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Crisis política: entre la restauración y la transformación

por 21 julio, 2016

Crisis política: entre la restauración y la transformación
La alta aprobación que –a pesar de todo– siguen manteniendo las demandas del movimiento estudiantil, así como también la convicción por cambiar un sistema de pensiones que ha condenado a nuestros adultos mayores al más absoluto abandono (tan solo por mencionar dos ejemplos representativos) son la prueba palpable de que el consenso neoliberal sigue fracturado. Más aún cuando el aumento aprobatorio de figuras políticas emergentes –tal como lo demuestran los casos de Giorgio Jackson y Gabriel Boric en los últimos sondeos de opinión– se transforma en el antecedente previo de una tercera fuerza política que tiende a privilegiar la conformación de un referente amplio y unitario.
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Uno de los aspectos más sobresalientes del actual escenario sociopolítico nacional, es que el resquebrajamiento del consenso neoliberal provocado por el ciclo de protestas durante el período 2006-2012 no ha podido ser reparado.

El intento más sofisticado para cumplir este propósito fue la invención de la Nueva Mayoría, apuesta política que no solo capitalizaría electoralmente la conducción del proceso reformista desencadenado por las múltiples demandas levantadas por el movimiento social, sino que también descomprimiría momentáneamente el ideario impugnador que se había instalado en el sentido común de la población.

El repliegue de los movimientos sociales en el espacio público, a partir del 2012, era una señal promisoria para aquellos sectores que intentaban suturar la herida infligida por nuevos actores emergentes. Sin embargo, las favorables circunstancias para los defensores del statu quo serían revertidas a poco de iniciarse el Gobierno de la Nueva Mayoría.

En primer lugar, producto de la deriva restauradora que fue asumiendo la performance reformista a nivel gubernamental y parlamentario, la cual ha terminado por pulverizar el débil proyecto bacheletista.

En segundo lugar, debido al develamiento de diversos casos de corrupción que han permitido dar cuenta del incestuoso maridaje entre dinero y política que pervive en el Chile actual.

Todo ello, configura la crisis política más importante de las últimas décadas. La prueba indesmentible de esta situación es que el escenario sociopolítico sigue plenamente abierto de cara al próximo ciclo eleccionario municipal, parlamentario y presidencial.

Para los bloques políticos y económicos tradicionales, esta apertura se traduce en la más plena incertidumbre, mientras que para los nuevos referentes sociopolíticos en formación, significa una posibilidad inédita para instalarse como una alternativa de cambio viable frente a los paupérrimos desempeños políticos llevados a cabo tanto por la Nueva Mayoría como por Chile Vamos.

Desaprovechar esta apertura puede significar un grave retroceso para las fuerzas de cambio que cruzan nuestra sociedad. Este retroceso no solo se vería reflejado en la imposibilidad de capitalizar electoralmente la crisis política que afecta a las coaliciones políticas tradicionales, sino que también –y más importante aún– se traduciría en la imposibilidad de ampliar la organización de las bases sociales llamadas a impulsar y sostener los cambios que permitan al país transitar de una democracia restringida a una participativa.

El desencanto de la población ante un programa de Gobierno que nuevamente defrauda las expectativas moderadas sembradas en la campaña electoral pasada, sumado al profundo hastío de una ciudadanía que desconfía en sus representantes políticos tradicionales, además de las permanentes pugnas intestinas al interior de las coaliciones políticas herederas del sistema binominal –las que en la actualidad se apresuran en instalar añejas fórmulas presidenciales de la vieja política–, son todos factores que dan cuenta de un evidente agotamiento del sistema político chileno, cuestión que claramente supera las meras tensiones coyunturales.

Por el contrario, la alta aprobación que –a pesar de todo– siguen manteniendo las demandas del movimiento estudiantil, así como también la convicción por cambiar un sistema de pensiones que ha condenado a nuestros adultos mayores al más absoluto abandono (tan solo por mencionar dos ejemplos representativos), son la prueba palpable de que el consenso neoliberal sigue fracturado.

Más aún cuando el aumento aprobatorio de figuras políticas emergentes –tal como lo demuestran los casos de Giorgio Jackson y Gabriel Boric en los últimos sondeos de opinión– se transforma en el antecedente previo de una tercera fuerza política que –sin desconocer sus legítimas diferencias y las dificultades propias de un proceso de convergencia– tiende a privilegiar la conformación de un referente amplio y unitario, por sobre cualquier tipo de acuerdo con los bloques que han hegemonizado el poder político durante las últimas décadas.

Desaprovechar esta apertura puede significar un grave retroceso para las fuerzas de cambio que cruzan nuestra sociedad. Este retroceso no solo se vería reflejado en la imposibilidad de capitalizar electoralmente la crisis política que afecta a las coaliciones políticas tradicionales, sino que también –y más importante aún– se traduciría en la imposibilidad de ampliar la organización de las bases sociales llamadas a impulsar y sostener los cambios que permitan al país transitar de una democracia restringida a una participativa, como asimismo de un Estado subsidiario que beneficia a los grandes monopolios empresariales a un Estado de derechos que garantice el bienestar y desarrollo integral de las personas que habitan este país, sin importar su condición económica.

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