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Las consecuencias de la corrupción

por 8 abril, 2016

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Longueira se hunde cada vez más, pero afirma “soy un hombre honesto”. También, como para que nos ubiquemos como corresponde, el presidente de Chile Transparente dice que “… es normal que empresas hagan llegar sus puntos de vista…”. Por otro lado, desde la vereda opuesta si se quiere, Ominami denuncia un ensañamiento en su contra por parte del SII y expresa su extrañeza por la falta de otros personeros involucrados (parece más una amenaza velada que una expresión de extrañeza). Insulza declara que Longueira es un hombre de Estado, Zaldívar afirma que los políticos, en general, son personas honradas, Marco Enríquez-Ominami en silencio y negando vínculos con Contesse y empresas brasileñas corruptas, etc.

El panorama político, ya lo sabemos, es oscuro. El escenario se presenta complicado, toda vez que desde la izquierda a la derecha la tentación es desmarcarse de los involucrados, aun cuando aquello implique desmarcarse de todo un partido (en Renovación Nacional miran en una suerte de estado de shock lo que ocurre en la UDI), y ya apareció Ossandón amenazando con la escisión. En tanto, Lagos entra en dudas acerca de una nueva postulación a La Moneda. La UDI, contumaz, afirma honradeces de los involucrados en corruptelas de manera evidente.

La DC, por su lado, mira con estupor hacia su izquierda por las revelaciones de diversos personeros involucrados ni más ni menos que con SQM, aumentando la tentación de varios de caminar hacia la derecha y asociarse con RN.

En suma, un panorama político que alienta la conformación de nuevas agrupaciones políticas, nuevas alianzas y, por ende, necesarios desplazamientos más a la izquierda o a la derecha, según sea la necesidad. Y es que a estas alturas nadie podría pensar que las estrategias dicen relación con las convicciones; la evidencia indica todo lo contrario: que a través de los años, desde la recuperación de la democracia, ha sido la necesidad económica la que ha fijado los parámetros de administración de nuestro país. Esta necesidad económica, claro está, no es la de la población, no es la de los jubilados, los enfermos o los explotados; es la de los que nos han conducido todos estos años.

Así, no existe realmente una izquierda o una derecha. Lo que hay es una verticalidad de partidos y no una horizontalidad. En efecto, a la hora de sacar las cuentas es posible comprender que lo que realmente existe, como diferenciador de un partido u otro, es el criterio económico. Hay partidos con más plata que otros y los que se encuentran entreverados en la cima de esa verticalidad, en mayor o menor medida, se encuentran coludidos.

¿Afinidades ideológicas? No hay. ¿Afinidades económicas? Todas. Así, como dice Waissbluth, estamos sumidos en una crisis de confianza desatada, sin atisbos de mejora, sino que todo lo contrario; cada día parece empeorar. Y no perdamos la perspectiva, el panorama empeora para todos. La desconfianza es transversal, extensa, intensa y demoledora. Y aquí se presenta un elemento que llama profundamente la atención.

No existe realmente una izquierda o una derecha. Lo que hay es una verticalidad de partidos y no una horizontalidad. En efecto, a la hora de sacar las cuentas es posible comprender que lo que realmente existe, como diferenciador de un partido u otro, es el criterio económico. Hay partidos con más plata que otros y los que se encuentran entreverados en la cima de esa verticalidad, en mayor o menor medida, se encuentran coludidos.

En efecto, se habla del temido populismo, de la aparición de pseudoprofetas de la política prometiendo barrer con la corrupción, los que llevarían a nuestro vapuleado país a una crisis mayor a la actual. Claro, este es el discurso que les conviene a los que hoy están metidos hasta los bolsillos, ya que ellos (los corruptos), serían los que dan garantías de paz y progreso para el país. Sin embargo, no podemos perder de vista que ya hemos tenido voces que han sido calificadas como populistas, especialmente en elecciones presidenciales anteriores. Estas no tuvieron mayor eco en la ciudadanía, según algunos productos de la voluntariedad del voto. Lo que ha ocurrido hasta ahora es que, aparecidos los disidentes, el establishment se ha ocupado y preocupado primero de minimizarlos (Marquito le decían a MEO), luego de desprestigiarlos, y por último, en caso de sobrevivir al vapuleo, de allegarlos o devolverlos a su redil. Jamás ha prendido en la ciudadanía chilena populismo alguno. Es cosa de revisar la historia de Chile; que yo recuerde no hemos tenido presidencias populistas.

Pero ese es otro tema; los dilemas que se presentan hoy no son menores. En el horizonte próximo se encuentran las elecciones municipales. ¿Con quién se sacarán la foto los candidatos de la mal denominada clase política? Sin duda que se mantendrá la práctica de desmarcarse, tanto del partido como de figuras en particular. Es que nadie quiere resultar contaminado.

Otro dilema: ¿cómo se van a financiar las campañas? Porque hasta hoy cada campaña ha sido financiada bajo las fórmulas que se han ido develando (qué duda cabe, como diría el ex Presidente Lagos). Pero quizá lo más grave de todo: ¿cuántos van a ir a votar? Porque en este punto es la legitimidad de fondo la que se ve afectada, esa que dice relación con la confianza, con la credibilidad. Nadie en este país, a menos que sea un recalcitrante partidario de la UDI, puede creer en la honestidad de Longueira o Jovino, lo mismo respecto de los partidarios del PS y Fulvio, del PPD y Peñailillo, de Hasbún y Ena, de Orpis, etcétera, etcétera, etcétera.

La legitimidad de fondo, entonces, se afecta porque a la hora de decidir entre cometer una ilegalidad o no hacerlo, al ciudadano de a pie le asalta la pregunta del millón: si ellos lo hacen (los políticos), ¿por qué yo no? Si la autoridad de gobierno o parlamentaria se aprovecha, ¿por qué yo no? Es decir, se instala en la conciencia ciudadana, en la gente, en todos nosotros, una percepción de delincuencia respecto de la clase dirigente. Y siendo así, el incentivo para ir a votar nuevamente por los mismos es inexistente.

Es claramente, a mi juicio, indefendible la postura de Enrique Corrrea sobre Longueira: este habría prestado grandes servicios al país, circunstancia que según Correa no puede olvidarse; alude a la situación que vivió la DC hace algunos años por la omisión de inscripción de candidatos, y al escándalo MOP-Gate. Si esos son “grandes servicios”, entonces no se ha entendido nada: lo que hizo Longueira en esas ocasiones no fue más que prestar servicios a los partidos, no al país.

Entonces se instala en el ambiente una discusión que se suponía zanjada: la obligatoriedad o voluntariedad del voto. En este punto reaparece la idea de reponer la obligatoriedad, producto de lo que señalaba antes en cuanto a la legitimidad de fondo. Es claro que el mandatario del soberano contará con una legitimidad más robusta (no me refiero a la legitimidad jurídica), ya que no es lo mismo contar con la manifestación de voluntad de siete millones de personas que contar con la de tres o cuatro millones. Recordemos que al inicio del segundo gobierno de la Presidenta se quiso cuestionar la legitimidad atendido el bajo número de votantes; así, la tentación de obligar al ciudadano a votar reflota con fuerza en algunos sectores. A mi juicio la cultura democrática no puede ser decretada; la decisión de votar debe estar alimentada por la convicción de que el voto es relevante, que incide en el día a día de cada uno de nosotros.

Estuvimos gran parte de nuestra larga transición con voto obligatorio y, sin embargo, la ciudadanía no incorporó en su acervo la importancia de concurrir a votar; es decir, la ley no sembró en la ciudadanía el sentir cívico de votar cada vez que fuese necesario. Pareciera que fue al contrario; sin embargo, tendríamos que ser ilusos si creemos que volver a la obligatoriedad otorgará mayor legitimidad a los elegidos. Por lo demás, volver a la obligatoriedad no nos garantiza, de manera alguna, que podamos terminar con la corruptela escandalosa que existe hoy por hoy en la dirigencia política de Chile; si los candidatos van a ser los mismos, ciertamente que los mismos vicios seguirán reproduciéndose y los electores no tendrán incentivo alguno para acudir a las urnas.

¿La salida? No se vislumbra al alero de los mismos; no se despejan las dudas si son los involucrados, los que hicieron la norma para luego saltársela o violarla derechamente, los que la modifican después a su amaño. Eso no sirve. Lo que sirve es que todos los que tengan tejado de vidrio se aparten de la vida pública. Ni Pizarros, ni Fulvios, ni Jovinos, ni MEOS; se vienen las municipales y habrá que ver cómo se comporta la ciudadanía. Hasta acá, no se escuchan llamados a participar de las elecciones (cero educación cívica), y no hay llamados porque no existe personaje alguno capaz de generar una respuesta positiva a ese llamado. Coincido con Waissbluth: hay que refundar el sistema político; no hay otro arreglo posible.

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