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La Araucanía sin forestales, ahora

por 3 diciembre, 2018

La Araucanía sin forestales, ahora
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La forestales son un gravísimo problema. No son el único problema. Pero si el gobierno no saca las forestales de la Araucanía, las soluciones a las otras muchas injusticias padecidas por los mapuche con la asistencia del Estado chileno pueden ser parches inútiles para un sangramiento de casi 500 años.

Las forestales no son el único problema: en los sectores pehuenches son las hidroeléctricas y las geotérmicas; en la costa, la industria pesquera y salmonera; en el lado argentino, el fracking con las petroleras.

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No soy un experto en el tema. Pero de cuanto he podido preguntar, averiguar y estudiar, veo que en la Araucanía colisionan dos cosmovisiones antagónicas. El mapuche se sabe uno con la tierra y su entorno. Su mundo le pertenece y él pertenece a su mundo. Un único cosmos es dividido, repartido y compartido por seres que sintonizan, viven y mueren unos con otros. La violencia en él es una realidad e incluso una necesidad pero que, a fin de cuentas, beneficia a todas sus creaturas. El mapuche extrae de la naturaleza lo indispensable para vivir. No necesita acumular. El pueblo mapuche es pacífico mientras no quieran hacerlo esclavo. Aspira a una armonía social y cósmica.

La cosmovisión occidental de los chilenos, en cambio, es muy distinta. Es predominantemente moderna. El chileno, mezcla de muchas cosas, en la medida que representa en el territorio a la cultura de Occidente, desde el siglo XIX en adelante, ha despojado al pueblo mapuche de sus tierras con malas artes. No son la avaricia y la voracidad sin medida características de la modernidad, pero estas plagas se alimentan de la visión cartesiana del mundo de acuerdo a la cual la naturaleza es “res extensa” a disposición del ser humano, el dueño del universo. Hasta hace poco esta manera de ser humanos parecía la cúspide de la humanidad. Pero, desde que comenzamos a padecer la catástrofe ecológica en curso, el pueblo mapuche y tantos otros pueblos originarios en diversos lugares del planeta que también ha debido sufrir usurpaciones y genocidios nos enseñan otras maneras de convivir, no completamente exentas de barbarie, pero en muchos aspectos más sabias que las occidentales.

Del conflicto cerrado entre estas dos cosmovisiones resulta que, lo que Chile ofrece como desarrollo, el Movimiento mapuche lo percibe como invasión. El Pueblo mapuche quiere desarrollo, pero aprecia la lucha de los sectores más extremos en defensa de su dignidad originaria.

El caso es que durante el régimen militar las forestales invadieron el cosmos mapuche. Entraron en su territorio con una violencia que la oligarquía nacional no pudo advertir porque tuvo, y tiene, otra visión de mundo. Arrasaron con las plantaciones nativas, rajaron las tierras, metieron pinos, álamos y eucaliptos. No repararon en la cantidad de insectos, de aves y de mamíferos que murieron por su culpa. La industria de la madera se apoderó de las aguas. Secó las napas. Contaminó. Entraron y salieron de la Araucanía, metieron plata y sacaron más plata, y hoy se quejan de falta de protección a sus camiones.

¿Camilo Catrillanca? Otro asesinato.

El Plan Araucanía del gobierno promete a los mapuche reconocimiento como pueblo. Bien. Promete algún tipo de cuota para la participación política en las cámaras. Bien. ¿No podría mejor ofrecer alguna manera de reconocimiento político colectivo? El Plan promueve una serie de avances que deben ser valorados como pasos adelante. La motivación profunda es la búsqueda de la paz. ¿Es esta una motivación honesta? Me llama la atención este texto: “Es imperioso enfrentar en todas sus facetas la situación de La Araucanía y especialmente la del pueblo mapuche, buscando soluciones basadas en el diálogo, la reparación, el reconocimiento, el progreso y el respeto al Estado de Derecho”.

Pero el Plan no menciona entre las facetas a las forestales. Ni una sola vez en todo el documento se habla de ellas. ¿Por qué no? Sigue: “Ello no obsta a exigir que todo proceso de diálogo, tenga como prerrequisito una renuncia explícita a la violencia de todas las partes involucradas”. Pregunto: la invasión de las forestales, ¿tendría también que cesar para que el diálogo comience?

El Plan busca la paz. Excelente. Pero si el gobierno no hace nada por sacar las forestales del Wallmapu (territorio mapuche), habrá buenas razones para pensar que el Plan no es otra cosa que una versión rediviva de la Pacificación de la Araucanía comandada por Cornelio Saavedra con pólvora y sables, una acción política y militar salvaje, e indesmentible.

“Arauco tiene una pena”. Y las forestales, ¿pudieran tener alguna? No se puede excluir que estas planifiquen una retirada voluntaria de un territorio que no les pertenece. Bueno sería que el gobierno colabore en esta tarea, que la agencie, además de retirar las tropas.

Arauco tiene más de una pena y muchos chilenos, que no somos mapuche, también. Habremos de lamentar, por lo mismo, que el uso de la violencia para conseguir los propios objetivos, mecanismo reempleado por la industria maderera desde hace 40 años, salte del campo a la ciudad. Está sucediendo. No debiera continuar. La paz en la Araucanía, la armonía cósmica que los occidentales comenzamos a anhelar, requiere que las forestales cesen una ocupación que ha comenzado a hacer pasar los ánimos del amarillo al rojo.

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