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Nada es tan malo como para que no vaya a ocurrir algo peor

por 24 junio, 2016

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Nada es tan malo como para que no pueda presumirse razonablemente que vaya a ocurrir algo todavía peor, rezaba un viejo precepto pesimista, por estos días ya casi olvidado.

A propósito de aquello y teniendo en cuenta el convulsionado panorama político del último tiempo, no deja de resultar curioso que haya hoy quienes se esfuerzan por afirmar que cualquier atisbo de descomposición social que pudiera estar incubándose en nuestro país no pasa de ser un simple dato de la causa. Y que la corrupción política, la delincuencia estadística, las colusiones capitalistas, la desigualdad infame, la anomia colectiva y otras fatalidades semejantes no serían sino expresiones naturales –y hasta esperadas– de todo ordenamiento democrático.

El supuesto implícito en este caso sería que todas ellas no corresponderían sino a circunstancias susceptibles de ser administradas –y hasta superadas– siempre con más democracia. Tras ello, nos siguen invitando a adherir al juego político electoral, pues no habría nada que temer ya que todo transcurre como en una apacible comarca ultramontana en que se bañan de sol las vides y prospera a su regalado gusto la vida en comunidad.

Sin embargo, no deja de ser significativo que los estudiantes, hijos de esta misma tierra de abundancias, hayan venido imprimiendo durante los últimos años una temperatura cada vez más febril al panorama de la política nacional y se hayan permitido revelar desenfadadamente una mórbida condición social hasta ahora poco advertida.

Peor aún es que parezcan tan decididos a incrementar sin medida una tensión entre la idea convencional de la gobernabilidad democrática y el fantasma apremiante del anárquico desgobierno, como es aquella con que asedian a la ciudadanía y las autoridades mediante resuellos y pedradas callejeras, denunciándole su desvergüenza y pasividad frente al indesmentible estenosamiento de la democracia transicional.

Un mínimo análisis de la contingencia nacional presente (impunidad y abusos por doquier) y el modo en que está siendo procesada reflexivamente por la “inteligencia” del país (esa voluntad opinante que hoy campea en las redes sociales), permitiría traer a la luz un hecho digno de toda atención: nadie por ahora da señales enfáticas de poseer el suficiente coraje reflexivo para comprender en su real magnitud y proyección el delicado momento actual y, por lo mismo, asumir el compromiso ético de alertar de los peligros que el decantamiento progresivo de una crisis cívica, como la que parece estar en curso en nuestro país, podría traer consigo.

No sería difícil inferir de ello que, atrapados como estamos entre una exhuberante apología de nuevas opciones políticas que retóricamente nos están convocando en el último tiempo y la estulta ingenuidad con que de manera ciega confiamos en la estabilidad de nuestras instituciones republicanas, hemos dejado indulgentemente de advertir la inminencia de un riesgo fatal que se desenvuelve de modo invisible a nuestras espaldas, en emergentes figuras de la muerte que bien podrían estar aguardándonos a la vuelta de la esquina.

Ahora que la garantía de la democracia parece depender mucho menos que hace un siglo de un fusil en el hombro de cada obrero, tal vez sería oportuno pensar en las implicancias suicidas de ciertas respuestas inflamadas que por estos días buscan deslumbrarnos con sus artilugios retóricos disolutivos de la política, ciertamente alentados por la indesmentible oscuridad de un régimen que sucumbe cada día por su propia descomposición. Sin embargo, deberemos tener en cuenta que los manotazos desesperados hunden aún más al que se está ahogando. Nada es tan malo como para que no pueda presumirse razonablemente que vaya a ocurrir algo todavía peor.

Nuestro más reciente empeño por conjurar la posibilidad de reproducción de aquella tragedia histórica que muchos todavía cargamos en el cuerpo y la memoria, ha operado por lo visto contraproducentemente.

Tal vez nos hemos convencido de que podemos considerar como algo ya consumado ese traicionero apotegma del “Nunca más”; sin advertir su carácter paradójicamente provisional, y que podría ser la razón que nos está haciendo arribar a esa aporía social y política en la que hoy estamos empezando a quedar varados los chilenos.

Tan convencidos parecemos haber estado de la irreversibilidad de la historia, que hemos incorporado dicho sintagma salvífico en la conciencia profunda, cual si fuera un principio lógico supremo o una ley de la propia naturaleza. Y tal vez por ello sea que hemos resuelto irnos todos de vacaciones respecto de nuestros deberes éticos y políticos, dejando a los temporeros de la democracia –que son los legisladores– la tarea de velar por la estabilidad social de la que a todos nos gustaría usufructuar ininterrumpidamente y sin costo personal.

El precio de semejante anomia, por lo visto, se ha traducido en la crisis actual de la institucionalidad política del país que, motivada por el develamiento de la corrupción y los fraudes cometidos por miembros de la clase legislativa, ha devenido en un fatal distanciamiento y en una desconfianza absoluta de los ciudadanos respecto del sistema representativo de la democracia actual, lo que ha terminado por desencadenar un virtual estado de excepción, sin precedentes en la historia republicana de nuestro país.

Esto mismo ha hecho que, por estos días, para muchos se haga fácil pensar que hay que alentar la crítica total del sistema, como si no se requiriera de otra legitimación más que la que la propia crítica se puede procurar; o fomentar el desmantelamiento de los decantados históricos de la política nacional, porque ha llegado la hora de hacer tabula rasa del pasado y empezar una nueva historia sin fundamentos; o, incluso, disolver de tal modo las referencias normativas conocidas, de modo que ya no quede enclave alguno de autoridad porque cualquiera que sea será siempre la expresión de un poder ilegítimo.

Todas estas pueden muy bien ser respuestas políticas contingentes ajustadas al devenir inevitable o decadente del horizonte histórico moderno. Es más, todas ellas pueden figurar como el verdadero compromiso que tiene que asumir un programa de política renovada, que se ha apercibido definitivamente de los regímenes de dominación y aherrojamiento capitalista, para resistirlos en forma contundente, eruptiva y disolutiva.

No obstante, cualquiera sea la validez de tal impulso crítico y desmantelador, o la justicia que esté contenida en semejantes luchas reivindicativas, no hay que dejar de tener en cuenta, en el cálculo estratégico de la contienda política, que la apuesta por una desestabilización institucional total conlleva transformaciones estructurales que implican riesgos imprevisibles y en último término peligrosamente deletéreos.

No existe ningún “Nunca más” en la historia conocida de la humanidad. Los mismos flagelos genocidas que hemos conocido en épocas préteritas se repiten cada día sin que podamos pensar, al menos por ahora, en ningún punto final posible o esperable en el que vayan a dejar de producirse.

Sobre todo ahora que la garantía de la democracia parece depender mucho menos que hace un siglo de un fusil en el hombro de cada obrero, tal vez sería oportuno pensar en las implicancias suicidas de ciertas respuestas inflamadas que por estos días buscan deslumbrarnos con sus artilugios retóricos disolutivos de la política, ciertamente alentados por la indesmentible oscuridad de un régimen que sucumbe cada día por su propia descomposición. Sin embargo, deberemos tener en cuenta que los manotazos desesperados hunden aún más al que se está ahogando. Nada es tan malo como para que no pueda presumirse razonablemente que vaya a ocurrir algo todavía peor.

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