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Presidenta, ¿qué le parece si conversamos?

por 25 febrero, 2015

No todo puede quedar en sus conversaciones con Andrade y Girardi; con Atria o Güell. Si hasta Ignacio Walker, presidente de uno de los partidos que la apoya, reclamó durante el fin de semana que le avisaron con un día de anticipación sobre el proyecto de aborto. ¿Tampoco está hablando con él? Y para qué entrar en la última polémica… Al parecer tampoco habla con su hijo, ya que estando los dos de vacaciones no se dicen una sola palabra sobre el millonario negocio inmobiliario que ha sido la noticia del mes.
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El lunes, casi a las 4 y media de la tarde, vi un meme en Facebook en el que aparecía una foto del periodista Tomás Mosciatti acompañado de 8 palabras: Señora Michelle Bachelet ¿qué le parece si conversamos? Subí la foto a Twitter acompañada de una sencilla frase: “Por una entrevista de Tomás Mosciatti a la Presidenta Bachelet. Con respeto, pero con respuestas. No más silencio”. A las pocas horas ya tenía más de 150 retuits. Últimamente, Tomás Mosciatti se ha convertido en una especie de exagerado paladín de los periodistas; una voz sin miedo a hacer preguntas ni a interpretar los hechos, ya sea que le peguen a la izquierda o le peguen a la derecha. Para mí, un simple hombre tratando de hacer bien su trabajo. Al parecer, somos muchos los que querríamos ver esa conversación, y digo conversación a propósito, en lugar de entrevista. ¿Le parece si usted y yo tenemos una pequeña conversación?

Digo conversación porque me gustaría escuchar lo que usted piensa sobre tantos temas, pero no desde esos comunicados de prensa corregidos y memorizados hasta el cansancio, donde hasta las pausas han sido coreografiadas, ni esas declaraciones  acompañadas de una puesta en escena perfecta y culminadas con el ya clásico “no hay preguntas”. Al menos marca un avance de sinceridad desde la época del “paso” o del “no está en mi programa de Gobierno”.

No todo puede quedar en sus conversaciones con Andrade y Girardi; con Atria o Güell. Si hasta Ignacio Walker, presidente de uno de los partidos que la apoya, reclamó durante el fin de semana que le avisaron con un día de anticipación sobre el proyecto de aborto. ¿Tampoco está hablando con él? Y para qué entrar en la última polémica… Al parecer tampoco habla con su hijo, ya que estando los dos de vacaciones no se dicen una sola palabra sobre el millonario negocio inmobiliario que ha sido la noticia del mes.

Digo conversación porque también me gustaría que nos escuchara. No sólo a sus ministros o asesores más cercanos. Ni siquiera solamente a los cada vez más pocos que, según todas las encuestas, todavía tienen una evaluación positiva de su Gobierno. Me gustaría que nos escuchara a todos. Que escuchara también al 54% que desaprueba su gestión, al 49% que rechaza su Reforma Tributaria, al 51% que no le gusta su reforma educacional e incluso al 37% que desaprueba la más “popular” de sus reformas: la laboral. Ojalá pudiéramos tener una conversación franca sobre nuestros problemas, aspiraciones, frustraciones y sueños.

Le soy honesto: no voté por usted ni por ningún candidato de su coalición, pero más allá de no suscribir su programa de Gobierno, le deseo lo mejor a usted y a su gestión. Disculpe lo duro, pero estoy seguro de que su programa tiene graves problemas y que muchas de las medidas que usted impulsa le harían profundo daño a nuestra sociedad. Pero, por otra parte, también estoy seguro de que si de verdad tuviéramos esa discusión madura a la que usted siempre nos invita, mirando de reojo al teleprompter, el resultado sería un mejor gobierno para Chile.

Soy un convencido de que la política implica un estado de conversación permanente, en que de buena fe defendemos y promovemos nuestras ideas con los mejores argumentos que tenemos a nuestro alcance, pero dispuestos a cambiar de opinión si alguien, por medio de la palabra, nos hace ver las cosas de otra manera. ¿Cómo saber realmente qué defiende, si sus palabras vienen más del estructurado segundo piso que de su improvisada razón?

Sé que quizás estoy siendo injusto con usted. No es la primera, la única ni mucho menos la última que hace uso de estos recursos, pero estoy seguro que usted está siendo mucho más injusta con nosotros. Quizás soy sólo yo, pero para mí la Presidencia de la República es algo demasiado simbólico. Es nuestra historia, nuestra tradición, nuestros valores. Es Chile mismo que, cruzado por una banda tricolor, representa a “los que están vivos, los que han muerto y los que nacerán”. Usted está en la construcción diaria de la historia, señora Presidenta, y lo está como Presidenta de todos los chilenos. No cometamos los errores del pasado, ni tampoco pasemos de una política de sordos, en que nadie se escucha, a una política de mudos, en que pareciera que nadie tiene nada importante que decir. Usted, como primera autoridad de la República, tiene el deber y privilegio de conversar permanentemente con todos los chilenos. Usted es la Presidenta de todos los chilenos.

No todo puede quedar en sus conversaciones con Andrade y Girardi; con Atria o Güell.  Si hasta Ignacio Walker, presidente de uno de los partidos que la apoya, reclamó durante el fin de semana que le avisaron con un día de anticipación sobre el proyecto de aborto. ¿Tampoco está hablando con él? Y para qué entrar en la última polémica… Al parecer tampoco habla con su hijo, ya que estando los dos de vacaciones no se dicen una sola palabra sobre el millonario negocio inmobiliario que ha sido la noticia del mes.

Me gustan los políticos que me inspiran confianza. Los políticos a los que les creo lo que dicen y que miran a los ojos y escuchan cuando les hablan. Disculpe que sea así de franco, pero ¿cómo voy a confiar en usted si no habla ni escucha? Sólo interpreta papeles y se maquilla y cubre con máscaras, como los actores de viejos tiempos. No confío en ellos, porque sé que lo que me dicen, por mucho que me pueda gustar, no es más que una línea escrita en un guion precisamente redactado para sacarme una sonrisa vacía.

Le advierto que soy de conversaciones largas, como seguramente también lo es usted. Pero no creo que haya problema: nuestro propio Chile es un país construido a partir de las buenas ideas que nacen de nuestras largas sobremesas. Conversemos, Presidenta. Escúchenos y hable –en el orden que quiera–, pero antes de que sea demasiado tarde y, para millones de chilenos, no nos quede otra honesta alternativa que decirle, con todo el respeto democrático pero sin la menor simpatía humana, “Presidenta, tenemos que hablar”.

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