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Y después de Bachelet, ¿qué?

por 1 junio, 2017

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La izquierda se encuentra en un momento complejo, y posiblemente no hay otro candidato con peores condiciones para hacerse cargos de los problemas que Alejandro Guillier. Esto se debe a que la crisis que sufre la izquierda es, sobre todo, de identidad, y Guillier ha demostrado ser alguien con pocas capacidades para definirse políticamente.

El origen de su incapacidad se relaciona, paradójicamente, con algo que él considera una virtud: su supuesta condición de no-político. Guillier tendría la cualidad de ser ajeno al mundo de la política y, por tanto, no estaría manchado por sus vicios (una explicación como esta no es otra cosa que una mezcla de demagogia y moralina). Cabe preguntar, en todo caso, qué sentido tiene que una persona que no se considera político –y que, además, asocia el ser político con el ser corrupto– aspire a asumir el puesto político de mayor relevancia en nuestro país.

La travesía presidencial de Guillier, caracterizada por la vacuidad intelectual y por el predominio de la forma por sobre el fondo, puede ser útil para ganar una elección, pero en ningún caso es suficiente para gobernar un país ni menos para elaborar un proyecto político. Sin embargo, lo que la izquierda requiere con urgencia es precisamente esto último. A estas alturas, incluso la contienda presidencial debería pasar a un segundo nivel de prioridades. Dicho de otro modo: ¿Es razonable intentar llegar al poder si no se tiene claro el para qué?

Y para esto Guillier es un mal guía: ha coqueteado prácticamente con toda la oferta de la izquierda, sin tener la intención de casarse con ninguna. Lo más probable es que la derecha llegue a la Moneda el próximo once de marzo, y lo peor que le puede pasar a la izquierda es perder con Guillier, porque eso significaría perder sin identidad, sin proyecto, sin cuento político (una oposición así sería irrelevante).

El senador Felipe Harboe ha sido uno de los pocos que ha advertido con claridad todo esto. Ha criticado a la Nueva Mayoría por arrimarse a un candidato que es ajeno a sus filas. Públicamente se ha lamentado que sea Guillier el que lidere el proceso político por el que actualmente está pasando su conglomerado. Harboe –como otros– sabe que la encrucijada que debe resolver la izquierda consiste en definirse políticamente frente las reformas del gobierno, el lirismo del Frente Amplio, la retórica social demócrata que impulsó Ricardo Lagos (cada vez son más los que se arrepienten de haber desechado su candidatura) y el discurso moderado que ha surgido de la mano de la DC.

Y para esto Guillier es un mal guía: ha coqueteado prácticamente con toda la oferta de la izquierda, sin tener la intención de casarse con ninguna. Lo más probable es que la derecha llegue a la Moneda el próximo once de marzo, y lo peor que le puede pasar a la izquierda es perder con Guillier, porque eso significaría perder sin identidad, sin proyecto, sin cuento político (una oposición así sería irrelevante).

Y después de Bachelet, ¿qué? Esta es la gran incógnita para la izquierda. Yo creo, en todo caso, que Guillier se va a bajar; siempre lo he creído. Pero, a pesar de que esto ofrece alguna esperanza, el desafío de la izquierda sigue palpitando con fuerza. Está claro que las fichas puestas en Bachelet estuvieron mal jugadas. Es evidente, también, que la Nueva Mayoría ya se desarticuló por completo.

Pero, a pesar de todo esto, Chile necesita –aparte del proyecto frenteamplista– una izquierda ponderada, razonable, que se aleje del discurso refundacional. Y eso implica, hoy por hoy, asumir la tarea de dotarla de identidad, lo que exige necesariamente cambiar el candidato.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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