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Urge reinventar el progresismo, la socialdemocracia y la izquierda

por 15 febrero, 2018

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El cambio de ciclo político ya en marcha abre una gran interrogante para el mundo de centroizquierda sobre su futuro. Todo indica que será necesario esfuerzos de la dimensión a los realizados al fundarse la Concertación “por el NO” y luego “por la democracia”, en su profundidad, generosidad, superación de prejuicios y renovación.

En particular, si ya antes había una crisis de identidad y de proyecto del progresismo y de la socialdemocracia, tanto en Chile como en Europa y América Latina, hoy esto se ha potenciado en nuestro país luego de la derrota sufrida el 2017. Tanto que diría que realizar una reflexión, autocritica y debate a fondo en este mundo cultural y en cada una de sus expresiones partidarias, es la tarea de las tareas, lo más relevante de la coyuntura actual, antes de ver cómo se hará oposición, se construirá la unidad y se proyectará en las próximas elecciones. Porque si esto no se da, produciendo una mutación profunda, solo quedará una larga declinación y/o una lamentable marginalización.

Hay que impulsar urgentemente entonces una reinvención del progresismo, la socialdemocracia y la izquierda chilena.

Para entendernos mejor quisiera definir algunos términos que permita reflexionar en común. Cuando hablamos de progresismo hacemos una distinción básicamente a nivel cultural, con efecto en lo político como también en lo socioeconómico, pero desde ahí. Así como la contradicción dictadura-democracia se da mayormente en lo político o, derecha-izquierda más en lo socioeconómico. La distinción conservadores versus progresistas es más cultural, donde los conservadores son autoritarios y los progresistas son libertarios.

La socialdemocracia por su parte o el socialismo democrático si se quiere es sin duda la fuerza progresista más relevante del siglo XX, pero hoy se encuentra en crisis de identidad y cuestionada por múltiples alternativas a su alrededor ante su impotencia para producir cambios en la era de la globalización.

La nueva constitución debiera superar la república elitista, y abrir espacios a una política articulada con lo social, donde la forma de hacer política cambie hacia practicas más valoradas por la gente y eficaces para actuar con una multiplicidad de actores sociales, ciudadanos y también estilos de vida diferentes. Una política sensible que fortalece una “democracia de las emociones” y que entiende que “la razón se construye socialmente producto de una deliberación no determinada”, y menos aún de manera tecnocrática y populista.

La izquierda a su vez es básicamente quienes buscan una transformación social por mayor igualdad y justicia social con cambios en la estructura de poder y la derecha es la que quiere mantener el statu quo con sus privilegios, sin cambios en la estructura de poder y apostando al “chorreo” que produce el crecimiento económico.

¿Hacia dónde debiera gruesamente orientarse esta reinvención? Hacia un progresismo, una socialdemocracia y una izquierda más transformadora, culturalmente muchísima más poderosa que hoy y con una determinada visión de futuro.

¿Cómo hacerlo?

Recuperar la “radicalidad democrática”. Significa llevar los valores y relaciones de libertad e igualdad no solo a nivel político y social, sino que también a lo económico y cultural. Un Proyecto Democrático actualizado lleno de contenidos socialistas de mayor igualdad, pero también y por igual de contenidos feministas, ecologistas y regionalistas entre otros.

El gran reencuentro de sociedad y política. Así como se ha diagnosticado la “gran ruptura” entre política y sociedad, resultado de una república muy elitista y de una idea de gobernabilidad acotada y limitada a la policita y los poderes facticos, en vez de una gobernanza multiactores y multinivel que incorpore activamente a la sociedad civil, la movilizada como la organizada, y a la ciudadanía en general. Esto ha sido tanto que muchos han dicho que tenemos cada vez más partidos que son como “un socialismo sin sociedad” lo que es una contradicción en sí mismo.

La nueva constitución debiera superar la república elitista, y abrir espacios a una política articulada con lo social, donde la forma de hacer política cambie hacia practicas más valoradas por la gente y eficaces para actuar con una multiplicidad de actores sociales, ciudadanos y también estilos de vida diferentes. Una política sensible que fortalece una “democracia de las emociones” y que entiende que “la razón se construye socialmente producto de una deliberación no determinada”, y menos aún de manera tecnocrática y populista.

El futuro ya aquí presente. El futuro ya está aquí. Y si bien todos hablan cada vez más de tenerlo presente esto aún sucede poco o solo se hace presente como desafíos e incógnitas que vendrán. Lo que importa es poner al progresismo en la avanzada de ese futuro y no como sucede hoy, llegando siempre tarde. Tenemos que ser capaces de aterrizar las oportunidades que nos abren los cambios tecnológicos. Por ejemplo, hoy todo camina hacia una mayor horizontalidad donde las cosas se construyen de abajo hacia arriba y no de arriba hacia abajo; el internet permite que los cambios personales se viralicen de una manera mucho más masiva que en el siglo pasado; y también permite darle una base material a la “noosfera” espacio espiritual y racional de comunicación entre los seres humanos que podría permitir desarrollar una “inteligencia colectiva” de la humanidad sin precedentes.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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