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La ordinariez que debemos cambiar

por 3 agosto, 2020

La ordinariez que debemos cambiar
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Quizás, si el deplorable espectáculo que brindó el exconcejal de la UDI por Viña del Mar, Sr. Tito Moggia, sea el mejor ejemplo del Chile que debemos cambiar. En efecto, desde hace ya demasiado tiempo, se ha venido instalando en nuestro país esa sensación en algunos (pocos) de sentirse los dueños de este país y, en la mayoría de nosotros, de creérnosla. Así las cosas, hemos cambiado al patrón de antaño, por el “caballero” de hoy, definición en la que por cierto cabe de todo, desde sinvergüenzas a delincuentes, pasando por quienes ostentan estos aires de “grandeza” venida a menos.

Es cierto que la concentración económica, favorecida por este exclusivo modelo económico, ha permitido este alejamiento de los extremos de nuestra sociedad, en donde los unos pocos, ya están tan pero tan lejos, que les cuesta imaginar siquiera a los otros muchos: la forma precaria y el hacinamiento en el que viven. También es cierto que el intento por “humanizar” el modelo, por hacerlo “más justo”, o era imposible o no lo supimos hacer. Lo concreto es que no pudimos nosotros con la Concertación, primero, y la Nueva Mayoría, después, cambiarlo. Han debido de ser nuestras hijas e hijos, los mismos que Carlos Peña a raíz del 18O ninguneó, los que movieron la frontera de lo posible y nos han brindado, quizás como un regalo por nuestros sueños perdidos, la posibilidad de recuperar 32 años después, en otro octubre, la esperanza de ese Chile mejor.

Porque fue necesario poner en jaque al sistema para obligarlo a cambiar, porque está claro que motu proprio no lo haría. La lista de exautoridades de centro e izquierdas haciendo fila, cual cesante ante una AFC, esperando un cupo en algún directorio de alguna empresa de alguna AFP, o el financiamiento irregular que toda la política chilena tuvo (y seguro sigue teniendo por parte del empresariado), son los mejores ejemplos de la dificultad casi estructural de modificar una coma de este modelo económico desde dentro, ya que todos o casi todos quienes tienen algo de poder, tienen también intereses en que esto no cambie, en no perder las migajas que cada cierto tiempo les dejan caer como a palomas de una plaza cualquiera.

Recuerdo, a mediados de los 90, leyendo un artículo de El País, ver cómo nos retrataban afuera: como un país que crecía de manera sostenida, sin embargo, no se desarrollaba de la misma forma y prueba de ello era la imagen de prepotencia que dábamos como pasajeros en vuelos internacionales, o el clasismo que denotaban nuestras conversaciones y modales.

Así es, esa era nuestra imagen exterior; jaguares pero sin modales. Un cuarto de siglo más tarde, el Sr. Moggia nos viene a demostrar que seguimos donde mismo, despreciando al prójimo por el solo hecho de sentirlo inferior o, mejor dicho, de sentirnos superiores. Pero superiores ¿a título de qué...?, la verdad, a título de nada. Ser prepotente y arribista, creer que puedes estar por encima de otras y otros por el apellido, por los contactos, por tu saldo en la cuenta corriente, tu casa o el auto que conduces, es, en una sociedad desarrollada, la máxima muestra de ordinariez: lo cutre, lo hortera. Pero Chile se maneja con otros indicadores o criterios y pareciera que pocos están dispuestos a cambiarlos.

En efecto, salvo la alcaldesa Reginato, no he escuchado voces condenando el hecho; ni de la derecha, del centro o la izquierda. Tampoco de la CUT, menos de la empresa de estos trabajadores. Probablemente sí de sus compañeros de gremio, pero ellos importan tan poco como los ofendidos. La prensa se ha limitado, mayoritariamente, a mostrar el hecho; como el tiempo o los deportes. En fin, que valió madres lo que pasó el domingo, que ni para sacar lecciones sirvió, reconociendo sí las disculpas del ofensor.

No será fácil para las generaciones venideras reconstruir Chile; hay mucho dolor, mucha desconfianza, mucha necesidad no satisfecha, mucho abuso impune y mucha rabia acumulada. Los ejemplos sobran y octubre pasado aún está en la retina. No será fácil, porque hay mucho de lo malo y poco de lo bueno. Sin embargo, soy optimista. Tengo fe en la juventud, porque son luz y vida, porque han crecido más libres que nosotros; sin dogmas, ideologías, dioses ni pecados, sin prejuicios. Son esa luz a la que se refiere Leonard Cohen en una de sus canciones: “Que doblen las campanas que aún pueden sonar, olvida tu ofrecimiento perfecto. Hay una grieta, en todo hay una grieta. Así es como entra la luz, así es como entra la luz...”. Esa la luz de la esperanza, agregaría.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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