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El abuso indeleble

por 2 diciembre, 2017

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Un rastro indeleble es el que deja el abuso sexual en su ADN para la vida de las personas. Y es que el  nivel psicológico o emocional se materializa en la  producción de neurotransmisores y hormonas como la adrenalina y el cortisol los cuales modifican el ADN de la persona y dependiendo de la intensidad de la agresión incluso puede ser de por vida. El Trauma por este mecanismo llamado epigenético  puede  también  heredarse de  generación tras generación.

Con esta evidencia científica la prescripción de los delitos de abuso sexual se torna totalmente absurda. Esto, porque el daño provocado a la víctima no sólo es permanente si no que se perpetúa en el tiempo y se traspasa incluso a su descendencia.

Eventos potentes en la vida de una persona como la guerra, sufrir en un campo de concentración, el abuso sexual infantil, entre otros, de hecho pueden dejar rastros epigenéticos en el óvulo y el espermio. Por eso, una mujer expuesta a abuso puede transmitir a su guagua parte de los afectos adversos del trauma. Porque finalmente heredamos nuestros traumas y esto ha quedado demostrado en estudios que se hicieron con población de  judíos residentes de Nueva York, que requerían de  un  mayor número de  sesiones de  psicoanálisis y de atención psiquiátrica, cuando fueron sus abuelos los que padecieron los campos de exterminio nazi.

Es más, el trastorno de estrés post traumático que sufre una persona que sufrió abuso sexual puede ser crónico. Y esto finalmente se traduce en una aniquilación de futuro, se vive en suspensión permanente y el riesgo de padecer de depresión y trastornos del aprendizaje aumenta entre cuatro a cinco veces, tanto como para el que sufrió el vejamen como para sus hijos.

Y si bien puede lograrse una recuperación con intervención oportuna, el daño nunca se revertirá del todo, porque el abuso sexual produce una poda excesiva de neuronas debido a la secreción permanente de adrenalina y cortisol causado por el stress post traumático crónico o por la repetición del abuso. De hecho recuperarse no es lo mismo que revertir el daño. Esas neuronas ya se murieron, aunque las que quedan sí se pueden reorganizar o las que no están aún diferenciadas en una función específica pueden reorientarse y la persona, luego de vivir un proceso de reparación en el amor y la terapia médica y psicológica, pueda salir adelante.

Por lo anteriormente expuesto, la prescripción  de los delitos de abuso sexual en sí misma es una insensatez orgánica, médica, psicológica y social. Quizás servía en la época decimonónica, de ignorancia neurobiológica  pero hoy no tiene ningún sentido.

Es más, el trastorno de estrés post traumático que sufre una persona que sufrió abuso sexual puede ser crónico. Y esto finalmente se traduce en una aniquilación de futuro, se vive en suspensión permanente y el riesgo de padecer de depresión y trastornos del aprendizaje aumenta entre cuatro a cinco veces, tanto como para el que sufrió el vejamen como para sus hijos.

En Chile la patria está endeudada con la prescripción. Los delitos de abuso sexual son un crimen en evolución, que no se frena, que genera un daño permanente.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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