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La comunidad: el abismo entre Chile y Alemania

por 12 enero, 2015

Mientras en Chile a ratos da la impresión que seguimos pegados en la díada individuo (libertad) vs. Estado (igualdad), acá la discusión ya camina más allá. Veinticinco años después no se sigue anclado a ese dilema sobre si el camino es el individualismo de la economía del Rigor Mortis (notable concepto de Jesse Norman, poco destacado en su última visita) o el estatismo del socialismo utópico con retoques de Piketty, Bourdieu o Atria.
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Mucho se habló durante el 2014 sobre los 25 años de la caída del muro de Berlín y el sorprendente desarrollo que ha sobrevenido a la reunificación. En ese contexto, la “buena política” ha tenido un rol clave en posicionar a Alemania como el núcleo central de la Unión Europea. Me permito destacar algunos aspectos relevantes, marcando algunos contrastes con Chile.

Primero, la cohesión política. Se valoran las diferencias, pero se entiende que hay proyectos de sociedad en común que se sobreponen a ellas. Un país que ha padecido la guerra y se ha visto obligado a levantarse, tiene claridad absoluta de que las sociedades se construyen con acuerdos y trabajo mancomunado. ¡Qué lejos estamos de eso en Chile! Los programas de gobierno se elaboran por colectivos técnicos, que más parecen entelequias ad hoc llamadas a “densificar” las conclusiones de expertos encuestadores. ¿Hace cuánto que no se leen planteamientos de fondo que se sobrepongan a las coyunturas y que involucren visiones de largo plazo? A lo más se habla de “agendas” con medidas ejecutivas, siendo que nos hemos saltado la pregunta hacia dónde queremos ir con ellas. Bastante decidor es que un discurso de 10 minutos de un ex Presidente revoluciona el ambiente, por el solo hecho de que habla de energía, de medioambiente o de obras públicas, y no del tweet tanto o la declaración cuanto.

 Mientras en Chile a ratos da la impresión que seguimos pegados en la díada individuo (libertad) vs. Estado (igualdad), acá la discusión ya camina más allá. Veinticinco años después no se sigue anclado a ese dilema sobre si el camino es el individualismo de la economía del Rigor Mortis (notable concepto de Jesse Norman, poco destacado en su última visita) o el estatismo del socialismo utópico con retoques de Piketty, Bourdieu o Atria.

Y por cierto: hablar de cohesión y diálogo en Chile es improcedente, cuando abundan las retroexcavadoras, “rebeliones” virales y calificativos de incapacidad presidencial o respuestas de “demencia”. Urge altura, decencia, voluntad y capacidad. Altura para ir por el bien común, y no por el interés personal. Decencia, eliminando los panfletos para trabajar con honestidad y coherencia. Voluntad, en pos de tender puentes, incluso contraviniendo las mezquindades de los propios. Y capacidad, porque construir y reconstruir un país no se improvisa ni se precipita.

Segundo, la gradualidad que da la prudencia. Cuando se han vivido tantos totalitarismos en el seno mismo de la vida cotidiana, se sospecha de las soluciones simples, de las posturas absolutas, de las “reformas estructurales”. Por más que se analicen las falencias y se debatan los cambios, se valora la estabilidad de las instituciones, pues se entiende que son fruto de años de esfuerzos colectivos de personas tanto o más inteligentes que las actuales. Las posturas radicalizadas son tildadas de simplonas y no obtienen mayor adhesión. Los liderazgos antisistémicos no son la última moda (aunque ofrezcan su “capital político” por el diario), sino la última opción. Y las reformas se implementan con tiempo, se dialogan con los distintos (y no solo con los amigos) y se consensúan con la oposición.

Y tercero, el cultivo integral de la justicia social. La caída del muro efectivamente respondió a anhelos profundos de libertad, de unidad y de pertenencia a una nación en común. Pero se entendió desde un principio que solo se puede sentir parte del todo, aquel a quien realmente se le hace parte. Si le cuesta más, se lo espera, se le ayuda, se le dan alternativas; no se le arrolla competitivamente. El crecimiento equilibrado como eje central de la descentralización de las regiones (“Homogenitätprinzip der Länder”), para evitar concentraciones en algún estado en particular. La verdadera igualdad de oportunidades para todas las opciones políticas (“Chancengleichheit”). La red de protección social, que si bien es corregible, parte de entender que el desarrollo solo es posible si la economía se subordina al bien común y se construye con contrapesos de solidaridad. El empoderamiento real de las células sociales, las cuales incluso llegan a estar a cargo directamente de la mantención de infraestructuras comunitarias, la administración de beneficios sociales y otras tareas públicas.

En fin: mientras en Chile a ratos da la impresión que seguimos pegados en la díada individuo (libertad) vs. Estado (igualdad), acá la discusión ya camina más allá. Veinticinco años después no se sigue anclado a ese dilema sobre si el camino es el individualismo de la economía del Rigor Mortis (notable concepto de Jesse Norman, poco destacado en su última visita) o el estatismo del socialismo utópico con retoques de Piketty, Bourdieu o Atria. Es tiempo de incluir nuevos actores (comunidad para algunos, sociedad civil para otros), de pensar nuevas perspectivas y exigirle a la política lo que le corresponde: profundidad, prudencia y visión. Si no partimos de ahí, difícilmente podremos derribar los muros que aún nos dividen y que nos estancan, en momentos donde tenemos todo para romperlos.

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