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¡Viva Chile merda!: celebremos el dieciocho con una ópera italiana

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Por: Juan Carlos Poveda, Instituto de Música Universidad Alberto Hurtado


Señor Director:

Vino, empanada, cueca, chicha, fonda, choripán, Giuseppe Verdi, rodeo, asado, pebre… ¿Algo no encaja? Si este conjunto de vocablos figurara en un test de “término excluido”, ¿cuál vocablo dejaría usted afuera? Es más, ¿cuál fue el término que más perturbó su sentimiento patriótico de septiembre? Para decepción de muchos defensores de la ‘chilenidad’ – entendida ésta como la evocación de un imaginario construido en torno al paisaje geográfico y cultural del valle central-, Giuseppe Verdi y el mundo que rodea la ópera romántica italiana no constituyen en ningún caso ‘términos excluidos’ dentro de las construcciones identitarias que nuestra oficialidad reafirma año a año, principalmente a través de tres ceremonias patrióticas oficiales: el Te Deum, la Parada Militar y la llamada “Gala Presidencial”.

En breves términos, la Gala Presidencial es un ritual patriótico celebrado cada 18 de septiembre en el Teatro Municipal de Santiago, en el cual la Alcaldesa o Alcalde de dicho municipio convoca al Presidente de la República y al más granado cuerpo político, diplomático y empresarial a disfrutar de una función especial – de ‘gala’-, consistente, por tradición, en una ópera romántica italiana, la cual este año corresponderá a Il due Foscari, del aludido Verdi.

Ahora bien, año tras año, me pregunto por qué es la ópera italiana la escogida para configurar desde mediados del siglo XIX una tradición patriótica vigente hasta nuestros días, y más aún, por qué razón esta pregunta no resulta relevante en nuestro medio académico musical. Si el Te Deum y la Parada Militar atienden a dos desarrollos ideológicos que no podemos desmembrar de nuestra identidad – cristianismo y militarismo-, ¿a qué sector covoca el hecho de programar una ópera italiana en la Gala Presidencial? ¿a un sector que podríamos denominar como ‘consumidor de Cultura’? Si no es posible contestar estas preguntas, ¿qué estamos celebrando con una Gala Presidencial? Al respecto, las consecuencias de consagrar y perpetuar una tradición que no se entiende ni conoce, genera inevitables instalaciones ideológicas que más que cumplir el fin de convocar y recrear valores patrióticos en un mes como este, generan finalmente la reproducción de una ritualidad excluyente y snob.

Entonces, lo primero sería entender cómo se configura un evento como la Gala Presidencial y cómo se explica su vigencia. Para este fin, acudiré a una brevísima perspectiva histórica y musicológica para exponer mi hipótesis. Me explico. Si bien las ideas que inspiran el ideal libertario de las nacientes repúblicas americanas provienen del pensamiento ilustrado francés, la musicalidad de moda en la Europa de aquel entonces provenía de la región itálica, especialmente de la ópera napolitana. Por ende, la inspiración liberal o protoliberal que inspiró los procesos independentistas americanos estaba acompañada de una ‘banda sonora italiana’, la cual fue institucionalizada por las jóvenes repúblicas latinoamericanas durante todo el siglo XIX como un modelo de ‘alta cultura’, el cual fuera defendido por insignes intelectuales decimonónicos como Andrés Bello. Chile, en sintonía con esta moda cultural de los salones latinoamericanos, apuesta entonces por esta musicalidad, la cual constituía un código sonoro ‘moderno’ adecuado para reemplazar la vieja sonoridad colonial y para acompañar también un particular modo de vivir el liberalismo en Chile, ese liberalismo en el que, como reflexiona el historiador Alfredo Jocelyn-Holt, resultaba perfectamente coherente que un terrateniente asistiera al Teatro Municipal a emocionarse con el reivindicador Va Pensiero – “Coro de los esclavos”-, para luego retornar esa misma noche a su fundo a usar la fusta con algún peón.
En vista de los antecedentes expuestos, puede entenderse que el Teatro Municipal se haya erigido como el epicentro de la ópera italiana en el país y en el proyecto nacionalista del mismo, ya sea desde su fundación un 18 de septiembre de 1857, ocasión en la que se representó Ernani (Verdi), hasta nuestros días, predominando siempre, como ya se dijo, la programación de una ópera italiana en la que premoninan nombres como G. Rossini, G. Donizetti, y por supuesto, G. Verdi.

La indiferencia o desconocimiento frente a este fenómeno tomó un cariz más mediático el pasado año, justamente cuando la tradición se vió cuestionada al reemplazar la ópera italiana (en esa ocasión Turandot de G. Puccini) por un concierto sinfónico-coral con obras de compositores chilenos. En dicho debate, relució nuestro genoma conservador – que en el mundo de la cultura puede tener tintes terroríficos-, nuestro miedo a la innovación, nuestra devoción por las tradiciones monolíticas e inconscientes, y, por supuesto, nuestro pánico a asumir el precio de equivocarse. En aquel entonces, el crítico Juan Antonio Muñoz llegó a defender la “alta cultura” como reflejo de un entendimiento de la cultura occidental, vinculando un ánimo de renovación de la Gala Presidencial con una intención de la “izquierda conservadora” a “nivelar hacia abajo” un evento que representa, a su juicio, un «acontecimiento especial» tanto para los invitados (unas 200 personas) como para «el común de los chilenos» (o sea, ¿para el ‘resto’? ¿para quienes quedan afuera del Teatro? Recordemos que recién el año pasado, luego de más de un siglo de Galas, el evento fue transmitido por televisión abierta). Por el lado artístico, el reconocido pianista Roberto Bravo llamó a mantener la tradición de la ópera italiana en la Gala. Yo entiendo que las tradiciones se mantienen en función de signos pertinentes a quienes la desarrollan, y eso involucra que las tradiciones sean dinámicas. Otra voz artística en esa ocasión fue la del compositor Aliocha Solovera, quien manifestó que el Teatro Municipal no era un lugar para proponer innovaciones.

Me pregunto aquí, ¿por qué el Teatro Municipal no sería un espacio para innovar? La fundación del Teatro Municipal significó una gran innovación en 1857 al instalar una sonoridad ‘moderna’, la cual en su momento constituyó una ‘superación’ de la sonoridad eclesiástica y de algún modo barroca, elementos integrantes de la identidad sonora de la Colonia. Por otra parte, sin el ‘innovador’ estreno de la obra sinfónica La muerte de Alsino, que un emintente dentista y gran compositor aficionado, Alfono Leng, realizara en 1922, no se hubiera podido dar el gran salto mediático para instalar las reformas que unos años después reformularían abruptamente la institucionalidad musical chilena. Todo esto sin mencionar, ya en nuestros tiempos, el exitoso e ‘innovador’ ingreso de la música popular a dicho espacio (siendo la presentación de Anita Tijoux el más reciente ejemplo).

En definitiva, planteo las preguntas de fondo que podrían guiar esta reflexión: ¿qué entendemos por música chilena? ¿qué de ‘chileno’ hay en la música chilena? ¿qué espacios podrían abrirse para fomentar la creación musical académica nacional? Y en lo que a nuestro caso se refiere, ¿por qué no mantener la tradición operática de la Gala Presidencial encargando óperas a compositores chilenos? Valga decir que no planteo esta propuesta desde una intención populista, ni menos nacionalista, sino procurando que la creación musical académica nacional mande al siquiátrico su romanticismo zombie y establezca reales posibilidades de vinculación y pertenencia con el medio y la realidad el país. Invitar a una comitiva diplomática o empresarial internacional a escuchar Verdi en una festividad patria en Chile, en pleno siglo XXI, resulta por lo menos risible, y perpetúa nuestra lamentable tendencia de no permitir el uso de nuestros espacios musicales a nuestros propios músicos, que por desconocimiento o ideología muchas veces se considera – incluso dentro del mismo medio musical, hay que reconocerlo tristemente- que ‘no están a la altura’. ¡Viva Chile merda!

Juan Carlos Poveda
Instituto de Música Universidad Alberto Hurtado

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