Catástrofes, Historia, Comunicación y Educación
Señor Director:
En Chile, en los últimos 10 años hemos tenido de todo tipo de catástrofes: grandes terremotos de subducción y maremotos asociados (Tocopilla 2007, Maule 2010, Iquique 2014), terremotos superficiales someros (Aysén, 2007), erupciones volcánicas (Chaitén 2008, Cordón Caulle 2011, Villarrica 2015), deslizamientos (Concepción 2006, Valparaíso en varios años), flujos de barro y detritos (Camino a Farellones 2012, Antofagasta y Atacama 2015), inundaciones por desborde de cauce (rio Bío Bío 2006, río Mataquito 2008, ríos y quebradas de la Región de Atacama 2015), anegamientos por acumulación de aguas lluvias, entre otros, que en total han producido pérdidas por miles de millones de dólares, además de la muerte de cientos de chilenos.
Los procesos asociados a estas catástrofes tienen origen en distintos fenómenos y con distintos tiempos de aviso. Además, muchas de estas catástrofes pueden gatillar otros fenómenos. Por ejemplo, los grandes terremotos de subducción de los últimos 10 años han generado deslizamientos y maremotos de distintos tamaños. O las erupciones volcánicas han producido aumentos en los caudales de los ríos, fenómenos que pueden ser esperados después de una catástrofe mayor.
Los terremotos no los podemos predecir con la tecnología actual y su tiempo de aviso es mínimo, pero sí esperamos las catástrofes “menores” desencadenadas por estos procesos. Esto es, si ocurre un gran terremoto puedo esperar la ocurrencia de maremotos y deslizamientos. Por otro lado, la gran mayoría de las otras catástrofes dan tiempos de aviso suficiente al personal técnico capacitado que pueden dar la alerta a las autoridades, siempre que exista un monitoreo activo de estos fenómenos.
Como caso de éxito, el OVDAS (Observatorio Volcánico de los Andes del Sur) del Sernageomin (Servicio Nacional de Geología y Minería) ha monitoreado con éxito el ciclo eruptivo del volcán Villarrica. Este éxito, no es producto del azar. Vulcanólogos conocen la historia del volcán, tienen instrumentación que “escucha” al volcán y, dentro de ciertos rangos, “la historia + escuchar el volcán” permite predecir los procesos asociados al ciclo eruptivo. Otro caso de éxito, el terremoto de Iquique el 2014, la alerta no la dio la autoridad, la dio la naturaleza y la gente evacuó sola, sobre la base del aprendizaje del terremoto de 2010 y una serie de simulacros. Sin embargo, hay veces en que el lenguaje nos puede jugar malas pasadas. Las alertas amarillas, naranjas y rojas del OVDAS para el actual ciclo eruptivo del volcán Villarrica no necesariamente son las mismas que las de la Onemi, lo que puede producir la confusión del usuario. O peor aún, la mala comunicación o malinterpretación de datos técnicos, ya sea por el organismo responsable de emitir o recibir la alerta ha llevado a errores que han costado la vida a chilenos. Ya pasó con el terremoto del Maule de 2010, donde personal técnico y autoridades han sido formalizados, y hay sombras que sugieren que no hubo un lenguaje común con la alerta de la Dirección Meteorológica de Chile y la Onemi con las lluvias de Atacama.
El dar una alerta clara requiere de tres etapas:
1) Conocer la historia del sector dónde se produce la catástrofe (¿ha ocurrido previamente este fenómeno?, ¿qué pasó en esa ocasión?, ¿qué ha pasado en otros sectores donde han ocurrido fenómenos parecidos?);
2) Saber que va a ocurrir en el corto plazo una catástrofe, lo cual se logra de una sola manera: monitoreo del fenómeno. Escuchándolo. Si quiero saber que va a llover necesito meteorólogos y climatólogos. Si quiero saber si un volcán hará erupción, necesito vulcanólogos. No sólo necesito el personal calificado. Necesito equipamiento (actualizado y disponible). Y además, necesito el equipo para registrar el evento (volvemos el punto 1, conocer la historia).
3) Si conozco la historia previa y tengo antecedentes de que una catástrofe va a ocurrir, requiero dar la alerta. El tiempo de aviso es relevante. Mientras mayor sea, los daños y la pérdida de vidas humanas serán menores. Ahora, para dar una alerta se requieren 3 cosas: un lenguaje común, un emisor (capacitado) y un receptor (también capacitado).
El lenguaje es relevante. Debe ser claro. Por ejemplo, una lluvia de 30 mm en Chiloé es común. 30 mm en el norte de Chile es catastrófico. Si clasifico 30 mm en el norte de Chile como “chubascos moderados” y el receptor de la alerta no conoce la historia del lugar donde se producirá la emergencia, no estoy dando la alerta, por mucho que indique la magnitud de la precipitación esperada. El lenguaje utilizado en este caso no es claro y lleva a confusión. Esto requiere la existencia de procedimientos y que, muchas veces, el emisor de la alerta rebaje el lenguaje técnico a uno más sencillo.
Además, la comunicación no basta entre el organismo técnico competente y la autoridad responsable de informar a la población. La comunicación entre autoridad y población debe ser clara y expedita. Un simple “orden de evacuar” no basta. La orden de evacuación requiere una capacitación previa ¿Estoy en una zona expuesta? ¿Hacia dónde evacuo? ¿Cómo evacuo? ¿Cuánto tiempo tengo para evacuar? Nuevamente, si el receptor de la información no conoce la historia, no está en condiciones de tomar decisiones adecuadas.
Chile es un país de catástrofes. Solo nos faltan huracanes y monzones para tener el naipe completo. La toma de decisiones adecuada implica conocer nuestra historia. Los flujos de barro e inundaciones del norte en este momento deben quedar registrados y no olvidados. Deben identificarse claramente las vías aluvionales, y entender por qué la calle “Carrera” se inundó, siendo que está a un kilómetro de distancia del río. Junto con la reconstrucción es necesario registrar este evento. Hasta dónde llegó el agua, cómo fue la crecida. Los organismos estatales a cargo, junto con universidades, deben registrar el evento, y hacerlo público, de conocimiento de todos los chilenos. No debe olvidarse el evento. Ya pasó una inundación en Copiapó en 1947. Y en el siglo XIX. Va a volver a ocurrir, quizás antes de lo esperado, por el calentamiento global.
Sobre la base de esta información recopilada, tomar decisiones con respecto a la planificación territorial. ¿Volvemos a construir dónde mismo? ¿Asumimos el riego como país? ¿O lo asumen los particulares que toman la decisión de seguir viviendo ahí? ¿Cómo los instrumentos de planificación territorial se hacen cargo? ¿Basta con la zonificación de las áreas de riesgo, de acuerdo al artículo 2.1.17 de la OGUC, o es necesario algo más? En países desarrollados, si algún particular toma la decisión de vivir en un área expuesta al riesgo debe firmar un formulario para dejar constancia de que “tomó conocimiento” de que está en un área expuesta.
Esto no termina ahí. El registro de las catástrofes debe ser enseñado, debe ser parte del programa curricular de los colegios. Chilenos informados pueden tomar mejores decisiones cuando son sometidos a una alerta.
Andrés Fock Kunstmann
Geólogo
Consultor Senior en Peligros Geológicos aplicados a la Planificación Territorial en Xterrae Geología
Académico Universidad Santo Tomás