miércoles, 27 de octubre de 2021 Actualizado a las 07:29

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Pinochet, ¿un rebelde de última hora?

Una impresión ulterior. Si en algo coinciden las narrativas de Merino, Leigh y Pinochet es en negar interesadamente que hayan estado en recíproca comunicación y entendimiento mucho antes del 10 de septiembre. Obviamente cada cual pretende asentar la versión de una aventura emprendida en heroica soledad; una que, como la trama de los ríos, solamente confluye con las otras en la dichosa desembocadura.
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La constatación es sugestiva. Si en algo convienen, sin mayor instinto crítico, las memorias  de derechas e izquierdas, es en aquello de que Augusto Pinochet se sumó al levantamiento castrense de septiembre de 1973 cohibido, a regañadientes y con temeroso retraso. Lo anterior siguiendo el relato del ala aparentemente  más pertinaz (Merino, Leigh, Díaz Estrada, Carvajal, Arellano Stark y Huerta) del movimiento militar que abatió a Salvador Allende del poder. Y no obstante las cercanas rectificaciones de Kornbluh y Basso, o las más remotas de Whelan. Las bondades de la desclasificación, sin embargo, permiten que desde el aquí y el ahora podamos explorar otros senderos hacia la verdad histórica.

Por de pronto, está el cable retrospectivo de la CIA que coloca al general Pinochet, sin temor ni temblor, a la testa de las tres ramas de la defensa y de la recién constituida junta de gobierno militar ya el 2 de septiembre, concertadas y dispuestas para lanzar el golpe el 10 de septiembre (reléase jun 11 1999. CIA/16.09.73/211, 6 fs.). Al comandante en jefe del ejército le correspondía la prerrogativa de fijar la hora final de una trama conspirativa iniciada dos semanas antes (Id.).

Una impresión ulterior. Si en algo coinciden las narrativas de Merino, Leigh y Pinochet es en negar interesadamente que hayan estado en recíproca comunicación y entendimiento mucho antes del 10 de septiembre. Obviamente cada cual pretende asentar la versión de una aventura emprendida en heroica soledad; una que, como la trama de los ríos, solamente confluye con las otras en la dichosa desembocadura.

Otro reporte señero, esta vez de la DIA (Defense Intelligence Agency de EE.UU.), hace saber que para el 8 de septiembre las tres ramas de las FF.AA. se encontraban completamente conformes en iniciar el alzamiento el 10, con la plausible aprobación de sus comandantes en jefe respectivos (DIA/08.09.73/Resumen de inteligencia/Chile).

La documentación emanada desde el interior del propio Ejército chileno (Memorándum de su Dirección de Operaciones presentado a la Comandancia en Jefe el 27.09.1973 sugiere, entretanto, que la sublevación quedó unánimemente acordada dentro de esta arma una semana después de la asunción de Pinochet al mando supremo de la institución).

El 28 y el 29 de agosto, en extenuante sesión secreta, el cuerpo de generales del Ejército desmenuzó el estado de la nación y el ordenamiento político en crisis, ciñéndose al memorándum de citas, cuya parte más radical puntualizaba:Estimamos que la acción militar que se realizará deberá mantener el poder durante un período prolongado de años hasta la recuperación integral y total del país”. La presentación desdeñaba, al mismo tiempo, el estilo de golpe que proponía la oposición civil al régimen, basado en una interrupción breve de la institucionalidad y regreso rápido a la democracia liberal.

Que la insurrección fue jurada durante o inmediatamente después de este cónclave –posiblemente el 29– lo certifica un boletín  de los servicios estadounidenses, originado al interior del Ejército, y exhumado por Kornbluh (2003). Para el 31 de agosto, dice tajantemente ese memo, el Ejército nacional “se ha unido en torno a la idea de un golpe y comandantes de regimientos cruciales de Santiago han pactado su apoyo”. No por azar el general estampó en su Día decisivo un comentario definitorio: “En los últimos días de agosto, nuestra planificación entraba a la fase final”. Con todo, otro despacho de la CIA, del 8 de septiembre, fincado seguramente en fuentes de información distintas, indicó que el golpe sería lanzado escalonadamente, y en ese orden, por la flota, la Fach y unidades del Ejército el 10 de septiembre (CIA, Directorate of Operations/Information report/08.08.73/5 fs.; declassified and released ju 11 1999).

Pinochet, consultado por Leigh, aseguró a éste que no se opondría a la operación de la Marina (probablemente en referencia al privilegio de iniciar la sublevación y a alguna discrepancia con la fecha). Leigh notificó, luego, a la Armada que reanudaría sus tratos con Pinochet entre ese mismo sábado y el lunes 10 de septiembre. A esa altura se había interpuesto una dificultad no menor introducida por Merino, que intentaba infructuosamente retrasar el alzamiento hasta la mañana del 12, llevado por un interés personal. Esperaba que antes de esa fecha Allende lo hubiera nombrado comandante en Jefe titular de la Armada, gestión que el Primer Mandatario, embargado por la desconfianza, demoraba. Era Merino y no Pinochet, por tanto, quien estaba conteniendo transitoriamente la insurrección.

Este intríngulis podría explicar las vicisitudes que se siguieron hasta la firma del celebérrimo papelito de Merino en casa de Pinochet recién el 10 de septiembre. El report information de la CIA vuelve insalvable la versión entregada por Merino (Memorias, 1998) respecto a que hasta la tarde del 9 de septiembre “el general Pinochet era muy poco conocido en la Armada… a Leigh nadie lo conocía” y “del Ejército no se sabía nada”. Así también la del propio Leigh que, interrogado por S. Marras sobre si antes del 9 “no hubo ningún plan, ninguna conversación con otros generales, [ni] con otras instituciones”, contesta lacónicamente: “Nada”. Para añadir que, recién al atardecer de ese día, le hizo ver a Augusto Pinochet “que había que ir pensando qué se iba a hacer” con el golpe (Confesiones, 1998). Un Pinochet que todavía a esa cota de la crisis “no quería” y “temía por su vida” (Leigh a Caras, 272, 1998).

Los cables de los servicios norteamericanos, en cambio, certifican que, en el peor de los escenarios, Pinochet sabía con anticipación y plenamente del alzamiento, se mantenía comunicado con las restantes instituciones de la defensa, conocía la fecha original de la movilización conjunta y negociaba cazurramente su lugar en ésta. En el mejor, ya estaba resueltamente a la cabeza de ella y de la futura junta gubernativa el 2 de septiembre. A esa altura, la comisión política del MIR informó al general  Prats cuán involucrado estaba Pinochet en la preparación del golpe por venir, sin conseguir que se le creyese. La comisión política del PC chileno –L. Corvalán, V. Díaz y O. Millas– tuvo ocasión de saberlo el 9 de septiembre. Allende, previamente aleccionado por el general C. Prats, en persona, les puso al día acerca de cómo Pinochet se había tomado el tiempo de asegurarse la jefatura del grueso de los regimientos de provincias y capital –las unidades operativas de una insurrección nacional– con comandantes adictos solamente a él (Memorias, de Millas).

Los mandos constitucionalistas quedaban aislados por la maniobra, bloqueando toda reacción de los elementos leales. La producción de tal diseño no pudo hacerse en un día (el 10). Con certeza debió insumir semanas. La autobiografía (2000) de Pinochet, sugerentemente, refiere que comenzó a ocuparse personalmente de ese menester el 23 de agosto. En realidad, ese tipo de chicaneo venía de antiguo. La documentación desclasificada muestra al general ya envuelto en las conspiraciones de Roberto Viaux (1969) y Alfredo Canales (1972); o discutiendo anticipadamente variantes de derrocamiento con oficiales estadounidenses (principalmente con el encargado de inteligencia del Comando Sur, coronel G. Sills) estacionados en Panamá (1972/73). De eso habrá que hablar otro día.

Una impresión ulterior. Si en algo coinciden las narrativas de Merino, Leigh y Pinochet es en negar interesadamente que hayan estado en recíproca comunicación y entendimiento mucho antes del 10 de septiembre. Obviamente cada cual pretende asentar la versión de una aventura emprendida en heroica soledad; una que, como la trama de los ríos, solamente confluye con las otras en la dichosa desembocadura.

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