jueves, 28 de enero de 2021 Actualizado a las 00:04

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Por qué Chile crece poco: basta de sofismas

Por qué Chile crece poco: basta de sofismas
Es la gran hora de la verdad: hay que abordar derechamente la notable concentración que existe en la mayoría de los mercados. Es esto lo que ha dañado la productividad de nuestra economía. Si tal concentración no existiera, Chile habría crecido a un ritmo y a tasas muy superiores de los últimos 20 años.
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Desde un tiempo ya largo se observan en los medios opiniones supuestamente muy autorizadas que pretenden ilustrarnos sobre las razones de lo que llaman reiteradamente el pobre desempeño de la economía chilena.

Cómo ocurre frecuentemente con esta temática, ella la monopolizan distinguidos economistas, que escudándose en ropajes estadísticos, desempeños de las economías del mundo, terminan siempre por identificar como la causa principal aquello que se relaciona directamente con la política interna, y más concretamente con la autoprofecía de la crisis que traería la reforma tributaria, que aún no entra a operar en su totalidad, y las reformas laborales que se encuentran en trámite.

Los políticos profesionales del país se rinden fácilmente frente a esta pirotecnia y a veces, por falta de interés, comprensión de los problemas o falta de estudio, no se aborda una temática que queda así en el ámbito de lo técnico.

Las conclusiones que se suelen mostrar parten de una evidencia que es la piedra angular de una tautología, consiste en que se afirma que Chile crece bajo su PIB potencial, lo que estimamos correcto, aunque normalmente significa que nuestro PIB puede llegar a 4.5, pero nuestros últimos análisis nos permiten sostener que con la estructura económica y demográfica que tiene Chile, difícilmente este supere el 3.

Como algunos sectores de Gobierno también tercian en la discusión, suelen responsabilizar mayormente a la economía internacional que nos golpea más fuerte por la política económica adoptada hace 40 años en el gobierno militar, de tener una economía tan abierta como no hay probablemente otra.

Como otros desean, se instala entonces el debate entre cuánto influye la economía externa y cuánto la interna. Para afirmar que la economía externa no influye tanto, se dice que Chile no ha sido tan golpeado por la baja del cobre, atendida la baja del petróleo, y que, en general, los términos de intercambio los últimos tres años han sido para Chile incluso un poco mejores que el de otros países de la región y entonces viene la primera conclusión, falsa por cierto, de que si lo señalado es efectivo, la única causa posible del bajo crecimiento serían las políticas económicas del gobierno, y en la mayoría de los casos, se cargan las tintas sobre el actual gobierno y, en otros, con más elegancia, se reconocen también errores en la última etapa del gobierno anterior.

Las reformas que se citan como causales del problema son la Tributaria, que aún opera parcialmente y que todavía podría ser corregida, y la Laboral, que aún no está aprobada y que también todavía puede ser corregida, en función de ayudar al crecimiento.

Se ha seguido, desgraciadamente, un camino equivocado. Esto se ha debido, en buena parte, a la alianza de facto entre actores relevantes del mundo político y grupos económicos que han frenado el desarrollo con equidad de Chile. Llegó la hora de velar por los altos intereses del país, y no por los de grupos privilegiados que están dando un espectáculo público de un país cayendo en la corrupción.

Se da así por hecho una relación de causa-efecto que no tiene sustento empírico, y entonces, como por arte de birlibirloque, se dice que lo que está afectado es la confianza de los inversionistas, consumidores, familias, es decir, se reduce el problema a un concepto que no por ser inmanente es necesariamente errado, pero que no admite más pruebas que algunas encuestas o la imagen de lo que ocurre, producto de múltiples causas.

Dicho lo anterior, procede concluir que las afirmaciones comentadas tienen un carácter político y, lo que es más grave, desatienden algo que hemos estudiado en los últimos años. La economía chilena depende en un 80% del Sector Privado y son los dueños de las empresas y sus trabajadores los encargados de desarrollar la actividad económica, materia que es completamente inversa a lo que ocurrió en Chile, en las décadas que precedieron a la década de los 70, en que el país tenía una economía con un fuerte acento estatal, del tipo desarrollista.

En una reciente investigación que hemos concluido con un grupo de jóvenes economistas y que se dará a conocer en los próximos días, hemos llegado a la conclusión que la causa de la baja productividad de Chile, y de la productividad de sus factores, tiene directa relación con la estructura de propiedad que opera en los mercados; particularmente con el carácter oligopolista que tiene nuestra economía; lo que unido a seguir siendo principalmente exportadores de cobre, no permite adecuarnos para enfrentar con eficiencia los nuevos desafíos; las más de 100 medidas de productividad en que se empeñan gobierno y empresarios, han dejado a un lado este central problema, y si a ello le agregamos que gran parte se ha resentido por la desatada corrupción de la clase política, la que se ha dejado sobornar económica y socialmente por los grandes grupos económicos que han encontrado así un terreno fértil para mantener sus privilegios y no crear una auténtica economía como se merece Chile, por sus realidades geográficas, intelectuales de su pueblo y riquezas naturales, para tener una economía social de mercado, de carácter mixto e internacional. Hay que hacer alguna cirugía mayor, y será pérdida de tiempo buscar solo respuestas en los supuestos devenires de la economía internacional o centrar las discusiones en el efecto de reformas que ni siquiera están operando.

Es la gran hora de la verdad: hay que abordar derechamente la notable concentración que existe en la mayoría de los mercados. Es esto lo que ha dañado la productividad de nuestra economía. Si tal concentración no existiera, Chile habría crecido a un ritmo y a tasas muy superiores de los últimos 20 años. Seríamos un país con Producto Interno Bruto per cápita muy superior al actual. Estamos ciertos que habríamos alcanzado a ser un país desarrollado, superando los gruesos desniveles en la distribución de la riqueza.

Se ha seguido, desgraciadamente, un camino equivocado. Esto se ha debido, en buena parte, a la alianza de facto entre actores relevantes del mundo político y grupos económicos que han frenado el desarrollo con equidad de Chile. Llegó la hora de velar por los altos intereses del país, y no por los de grupos privilegiados que están dando un espectáculo público de un país cayendo en la corrupción. Como decía un insigne político, la cosa no da más. Se acabó. Llegó la hora del Chile moral y honesto. Hay que cambiar de rumbo, en términos profundos y sin temores.

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