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La odontología o el experimento neoliberal

por 5 abril, 2015

Estos ghettos poco se conocen, poco se topan, y generan sus propias dinámicas de funcionamiento que, al igual que la desigualdad económica en Chile, termina por destrozar toda posibilidad de encuentro. Las Universidades predisponen a una competencia, no la regulan, y peor aún, no evitan el innecesario daño que se genera en la formación del capital humano para la salud.
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El estado en Chile ha sido saqueado y desmantelado en su estructura, con el fin de generar negocios, abandonando sus tareas tradicionales, como el aseguramiento de derechos sociales, su contribución a la generación de los espacios óptimos para el desarrollo de sus diversas tareas y en definitiva la caracterización del ethos republicano de convivencia cívica. Los objetivos de este desmantelamiento son evidentes, pero en términos concretos, lo único que asegura el estado es que si hay dos intereses en pugna por un bien, habrá competencia. Ni siquiera es capaz de prometer que será una competencia justa, sólo que alguien puede ganar.

Si bien es cierto que los principios del mercado han calado tan hondo en todos los espacios del país, que hacen que ninguna Universidad puede sentirse ajena al proceso de mercantilización educativa, siempre nos ha parecido que la Odontología es la carrera que por antonomasia representa la destrucción de los principios públicos.

Hay un punto en el que el sistema educativo sólo asegura que existirá una competencia. Desde el tiempo por alumno que dedica cada docente, pasando por el uso de materiales, hasta la atención de cada paciente, los estudiantes somos expuestos a una competencia latente que produce  complejos escenarios de desconfianzas. Es cuando el sistema educativo ha abandonado sus tareas.

Estos ghettos poco se conocen, poco se topan, y generan sus propias dinámicas de funcionamiento que, al igual que la desigualdad económica en Chile, termina por destrozar toda posibilidad de encuentro. Las Universidades predisponen a una competencia, no la regulan, y peor aún, no evitan el innecesario daño que se genera en la formación del capital humano para la salud.

Siendo justos, no todos los académicos ni todos los ramos proponen este paradigma. Todos conocemos y agradecemos los intentos por iluminar un proceso bien precarizado que se extiende a todas las universidades. Pero cuando ocurre, genera los mismos efectos que en el país.

Primero, la competencia es desigual. El gasto en materiales, los contactos con más pacientes, o incluso el criterio docente varía inmensamente. Mientras hay docentes cuyos estudiantes no presentan mayores problemas durante el año, hay otros que viven tremendas pesadillas. Basta revisar las estadísticas de reprobación para conocer que se concentran en unos pocos grupos de académicos, cuya exigencia se torna muchas veces implacable.

Segundo, hay ciertos estudiantes que presentan menor dificultad en conseguir pacientes, en pagarles los tratamientos incluso, o que son tremendamente apoyados por sus contactos en el mundo de los odontólogos. Otro grupo, presenta altísimos niveles de endeudamiento, para costear los materiales, hacen todo lo humanamente posible por conseguir pacientes, deambulando entre consultorios y clínicas. Y eventualmente, pueden fracasar. Es lo que llamamos desigualdades de cuna, y que antecede a las altísimas tasas de estrés, angustia, depresión y conflictos emocionales que presentan los profesionales de la salud, en especial los odontólogos.

Estas desigualdades, al igual que en el país, generan ghettos. Están aquellos cuyas carreras universitarias en pre y posgrado son un placer, de constante goce personal, pero que no necesariamente significa tener destacadas habilidades. La compra de su propia clínica privada es un paso evidente para el proceso de independencia.

El otro ghetto, por su parte, consiste en aquellos que han tenido que patear piedras harto rato, que se endeudan para un diplomado o un magíster pensando en el aumento de posibilidades de desarrollo laboral, pero que por la calidad de muchas universidades, termina siendo sólo un adorno. En su mayoría, son profesionales que trabajan contratados en clínicas o megacentros de salud privados.

Estos ghettos poco se conocen, poco se topan, y generan sus propias dinámicas de funcionamiento que, al igual que la desigualdad económica en Chile, termina por destrozar toda posibilidad de encuentro. Las Universidades predisponen a una competencia, no la regulan, y peor aún, no evitan el innecesario daño que se genera en la formación del capital humano para la salud.

Ya lo decía Julio Antonio Mella: “la universidad es un órgano social de utilidad colectiva y no una fábrica donde vamos a buscar la riqueza privada con el título”. Ya viene siendo hora que el Estado Chileno lo entienda así.

 

 

 

 

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