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Cinco paradojas de la “Ley Miscelánea”: lo que el debate no está diciendo Opinión

Cinco paradojas de la “Ley Miscelánea”: lo que el debate no está diciendo

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Álvaro Ramis Olivos
Por : Álvaro Ramis Olivos Teólogo, doctor en filosofía, Presidente Centro de Estudios Territorio y Comunidad.
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El debate público merece más que una disputa entre optimistas y pesimistas fiscales. Merece preguntas más difíciles: ¿qué ocurre si el crecimiento no llega? ¿Quién paga el ajuste? ¿Qué institucionalidad ambiental queremos conservar? ¿Es legalmente sólido lo que se está aprobando?


El Proyecto de Ley para la Reconstrucción Nacional y el Desarrollo Económico y Social, también llamado “Ley Miscelánea”,  ha concentrado en pocas semanas una densidad de críticas técnicas poco frecuente en la historia legislativa reciente del país. El Fondo Monetario Internacional, el Consejo Fiscal Autónomo, la Corte Suprema, JP Morgan, Bloomberg y exministros de Hacienda han formulado objeciones desde ángulos distintos pero con un núcleo compartido: el proyecto genera costos fiscales ciertos e inmediatos, mientras sus beneficios son graduales, condicionales e inciertos.

Sin embargo, el debate público ha tendido a reproducir esta disputa en clave binaria –reforma necesaria versus irresponsabilidad fiscal– oscureciendo cinco paradojas que merecen atención analítica detenida.

La apuesta al crecimiento que ya fracasó

La arquitectura central del proyecto descansa sobre una premisa que JP Morgan calificó como “atractiva pero incierta”: que la reducción de la carga tributaria y la simplificación regulatoria generarán un crecimiento suficiente para compensar, en el mediano plazo, el deterioro fiscal inmediato. El banco proyectó que este “dividendo de crecimiento” podría tardar más de una década en materializarse.

Lo que el debate omite es que esta apuesta no es nueva. La experiencia comparada de las últimas cuatro décadas –desde los recortes Reagan en los años ochenta hasta las reformas fiscales de la OCDE de los noventa– muestra que la tesis del crecimiento autofinanciado rara vez se cumple dentro de los horizontes temporales prometidos por sus impulsores.

Chile no tiene razones estructurales para constituir una excepción, especialmente en un contexto donde la economía se contrajo 0,3% en febrero de 2026 y la producción de cobre cayó a su nivel más bajo en casi nueve años. Repetir una apuesta cuya tasa histórica de éxito es baja, en un momento macroeconómico adverso, no es audacia reformista: es fragilidad programada.

Los críticos tienen razón en lo que dicen, pero callan lo que importa

Las instituciones financieras internacionales que formularon las objeciones más contundentes al proyecto –FMI, JP Morgan, Bloomberg– son, en términos históricos, los mismos actores que durante décadas impulsaron en el mundo desarrollado las políticas de reducción tributaria y desregulación que hoy cuestionan en el caso chileno. Esta paradoja no invalida sus análisis técnicos, que son rigurosos y consistentes, pero sí obliga a leerlos con una capa adicional de espesor crítico.

El FMI reconoció que las medidas de simplificación regulatoria y reducción de impuestos corporativos “contribuyen positivamente al crecimiento de mediano plazo”. JP Morgan validó el diagnóstico gubernamental de que la tasa impositiva chilena está por sobre el promedio de la OCDE. Sus objeciones no son al objetivo, sino al diseño y al ritmo.

Esto significa que el debate no es entre quienes quieren crecer y quienes no: es entre quienes aceptan una ingeniería fiscal sin respaldo y quienes exigen que esa ingeniería tenga cimientos verificables. Esa distinción es decisiva, y su ausencia del debate mediático empobrece el análisis.

La Corte Suprema habla de otra cosa, y nadie la escucha

Mientras el debate se concentra en los números fiscales, la Corte Suprema introdujo en su oficio al Congreso una advertencia de naturaleza distinta: el proyecto contiene problemas de precisión normativa que generan incertidumbre jurídica y su diseño podría configurar al fisco como asegurador general del riesgo regulatorio privado.

Esta objeción es cualitativamente diferente a las de las instituciones financieras. No pregunta si Chile puede pagar el proyecto: pregunta si el proyecto está bien construido como instrumento legal. Un límite de seis meses para medidas cautelares ambientales –valorado por JP Morgan como el componente con mejor relación costo-beneficio de toda la reforma– puede, según la Corte, vulnerar el principio preventivo ambiental en casos de riesgo grave o irreversible.

Esta tensión entre certeza jurídica para inversores y tutela ambiental flexible no es resoluble con proyecciones de crecimiento: requiere decisiones normativas deliberadas que el texto actual no ha tomado. El silencio del debate político sobre este eje es uno de sus déficits más notorios.

El problema no es la deuda: es lo que se recorta para pagarla

El umbral del 45% de deuda bruta como porcentaje del PIB –identificado por el FMI como techo prudente y que el proyecto podría superar en 2028, según sus propias proyecciones– ha dominado la discusión técnica. Sin embargo, este indicador macroeconómico abstracto encubre la pregunta políticamente más relevante: ¿qué se ajusta primero cuando el fisco deba cuadrar sus cuentas?

El Consejo Fiscal Autónomo (CFA) fue explícito: el proyecto no contempla fuentes de financiamiento adicionales para cubrir el impacto fiscal neto negativo proyectado al menos hasta 2031. Esto no es una omisión contable menor. En la práctica presupuestaria, los primeros ítems que absorben las restricciones fiscales son los de transferencias a gobiernos subnacionales, los programas sociales de menor escala y los gastos de operación de servicios públicos descentralizados.

Para los municipios, esto se traduce en presión sobre los consultorios, las listas de espera, los programas de infancia y los servicios de atención a personas mayores. La deuda no duele en abstracto: duele en la ventanilla de atención.

Kast y sus críticos comparten el mismo supuesto que nadie examina

La quinta paradoja es quizás la más profunda. El Gobierno proyecta un crecimiento de 3,5% anual sostenido. Sus críticos argumentan que esa tasa es optimista y que los efectos dinámicos compensan menos de la mitad del costo fiscal directo, según la proyección del exministro Marcel.

Ambos bandos, sin embargo, debaten dentro de un marco de supuestos compartidos que ninguno interroga con suficiente rigor: que el entorno externo se mantendrá relativamente estable, que el precio del cobre recuperará su trayectoria, y que los shocks de febrero fueron transitorios.

Bloomberg situó sus advertencias fiscales precisamente en ese contexto: una economía que se contrae, una producción minera en mínimos históricos y un momento macroeconómico que describe como adverso. Si los supuestos de base se deterioran –escenario que ninguna institución descarta–, el cálculo de costo-beneficio del proyecto no se modifica marginalmente: colapsa. La ausencia de un análisis serio de escenarios de riesgo externo en el debate parlamentario no es un descuido técnico; es una evasión política.

El Proyecto de Ley de Reconstrucción Nacional no solo es un mal proyecto por sus consecuencias. Es un proyecto problemático porque construye una arquitectura fiscal sobre supuestos no validados, omite fuentes de financiamiento, introduce incertidumbre jurídica no resuelta y transfiere sus costos de ajuste hacia los eslabones más débiles del Estado: los gobiernos locales y los programas sociales de base.

El debate público merece más que una disputa entre optimistas y pesimistas fiscales. Merece preguntas más difíciles: ¿qué ocurre si el crecimiento no llega? ¿Quién paga el ajuste? ¿Qué institucionalidad ambiental queremos conservar? ¿Es legalmente sólido lo que se está aprobando?

Esas preguntas no tienen respuesta en los titulares. Pero sí en los documentos técnicos que, hasta ahora, el debate mediático ha preferido citar sin leer.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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