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Pangasius: el pez rata que obliga a tomar en serio la soberanía alimentaria

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Patricio Segura
Por : Patricio Segura Periodista. Presidente de la Corporación para el Desarrollo de Aysén.
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Mientras los medios nos informan sobre las vicisitudes de los personajes de Morandé con Compañía y la política incorpora a su creador Kike Morandé como consejero ciudadano, hay chilenos y chilenas que diariamente comen panga porque no les alcanza para más. Es ese el país que debemos cambiar.


Cuando era pequeño, en el Iquique de mi infancia, acostumbraba recorrer durante horas playas, caletas y muelles, aprovechando la libertad que regala la falta de mayores preocupaciones que la de elegir el mejor lugar para jugar. Fuera invierno o verano, el olor salino del océano era compañero cotidiano en aquel puerto de fines de los 70.

Ya se asomaban los efectos adversos de la zona franca y la minería, pero mucho más aún los de industrias instaladas hace más de una década en sus costas. Era el famoso boom pesquero, tan bien aprovechado por algunos que hoy están en la palestra por corrupción. Ofensiva mercantil recurrentemente promocionada en los cortos que en la TV pinochetista nos mostraban un Chile pujante y feliz. Esas piezas tan parecidas a las de la propaganda pro modernidad que nos repetían en el cine “UFA, el mundo al instante”.

Cerca de mi hogar, en el barrio Bellavista Estación, desembocaban directo a la playa los emisarios (tuberías por donde se desecha el descarte) de las pesqueras que extraían y procesaban los recursos hidrobiológicos locales. El hedor golpeaba fuerte, pero en aquella época de desconocimiento socioambiental no representaba mayor problema pichanguear en arenas de amarilla espuma, con cabezas de pescado por doquier.

La anchoveta, el bonito, la cojinova, el jurel, la cabinza, el congrio y la albacora, formaban parte de la dieta local. Así como el erizo, la almeja, la lapa, la macha.

La sorpresa (ni tanta, ya sabemos lo que genera el extractivismo en todos sus niveles) vino tres décadas después. Una que me pilló desprevenido, debo reconocer.

Queriendo recuperar los tradicionales almuerzos en el mercado iquiqueño, aquel instalado frente a la Escuela Domingo Santa María, intenté regresar a los pescados de antaño durante una visita familiar de este verano. La tarea fue imposible. Hoy en muchos recintos de venta de productos del mar de Iquique lo que se comercializa no son especies locales, sino una de lejano origen: el pangasius.

El panga (como también se le conoce en otras latitudes) se cultiva en Vietnam, a unos 18 mil kilómetros de distancia de Chile. Algo así como 10 veces el recorrido desde Iquique (o Coyhaique) a Santiago.

Pero el problema no es precisamente la distancia, aunque tal no debiera ser un tema menor considerando los impactos que tiene la huella de carbono de las exportaciones en el calentamiento global. Lo más complejo es que el pangasius está altamente cuestionado a nivel mundial por las condiciones sanitarias en que se cultiva. En el vietnamita río Dekong, donde confluyen las aguas servidas de las miles de viviendas instaladas a lo largo de sus bordes y las de las industrias que vierten directamente en él sus riles. Tanto así, que el panga es conocido internacionalmente como “pez rata”. Incluso Carrefour España lo retiró en febrero de su oferta, lo que fue informado con el título “El panga, un pescado ‘low cost’ que se ahoga en su mala fama”.

¿Por qué miles de iquiqueños, cuyas costas fueron ricas en recursos hidrobiológicos, han debido complementar su dieta con este producto? Lejano, ausente de su historia y cultura, de dudosa salubridad.

El principal motivo es el costo. El precio final al cual ha llegado la venta de nuestros pescados hace inalcanzable la producción local para el chileno más vulnerable. Y esto no solo afecta la dieta de las personas sino también una actividad arraigada en la identidad nacional como es la pesca artesanal. ¿Y quiénes son los beneficiados? Las corporaciones que, a punta de incentivos perversos y cooptación política, se han repartido el mar. Nuestro mar y todo lo que ello conlleva.

Está claro que esto no solo ocurre con el panga. La tiranía del mercado, que atenta contra la soberanía alimentaria y energética, los derechos sociales garantizados, tiene efectos concretos en lo que comemos, en cómo nos calefaccionamos, en cómo educamos a nuestros hijos. Donde, por ejemplo, poner control al uso que se da a los recursos naturales, definir entre todos su destino y avanzar en iniciativas legales que potencien la agricultura local y familiar, con fines alimentarios, es fundamental.

Donde la economía esté al servicio de la sociedad y no al revés. Donde un bien vuelva a ser algo positivo, para el interés común, y no algo que se pueda acumular. Apropiar.

Mientras los medios nos informan sobre las vicisitudes de los personajes de Morandé con Compañía y la política incorpora a su creador Kike Morandé como consejero ciudadano, hay chilenos y chilenas que diariamente comen panga porque no les alcanza para más. Es ese el país que debemos cambiar.

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