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Cuando los dioses (y el ministro Valdés) se desplomaron del Olimpo

por 11 noviembre, 2016

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El 8 de noviembre, hasta el martes pasado, era un día sin efemérides y sin gloria. Y si bien a partir de hoy, en especial a nivel planetario la fecha –tal cual como ocurrió con el 11 de septiembre– será recordada por lo que ocurrió en Estados Unidos y por las consecuencias imprevisibles que puede tener el triunfo de Trump, a nivel local la fecha calendario no tendrá un simbolismo menor, pues –en mi modesta opinión– fue el día en que se acabó definitivamente esa tediosa, chata e hipócrita transición.

Y créanmelo, cuando la Cámara de Diputados votó desfavorablemente la propuesta de quien dirige lo que queda del Ejecutivo (Rodrigo Valdés), se puso fin a cuatro décadas de dictadura ideológica neoliberal, la herencia más profunda y más perenne de la Junta, como lo podemos constatar todos los días con las AFP, Isapres y el Banco Central y ese ejército de economistas repitiendo como loros lo que quieren escuchar Luksic, Matte, Saieh, esperando con ello poder acceder a ser miembro de uno de sus directorios, realizar unas cuantas asesorías a sus empresas, lograr que les financien un think tank o alcanzar algún ministerio para después ser premiado con algún cargo en un organismo financiero internacional.

Sí, porque la transición no se acabó cuando Tironi urbi et orbi la anunció por decreto allá por los inicios del Gobierno de Aylwin; menos el día en que se acabaron los senadores designados o que Lagos estampó su firma en 2005 sobre su nueva Constitución, ni siquiera cuando falleció Pinochet o estalló el movimiento estudiantil de 2011 o el movimiento No + AFP.

La dictadura ideológica neoliberal sufrió su mayor revés el martes 8 de noviembre, cuando el conjunto del sistema político con representación en el Parlamento dijo esta vez no, poniendo fin a su eterna disposición a someterse a los dictados de la pseudorracionalidad económica de Hacienda

El dogma de la infabilidad papal

No hace mucho en dos columnas cuestionamos cómo desde la ascensión de los Chicago boys se había construido lentamente el mito de la infabilidad de los ministros del área que en datos duros, como a ellos le gusta, presentaban más ripios que aciertos. La columna fue criticada por José de Gregorio, e insistimos en los desaciertos que llevaron al país –la crisis asiática o subprime o con el propio Valdés– a profundizar la hecatombe por el excesivo ideologismo en sus medidas, en especial en épocas de crisis como en 1997, 2008 o ahora mismo, como acaba de suceder con el reajuste del 3,2 %, donde Valdés quiere hacer pagar –con una economía creciendo cerca del 2%, con las tasas más bajas de interés para endeudarse, lo que al Estado le saldría más barato que nunca y sin aumentar sustantivamente el déficit estructural– a los empleados públicos el costo de su mal manejo económico.

O de haber seguido al pie de la letra las instrucciones de la Presidenta en torno a apostar todo o nada a la gratuidad –no discutible como objetivo pero sí como única prioridad gubernamental en época de crisis– y traspasando al resto de los sectores, entre ellos el público, el costo de esa medida. Y ahí están ahora, en el infierno, debido a su terquedad.

A propósito de Trump y de Estados Unidos, la ultraderecha y personajes como él acceden al poder precisamente porque la izquierda o centroizquierda, o como quieran llamarla, jamás se atrevió a hacerse cargo de los problemas reales de la gente común y corriente. No esperen algo distinto.

La impronta tecnocrática que no escucha

Si bien la supremacía de los ministros de Hacienda se construyó desde los Chicago boys –anótese por allá por 1975, cuando el régimen desaparecía a personas y hordas de criminales pululaban por las calles con licencia gubernamental para matar–, esta se fue consolidando durante los gobiernos democráticos.

Pero, aun así, los presidentes con estatura política todavía discutían con sus ministros de Hacienda. No pocos de los colaboradores de Aylwin –el autor de la famosa frase de que “el mercado es cruel”– aún recuerdan aquella famosa reunión en que el experimentado falangista sentó literalmente en la picana al ministro Foxley –quien se oponía a realizar un gasto social– con el siguiente argumento: “A ver, ministro, aquí tenemos un gasto que hacer, y tenemos los recursos, ¿por qué diantres entonces no los podemos gastar?”.

Era la época en que el empresariado dictatorial había amenazado con las penas del infierno sobre la capacidad de manejo económico del Gobierno democrático y no pocos de ellos pensaban en que se repetiría la experiencia de la Unidad Popular y, por tanto, era máxima prioridad de las nuevas autoridades controlar la inflación y los equilibrios macroeconómicos. Aun así el gasto se hizo y Chile tampoco se cayó a pedazos.

El propio Lagos –quien al asumir ya era presa del síndrome de Estocolmo y se manejaba en el área, tuvo que aceptar a Eyzaguirre, quien no era su favorito, porque este venía del FMI, por lo tanto, con las credenciales necesarias para no amenazar al gran empresariado y, a la vez, estar próximos a ellos– más de alguna vez se enfrentó con su colaborador en Hacienda en torno a soltar la billetera fiscal cuando la crisis asediaba a su Gobierno. Tampoco se produjo desequilibrio fiscal.

No fue el caso de Velasco, quien –según distintos colaboradores de Michelle Bachelet en su primera campaña, no existía en el mapa mental de la presidenciable y que solo apareció luego de un viaje suyo a Estados Unidos– cada vez que se exigía soltar la billetera fiscal, a propósito de la crisis de 2008, llamaba a los grandes empresarios para buscar apoyo y luego chantajeaba a la Mandataria con renunciar. Y así la tuvo hasta finalizar su mandato y no fueron pocos –Vidal y otros– los que lo culparon por la estrepitosa derrota de Frei en 2009.

Valdés, de perfil similar, ingresó al gabinete luego del fracaso de su elenco reformista y con el mismo perfil, al punto que los propios funcionarios de Hacienda se han quejado de que es un ministro que no conversa ni dialoga, preso de una profunda autosuficiencia e incomunicación, los ingredientes necesarios para provocar una explosión mayor como la que acaba de ocurrir.

Se estrenó junto a otro que sufre del mismo síndrome (Jorge Burgos) y se hacen famosos como el dúo dinámico que volvía a poner orden en la política y en las finanzas al interior de la coalición, hasta que Eyzaguirre le pasó el recado de que aquello molestaba bastante a la Presidenta y Valdés renunció a su rol de Robin, señalando que aquello no fue otra cosa que “un mito urbano”.



Con el paso del tiempo, y cuando más se profundizaba la crisis de la figura presidencial, de los actores políticos con Penta, Corpesca, Caval y SQM, y se evidenciaban las debilidades del trío de ministros políticos más próximos a la historieta de Moe, Larry y Curly que del manejo de la agenda presidencial, Valdés se fue haciendo más necesario e insustituible y se transformó, con una Presidenta en el limbo, en el único que daba gobernabilidad en versión neoliberal.

Y allí se evidenció toda su personalidad: no se comunica en ningún momento con sus subalternos; pese a todas las sugerencias que hacen actores políticos y economistas de la coalición en torno a generar una política económica anticíclica, hace caso omiso y concretiza lo que ya sabemos y aplica la receta ortodoxa que, tal como en 1983, 1997 o 2008, profundiza los efectos de la crisis; le impone un criterio tecnocrático y muy discutible a una Presidenta ausente y sin opinión en el área, en momentos en que los efectos del drama perjudican a los más pobres.

Y cuando la economía crece al 2% deja sin ningún reajuste al sector público, provocando la ira de los dirigentes de la Anef y la CUT, hace gestos de desprecio al Parlamento, amenaza a Bachelet con su partida como antes lo hizo Velasco, y su falta de cable a tierra hace que ni los parlamentarios de su propia coalición voten tal reajuste propuesto dejando al rey, no solo sin ropa sino, además, sin posibilidad de ponérsela de nuevo.

¿Y el reajuste?

Y ahí está ahora la pobre de Bachelet, con la espada de Damocles pendiendo sobre su cabeza y sin saber qué hacer: si sube el reajuste, como sería lo más razonable y aconsejable, lo más seguro es que se le va Valdés después de todo lo que ha dicho; si, por el contrario, decide sacrificar de nuevo a los funcionarios públicos para mantener al obcecado ministro y continuar haciendo el guiño al gran empresariado, profundizará la crisis al interior de la coalición y la brecha con sus electores.

En un escenario que ella y quienes la catapultaron al éxito nunca previeron y donde la tesis del piloto automático ya no funciona, Bachelet estará obligada a tener que tomar una decisión y eso es lo que más la complica. Esta vez, no hay espacio para que la medida descanse sobre los hombros de otros y la consecuencia de ello será o cambiar de rumbo su Gobierno y atreverse a hacer algo distinto de lo que se viene haciendo desde 1990 o morir con las botas puestas.

A propósito de Trump y de Estados Unidos, la ultraderecha y personajes como él acceden al poder precisamente porque la izquierda o centroizquierda, o como quieran llamarla, jamás se atrevió a hacerse cargo de los problemas reales de la gente común y corriente. No esperen algo distinto.

Por ahora, hay que celebrar la buena noticia: los dioses se desplomaron del Olimpo, y la herencia más perenne de Pinochet –la dictadura de los ministros de Hacienda– se desplomó este martes y la mayoría de la Cámara, luego de un cuarto de siglo de transición, se rebeló y le dijo al sumo Pontífice Valdés que “nunca más haremos lo que a ustedes les plazca”.

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