Charlie Hebdo: la viñeta más triste
Señor Director:
La viñeta más triste es sin duda la que se dibujó el pasado miércoles 7 de enero con el asesinato a sangre fría perpetrado por dos fanáticos religiosos que acabó con la vida de 12 inocentes, entre ellos cuatro caricaturistas del semanario francés Charlie Hebdo, al cual le siguió un segundo atentado sincronizado que terminó con otras 5 personas muertas, entre ellas una policía y cuatro rehenes que se encontraban comprando en un supermercado kosher.
El ritual repugnante que comporta cada uno de estos atentados terroristas no resulta ser novedoso, sobre todo en tiempos donde la violencia es tanto un recurso de estados nacionales que la practican, perfeccionan y promueven, así como también de lunáticos religiosos que artesanal o profesionalmente hacen pasar sus desequilibrios mentales como actos dignos de piadosa espiritualidad.
No resulta novedosa tampoco la relativización que se ha hecho del asesinato por quienes tras lamentar el hecho, a renglón seguido aleccionan sobre la culpa que le cabe también a occidente por sus recurrentes incursiones militares en el mundo árabe.
Este segundo grupo pareciera creer que de los procesos colonianistas y neocolonialistas promovidos por occidente se pudiera derivar la razón última del fanatismo islamista. Lo anterior no resiste análisis puesto que de las experiencias coloniales y neocoloniales han nacido movimientos con reivindicaciones nacionales y soberanas (pensemos en la causa Palestina), incomparable en naturaleza y eficacia histórica al siempre pobre fascismo que ahora vuelve a aparecer en pleno siglo XXI, sólo que esta vez no habla italiano ni alemán, sino simplemente se arroga el dudoso derecho de ser mensajero de Alá y representante de una religión mundial.
En ausencia de fundamentos que guíen la acción política, el fascismo muestra la barbarie totalitaria que lo engendra. Citando una reciente columna de Slavoj Žižek, “qué frágil ha de ser la creencia de un islamista si este se siente amenazado por una estúpida caricatura en un semanario satírico”.
Es así como lo sucedido en París presenta una singularidad que el famoso caricaturista nacional “Malaimagen” captó a la perfección cuando dibujó a los cuatro caricaturistas asesinados –Charb, Cabu, Wolinski y Tignous- atacando con lápices a dos terroristas enmascarados que sostienen sus armas.
El lápiz que miles de franceses levantaron aquella noche del miércoles en señal de protesta como símbolo de la libertad de expresión, retiene una suprema dignidad que ni la más sofisticada arma de guerra podría llegar a representar. Y sin embargo valga la pregunta, ¿de qué sirve honrar los principios de civilidad que fundan discursiva e ideológicamente nuestras sociedades, si cuando son enfrentadas a la iraccionalidad religiosa del extremismo parecieran que están desarmadas y destinadas a sucumbir por la fuerza de las armas? La libertad de expresión quedaría así reducida a ser una simple entelequia y probablemente una de las tantas discusiones de nuestros tiempos subvaloradas bajo la chapa de ser disquisiones retóricas de filósofos trasnochados.
Lo cierto es que lo que parece un simple saludo a la bandera es en realidad un principio fundamental para toda sociedad libre. Esto porque la libertad de expresión y la libertad de prensa es el espacio consagrado para civilizadamente exponer, disentir y hasta encontrarnos frente a otros que son por definición distintos. Lo anterior es bueno recordarlo cuando ahora aparezca el pragmatismo de quienes prefieren la autocensura, la exageración de quienes extrapolan a partir de tres descerebrados los contornos de una cultura y civilización milenaria o de quienes creen que Charlie Hebdo se lo buscó por burlarse recurrentemente del profeta Mahoma aumentando así la Islamofobia (para refutar lo anterior bastaría agregar que antes de ser fusilados, en la reunión de editores se discutía para el próximo número sobre el racismo en Francia).
Los tres puntos develan hasta donde seríamos capaces de llegar por el terror que generan estos actos. ¿Qué clase de victoria moral se le estaría dando a los terroristas si la víctima se transformara en victimario y ahora fomentara y practicara la estigmatización del musulmán por un reflejo condicionado producto del temor? De igual forma, parafraseando al ya fallecido Christopher Hitchens, ¿qué clase de patético espectáculo estaríamos dando, si frente a la violenta amenaza del fanatismo islamista se cediera a regular lo que se dice y muestra para no herir sensibilidades? A mayor abundamiento, ante cualquier grupo de interés que se atribuya las verdades trascendentales sobre la creación y enarbole una teleología de la historia, el escrutinio de sus ideas representa un estándar mínimo para contrarrestar las prerrogativas que algún conservadurismo añejo preferiría imponerle al debate en la esfera pública.
Sin duda frente a lo anterior terminaríamos no muy lejos de la viñeta completamente en blanco que publicó hace un tiempo la revista The New Yorker donde en la parte superior se leía “Por favor disfrute de esta cultural, étnica, religiosa y politicamente correcta caricatura responsablemente”.
El triunfo del extremismo religioso sería por tanto doble. No solamente haría gala de su brutalidad aniquilando a inocentes, sino también en definitiva induce a traicionar e invertir valores fundamentales que debiésemos atesorar no como garantías inmutables sino como lo que fueron y hasta el día de hoy son: conquistas históricas.
Pretender jugar a una neutralidad ficticia con los fanáticos religiosos que se enorgullecen de tener esclavas sexuales, de explotar escuelas con niños indefensos, de exterminar a sus conciudadanos (no olvidemos que la mayoría de las víctimas son musulmanes en manos de estos fanáticos) y de asesinar a mansalva a un grupo de caricaturistas es un grave error. La autocensura sería sin duda el peor de los precedentes no sólo frente al fanatismo sino también ante cualquier temática que fuera sancionada como tabú y por añadidura se le liberara de la discusión o crítica.
Flemming Rose, editor cultural del periódico danés Jyllands-Posten (el primero en publicar los dibujos de Mahoma) señaló lo absolutamente evidente sobre esta discusión al argumentar que “la sátira es una de las respuestas de una sociedad abierta ante la violencia, las amenazas y la barbarie. La sátira es pacífica, aunque pueda picar y escocer. No mata; ridiculiza y expone públicamente. Nos mueve a la risa, no al miedo o al odio. La sátira es la respuesta de una civilización sana ante la barbarie. Por supuesto que un dibujo nunca vale la vida de una sola persona. El problema es que hay quienes insisten en esa idea. ¿Y cómo debemos comportarnos nosotros, en tanto que gestores de la palabra libre? ¿Cuántas amenazas y actos terroristas habrá que sumar para que los fundamentalistas de la ofensa comprendan que con su defensa del derecho a no ser ofendidos y su absurda equiparación entre malas palabras y malas acciones le están haciendo un favor a la tiranía?”.
Ahí donde se acepte la miseria intelectual que nos proponen los fanáticos no estaremos más que minando los propios cimientos de nuestra convivencia. Esto porque necesitamos de los espacios intelectuales donde las ideas se combatan con ideas (no con armas semiautomáticas), se haga esto a través de columnas o sátiras, documentales o libros, música o películas, todo medio constituye un sano recordatorio que somos diferentes y que sin embargo a pesar de defender apasionadamente desde distintas trincheras nuestras visiones del mundo, sólo a través de la libertad de pensamiento podemos construir un mundo pacífico en común, por más obsceno que sea el totalitarismo de turno que haya que enfrentar.
Benjamín Concha
Estudiante de Sociología e Historía de la PUC