Rusia… hace exactamente 105 años
Señor Director:
Al mediodía del 16 de marzo de 1917 se dió a conocer oficialmente la noticia de la revolución rusa. Y de un golpe se enteraron de ello todos los rusos residentes en París.
Relato, a mi manera, seleccionando los párrafos atingentes, de unas dos páginas del excelente libro «Hombres y Dios» del poeta y escritor holandés Pieter van der Meer de Walcheren, obra que me sorprende leyendo precisamente, entre sus casi 700 páginas, de la Rusia de 1917 y algunos esbozos o aspectos, pero muy ilustrativos de la idiosincrasia, la índole del pueblo ruso, anterior a la revolución ya más definitiva de Lenin.
«Reinaba una atmósfera agitada. Un anciano, que desde hacía ya años vivía en el destierro, exilado político, lloraba de alegría. Por fin se había convertido en realidad el sueño en aras del cual había sacrificado su vida. Era un espectáculo extraordinariamente apasionante ver los rostros de todos aquellos rusos bajo la violencia de la primera emoción. Entonces comprendió Matías (uno de los personajes) lo que significaba aquella revolución para el pueblo ruso. Era como un embeleso sagrado, místico. Había también allí algunos soldados rusos. Estos habían ido a comprar algunas flores, las sujetaban en las manos pegadas a su pecho, con alborozo infantil iban de aquí para allá mostrándolas a todo el mundo, reían a carcajadas, colmados de felicidad; era una fiesta grande, inefable. Alguien se acercó a Matías y le dice, lleno de emoción: «Vamos a empezar ahora la revolución mundial. Esta es verdaderamente la redención del pueblo. La revolución francesa fué una subversión de burgueses y ¡cuánta sangre, una sangre fraternal, se derramó entonces temeraria, delirantemente».
Nosotros los rusos, haremos una revolución sin sangre. Solo ahora podremos mostrar totalmente lo que somos. En la mente del ruso surgen pensamientos grandes, que llegan hasta el último extremo, hasta lo más profundo. El ruso posee por naturaleza el sentido de lo grande, de lo inmenso. El ruso no tiene ni ha tenido nunca , la mentalidad del «burgués» occidental. Esta mentalidad es para el ruso algo completamente extraño. Vamos a hacer humana a la humanidad, vamos a hacer de todos verdaderamente hermanos, vamos a hacer que reine en la tierra una felicidad sencilla. Nosotros, que hemos sufrido tan horrorosamente, ahora volveremos todos a nuestra santa madrecita Rusia.
«Vosotros no comprendéis lo que esto significa para nosotros. Entre nosotros todo es grande, espacioso, ancho. Nuestras estepas son ilimitadas, inmensas. Nuestra nostalgia es irrestañable. La herida de los anhelos por el paraíso perdido. Ya que es el paraíso perdido lo que anhelamos ardientemente. Nuestro sueño es reconquistar el paraíso perdido, para todos. Todos nosotros somos niños, somos mujiks. Con posibilidades infinitas, como la tierra de nuestro país, tierra negra, piedras preciosas de los Urales, bosques, ríos caudalosos, y avenidas, largos, larguísimos caminos con plateados abedules. Lo podemos todo. Lo único que no podemos es ser «burgueses». Nosotros vamos siempre hasta el último extremo, de todos los deseos, de todas las imágenes. (…) Y Rusia es la escogida de la suerte, de la Providencia. El Occidente agoniza».
París, mediodía del 16 de marzo de 1917.
Aníbal Wilson P.