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Las anomalías

por 1 agosto, 2017

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Hace unas semanas falleció Simone Veil. Ministra de Sanidad de Valery Giscard d’Estaing; fue bajo su administración cuando se logró legalizar el aborto.  Ambos personajes fueron personas de la derecha política.  Para nuestro medio puede ser contradictorio que la derecha sea pro-aborto, pero, en general, siempre ha sido así.  Lo que ocurre en Chile es una anomalía, ya que el pensamiento derechista es también pro-capitalista y de cultura católica.  Ese presidente de Francia decía que era católico, pero esgrimió, como de costumbre en estos casos, razones de salud y la puerta quedó abierta.  Se recuerda con asombro que esa ministra haya empujado esa ley, considerando que era una sobreviviente de la shoá.

El tema es el capitalismo, mejor, de la ideología del capitalismo.  Si nos remontamos a Adam Smith, tan poco leído como citado, encontramos una desembozada orientación en contra del nacimiento de niños y en pro de una mayor explotación.  Dice que se debieran abolir las Leyes de los Pobres pues, al mantener a familias pobres, se estimulaba el nacimiento de hijos; por lo mismo se oponía a la caridad católica que con sus ayudas también fomentan el nacimiento de hijos de familias pobres. Por ello considera a la misma Iglesia católica como la causante de todos los males, una especie de conspiración contra la autoridad del gobierno y, cómo no, un atentado contra la libertad.  Por ello es que Smith y sus adláteres se empeñarán en reducir la natalidad al máximo pero sólo en las familias de los pobres.  Ideas a las que se suma hoy el capitalismo de izquierda.  Bueno, a estas ideas se oponía Marx.

El capitalismo triunfa sólo si logra aliados entre aquellos a los que explota, a través de la alienación, por ello es que presenta sus ideas sibilinamente.  La explotación brutal de niños, de la que nos habla Charles Dickens o la minuciosa descripción del trabajo infantil que hace Marx, hubiese causado la rebelión de la que habla este último, ya que tendrían los pobres nada que perder si no sólo sus cadenas.

En el mismo sentido, David Ricardo, se opone a las ayudas a los pobres porque estimula sus hábitos reproductivos; pero no se fía en la posibilidad de reeducar a los pobres o a resocializarlos para que modifiquen su cultura.  Cree que la caridad es mala y que hay que dictar leyes para que los empresarios paguen lo menos posible, y así conseguir menos reproducción proletaria.  Ricardo es quien formuló la Ley de bronce de los salarios: los salarios tienden naturalmente a la baja para que se adecuen a la mera subsistencia de los proletarios.  A pesar de sus bellaquerías antinatalistas, Ricardo es maestro de distintas tradiciones económicas, aún las socialistas.

Por eso es que los primeros revolucionarios chilenos tienen algo de misioneros, pues predicaban la regeneración moral del pueblo: sacaban a los obreros del alcoholismo, que los alienaba y les mellaba la conciencia, fomentaban el que tuvieran hogares con hijos y fueran responsables como esposos y padres, criticaban prostitución como defecto burgués, y el malthusianismo era una trampa.

Un tercer personaje es Thomas Robert Malthus, el padre de la demografía.  Su obra fue el “Ensayo sobre el Principio de Población”, en donde sostiene que como los alimentos aumentan aritméticamente (1, 2, 3, 4, etcétera) y la población lo hace geométricamente (1, 2. 4, 8 , 18. etcétera), hay que controlarla población, a través de posponer el matrimonio hasta edades lo más mayores posibles, obviamente y del hambre, pues los pobres son bastante estúpidos como para entraren razón y controlar sus impulsos genésicos.

Entonces, son los ideólogos del capitalismo más cruel los que dan sustento intelectual al control natal de los pobres de la ciudad y, más tarde, también contra los pobres del campo, a cualquier precio y de cualquier modo, aborto, infanticidio, inanición.  ¿Qué es lo causaban los niños pobres? Simple, alteraban al mercado y sus leyes.

Los teóricos del socialismo, todos, vieron en Malthus la encarnación de varios horrores, tales como  la justificación del hambre y la mortalidad infantil, el abandono de los niños o su exterminio directo.  Proudon, uno de los padres del socialismo asociado al anarquismo, afirmó que en la tierra no sobraba ninguna persona, excepto Malthus; para qué decir de Marx.  En “El Capital” le destina sendos párrafos al Revdo. Malthus, dice que la natalidad estimularía a los trabajadores a luchar por el futuro de sus hijos, o sea, sería el acicate para una situación revolucionaria y una posible revolución posterior. Sí el odio a los hijos es la base de la explotación y, por lo mismo, no es transformadora del mundo, al contrario, es el verdadero ‘opio del pueblo’, ya que se plantea como objetivo la extinción de muchas vidas humanas convenciendo a ese pueblo que ello es correcto.

Por eso es que los primeros revolucionarios chilenos tienen algo de misioneros, pues predicaban la regeneración moral del pueblo: sacaban a los obreros del alcoholismo, que los alienaba y les mellaba la conciencia, fomentaban el que tuvieran hogares con hijos y fueran responsables como esposos y padres, criticaban prostitución como defecto burgués, y el malthusianismo era una trampa.  De ahí que junto con integrar a la mujer al ámbito laboral pagado, lucharon por los derechos maternales, por la educación desde la preescolar hasta la primaria obligatoria. También la alfabetización obrera, estimularon la edición de periódicos y, más tarde, la participación artística de estos trabajadores.  Todo ello con el fin de romper las cadenas de la enajenación que los sometía y les impedía tener su propia conciencia.

De hecho, el socialismo real, excepto la Rusia de Lenin y el extraño caso cubano, no permitió el aborto, ya que era un maltusianismo reaccionario (Rusia loprohibió con Stalin).  Hoy el escenario de la lucha por los derechos parece hacerse en los abortorios.  Una prueba de la complicidad capitalista está en los financista de la propagación de la ideas para impedir, aún con la eliminación, los hijos de los pobres, ahí están la Fundación Rockefeller, la Ford y últimamente las donaciones de Gates.

Así como nadie sabe para quién trabaja, las chiquillas que corrían por los pasillos del congreso abrazándose con su ministra, quizás ni sospechen que trabajan para el enemigo de sus ideas y que traicionan a su padre fundador: No creo que sea mala fe, sino sólo ignorancia.  Gramsci tenía razón, hay que trabajar la cultura para acabar con la alienación.  Entonces, el abortismo también es la anomalía de la izquierda, pero puede deberse al desfondamiento intelectual que tuvo luego de la Caída del Muro (como hito simbólico) y que, en un verdadero salto ornamental, se renovó a izquierda neoliberal adoptando con un tesón militante una de las más queridas ideas del enemigo.  Para el pensamiento revolucionario el aborto nunca fue ni será una utopía.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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