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Un ejercicio de memoria

por 19 diciembre, 2014

Luisa recuerda que esos primeros años en dictadura fueron muy difíciles, que no había plata para nada y mucho menos para renovar las colecciones. En un comienzo eran cuatro el máximo de libros que cada alumno podía pedir, pero luego ese tope fue disminuyendo, hasta que sólo se podía pedir un libro por alumno. Y sólo por dos días.
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Isabel recuerda que entraron 130 alumnos a estudiar bibliotecología en 1971 y que el año académico lo inauguró el Presidente Salvador Allende. Cuando egresó, Isabel comenzó su carrera en la biblioteca de la misma Universidad de Chile.

Luisa recuerda que a mediodía del 11 de septiembre de 1973 las autoridades ordenaron irse a sus casas a todos los funcionarios. Ella puso libros y objetos de valor en el cajón de su escritorio, le metió llave y salió de la biblioteca. Las calles estaban vacías y tuvo que caminar hasta Maipú. Tomó Grecia hacia el centro, siguió por Avenida Matta y en el Parque O’Higgins se encontró de frente con unos milicos que le apuraron el tranco ametralladora en mano. El toque de queda comenzaba a las 6 de la tarde.

Luisa recuerda que fue autorizada para volver a su trabajo dos meses después. Cuando llegó, los militares ya habían forzado todas las puertas de la biblioteca. El único cerrojo que resistió fue el de su escritorio.

Fátima recuerda que por esos días era usual ver bibliotecarias con ataque de nervios en el servicio de salud de la universidad. Los milicos entraban a la biblioteca como Pedro por su casa. Un día tiraron toda la literatura rusa al suelo y la quemaron ahí mismo.

Luisa recuerda esa quema, pero dice que también se perdieron libros valiosos por otras vías. Recuerda, por ejemplo, que Alejandro Lipschutz donó 3.800 libros a la biblioteca, pero que sólo llegaron 3.500. Recuerda también que la biblioteca tenía reservado un rincón especial para las joyas bibliográficas, algunas tenían un valor inestimable. No había presupuesto para cuidarlas mejor. Dice que un invierno de mucha lluvia la biblioteca se inundó y qué pena más grande: esa joyas flotaban en el agua.

Isabel recuerda que varios profesores, por iniciativa propia o en complicidad con los funcionarios, entraban a la biblioteca, abrían discretamente sus bolsos y se llevaban algunos libros. Isabel dice que muchos libros se salvaron porque algunos profesores los escondieron.

Luisa recuerda que esos primeros años en dictadura fueron muy difíciles, que no había plata para nada y mucho menos para renovar las colecciones. En un comienzo eran cuatro el máximo de libros que cada alumno podía pedir, pero luego ese tope fue disminuyendo, hasta que sólo se podía pedir un libro por alumno. Y sólo por dos días.

Luisa recuerda que a pesar del miedo pasaron cosas que sirvieron para levantar los ánimos. Recuerda, por ejemplo, que en 1976 Joan Baez cantó en el patio de la facultad, vestida con un abrigo blanco, acompañada de su guitarra.

[Escrito de memoria después de escuchar a las bibliotecarias Isabel Martínez, Luisa Correa y Fátima Morales.]

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