenir de la industria, población, crecimiento y otros temas similares, toda inversión en el Metro, en Transantiago, en autopistas y otras grandes obras públicas finalmente será temporal, de corto alcance, sujeta a fallas o insuficiencias de distinta índole. El centralismo es una hoguera insaciable, donde se queman las reales oportunidades de ser un país mejor y más inclusivo.
Hernán Burgos Silva
Ingeniero Civil Electricista, USACH