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¿La generación perdida de la ciencia chilena?

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Pablo Astudillo Besnier
Por : Pablo Astudillo Besnier Ingeniero en biotecnología molecular de la Universidad de Chile, Doctor en Ciencias Biológicas, Pontificia Universidad Católica de Chile.
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Quienes siguen de cerca la crisis que actualmente vive la ciencia chilena, seguramente recordarán las innumerables advertencias que desde hace algunos años se vienen formulando ante la inminente crisis laboral que afectaría a los científicos jóvenes, tras la masiva formación de graduados de doctorado en Chile y en el extranjero (además de los formados de programas de Magíster). Pues bien, el tiempo de las advertencias ya pasó, y probablemente está llegando la hora de comenzar a lamentar la pérdida de una generación de jóvenes científicos.

Entre los años 2008 (comienzo del programa Becas Chile) y 2014, se adjudicaron más de 2.200 becas de doctorado de Becas Chile y más de 3600 becas de doctorado nacional, totalizando cerca de 5800 nuevos científicos en formación (esta cifra no incluye las antiguas becas de doctorado internacional de Conicyt ni doctorandos que acuden a otras becas o a financiamiento propio).

Sin embargo, de acuerdo a las estadísticas del Ministerio de Economía, el número de “investigadores” solo aumentó en poco más de mil entre los años 2009 y 2013. Aunque no existe certeza sobre la condición laboral de dichos investigadores, cabe manifestar al menos un grado razonable de escepticismo y preocupación, pues en el mismo período (2009-2013) se graduaron cerca de 1.500 doctores (de doctorado nacional y de Becas Chile), sin contar los que además se graduaron desde el 2014 hasta la fecha (cerca de 650 a junio del 2015, equivalentes a poco más del 40% de los graduados de todo el quinquenio 2009-2013).

No sorprende, entonces, el que las cifras de postulantes a los concursos de postdoctorado y Fondecyt de Iniciación estén alcanzando un máximo histórico, lo que unido al estancamiento presupuestario de los últimos tres años, tiene a ambos concursos con tasas de adjudicación en caída libre, y amenazando con dejar en el camino a cientos de científicos jóvenes, echando por la borda el esfuerzo del país en formarlos.

Pero el problema es aún más complejo. Cerca de 1.900 becas de postdoctorado fueron adjudicadas en el período 2008-2015, un quinto de ellas para el extranjero, en algunas de las mejores universidades del mundo. El postdoctorado, en palabras de un reciente reporte norteamericano (“La experiencia Postdoctoral Revisitada”, 2014), corresponde a una “etapa avanzada de entrenamiento” para investigadores con grado de doctor, “por un período definido de tiempo”, adquiriendo capacidades para liderar grupos de investigación independientes (“avanzando hacia un puesto de investigador de jornada completa”). Las ideas de una duración definida y, más importante aún, del inicio de una carrera independiente, forman parte de la noción básica del postdoctorado.

[cita tipo=»destaque»]Ha sido imposible no advertir la creciente escasez de oportunidades para desarrollarse como investigador independiente, llevando al arribo al país del fenómeno conocido como “permadocs”: investigadores jóvenes que, tras haber realizado un postdoctorado y ante la falta de oportunidades para comenzar un grupo propio de investigación, no tienen más opción que volver a realizar otro postdoctorado. En el mejor de los casos, estos investigadores pueden desempeñarse bajo la figura de investigador “adjunto” o “asociado”.[/cita]

No obstante, ha sido imposible no advertir la creciente escasez de oportunidades para desarrollarse como investigador independiente, llevando al arribo al país del fenómeno conocido como “permadocs”: investigadores jóvenes que, tras haber realizado un postdoctorado y ante la falta de oportunidades para comenzar un grupo propio de investigación, no tienen más opción que volver a realizar otro postdoctorado. En el mejor de los casos, estos investigadores pueden desempeñarse bajo la figura de investigador “adjunto” o “asociado”.

Si bien esta posición ofrece una legítima y valiosa alternativa laboral para los investigadores jóvenes, en la práctica el beneficio (en términos de desarrollo profesional, reputación e infraestructura) recae fundamentalmente en los investigadores principales que lideran los grupos de investigación respectivos, y también constituye un desperdicio de esfuerzos, puesto que -como vimos- la formación postdoctoral está orientada a dotar al país de investigadores capaces de liderar nuevos grupos de trabajo (en lugar de unirse a grupos ya existentes) e idealmente a abrir líneas de investigación en nuevas áreas, lo cual es aún más relevante en el caso de quienes realizan su formación postdoctoral en el extranjero.

Se hace evidente entonces que la actual generación de científicos jóvenes no solo no cuenta con suficientes oportunidades, sino que las que existen no son tampoco las que corresponden al nivel de formación para el cual el Estado realizó el correspondiente esfuerzo, lo que a largo plazo tiene también consecuencias para la propia comunidad científica y su estructura interna, un tema que no discutiremos aquí pero que será necesario abordar tarde o temprano.

Parte importante del problema radica tanto en la baja inversión en I+D del país como en la concentración del empleo científico en el sector universitario. Menos del 10% de los investigadores con grado de doctor trabaja en empresas (al año 2013), mientras que solo cinco universidades se adjudicaron en conjunto casi el 50% de los Fondecyt de Iniciación adjudicados en el concurso del 2015. Esto restringe ostensiblemente el abanico de posibilidades para los nuevos graduados y postdoctorados.

Nuestro país necesita generar urgentemente nuevos mecanismos para que los investigadores jóvenes tengan oportunidades, desde el sector público hasta nuevos organismos de investigación, y políticas más efectivas para promover la inserción en el sector privado. Las políticas hoy existentes simplemente son insuficientes, y ante la falta de una institucionalidad capaz de impulsar nuevos y mejores instrumentos, y debido al estancamiento presupuestario en I+D (que en el caso de los programas de CONICYT ha alcanzado una situación crítica en el actual gobierno), se hace claro que soluciones de fondo tardarán en llegar. La actual generación de científicos jóvenes, una que apostó por formarse en esta profesión para contribuir al país pese a las incertidumbres existentes, hoy no tiene suficientes oportunidades en la investigación científica, y el riesgo de una generación perdida de científicos se hace hoy más real que nunca.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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