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María José Juárez

Desigualdad en contexto del estudio a distancia

por 25 mayo, 2020

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Señor Director:

Desigualdad y educación son dos conceptos que, lamentablemente, nos hemos acostumbrado a relacionar. En el ámbito de la educación superior, diversas investigaciones han mostrado la incidencia del estrato socioeconómico en asuntos como el acceso a una carrera, el rendimiento, la aprobación de ramos, la titulación oportuna, y también en la retención o persistencia de los estudiantes en sus carreras.

El Servicio de Información de Educación Superior (2018) ha mostrado las altas cifras generales de abandono de las carreras, las que llegan al 74% en el primer año. Por su parte, Educación 2020 (2014), nos ha mostrado que estas deserciones se concentran en los estratos socioeconómicos más bajos, donde el 52% de los estudiantes de los dos primeros deciles en Chile desertan de la educación superior, versus un 19% de los estudiantes de los deciles 9 y 10. En definitiva, la condición socioeconómica de los estudiantes incide directamente en el éxito académico de los mismos.

En el contexto de la pandemia por COVID-19, donde el estudio a distancia es la forma en que las instituciones de educación superior (IES) intentan dar continuidad a sus planes formativos, esta desigualdad también se ve reflejada. Si bien existe un desafío diario, tanto para las IES como para todos sus estudiantes, hay un grupo para los que esto se vuelve aún más complejo, dadas las dificultades personales, familiares y económicas que presenta.

En base a la experiencia de Fundación Portas, acompañando a estudiantes de la educación superior de los estratos socioeconómicos más bajos, hemos podido constatar que los problemas para enfrentar exitosamente los ramos y realizar los aprendizajes que habitualmente tienen, se ven intensificados en el contexto del estudio a distancia. Las razones son múltiples.

Muchos de ellos no cuentan con la infraestructura digital adecuada para tener clases online, que idealmente debería ser un computador y wifi. De hecho, poco más de la mitad solamente cuenta con ambas herramientas. Esto hace que las conexiones sean inestables, y con ello las videollamadas donde se transmiten los principales contenidos, generan mucha frustración en ellos. Esto, sin considerar a los estudiantes que viven en zonas periféricas o rurales, donde la estabilidad en las redes de internet e inclusive de la luz, es deficiente.

A su vez, quienes cuentan con algún computador en el hogar, muchas veces deben compartirlo con sus hermanos que también están con clases online en sus colegios y también en ocasiones, con sus padres. Al tener que asumir un sistema de turnos para el uso de un computador, que hoy es un bien básico en un hogar, pierden clases y con ello se genera una gran brecha de aprendizajes, que se suma a la que ya traen desde sus colegios de procedencia. Esta brecha, a su vez, se acentúa en tanto diversos estudios señalan que la ausencia de contacto físico produce dificultad para interpretar el tono de voz, las expresiones faciales y los gestos físicos que muchas veces son claves para la comprensión de un contenido, sobre todo cuando es nuevo o desconocido.

Otro punto problemático es el espacio físico en el hogar. Muchos de ellos comparten habitación con sus hermanos, e inclusive con alguno de sus padres, y no cuentan con un espacio propio y adecuado donde estudiar –ni un escritorio- donde conectarse en condiciones mínimas. Deben lidiar con ruidos constantes mientras estudian, televisores encendidos y otras condiciones que dificultan el proceso de aprendizaje. Sucede por esto que muchos no quieren encender la cámara, que a veces se les solicita como condición para estar en la clase, prefiriendo perder el ramo antes que exponerse.

La demanda por la realización de las tareas domésticas también incide en su desempeño. El 60% proviene de familias con una madre jefa de hogar, a quienes, como jóvenes ya “adultos”, deben apoyar en el aseo, la comida y el cuidado de sus hermanos menores, a los que ayudan a hacer las tareas, los representan como sus apoderados en el colegio, entre otras responsabilidades que asumen. Muchos se sienten abrumados por cómo compatibilizar estos roles, pues por un lado entienden la necesidad de apoyo en el hogar, pero por otro, se sienten incomprendidos respecto al tremendo desafío de enfrentar una carrera en la educación superior, cuando además no se tienen ni las bases académicas suficientes ni las condiciones económicas necesarias. Estas tareas se vuelven aún más complejas y críticas cuando los estudiantes son madres o padres.

Es conocido por todos que, en esta crisis por la pandemia del coronavirus, la economía se ha visto afectada y muchas personas han perdido su empleo. Quienes se han visto más afectados son aquellos trabajadores de los sectores populares del país y quienes realizan trabajos informales; sector al que pertenecen la gran mayoría de los padres y madres de los jóvenes. Inclusive, muchos de estos necesitan trabajar durante todo el año para pagar sus estudios, costearse sus gastos personales y aportar en la economía del hogar. Ante la incertidumbre de cómo enfrentar una crisis sanitaria con serios problemas económicos y con la imposibilidad de salir a trabajar, la capacidad para concentrarse en sus estudios es muy baja y con justa razón. No teniendo resueltos los aspectos básicos para la sobrevivencia, difícilmente una persona puede concentrarse en el desarrollo de su capital humano.

La lista suma y sigue, el tiempo avanza, y son muchos los estudiantes en el país a los que esta crisis les está pegando muy fuerte. No contar con los recursos básicos necesarios para asegurar un estudio de calidad, que genere aprendizajes significativos e impulse el avance de estos en sus carreras, es un problema del que necesitamos hacernos cargo, sobre todo cuando el panorama del retorno a la realidad como la conocemos, se ve lejano. Es imperioso trabajar para que la desigualdad que se ha cristalizado en nuestra educación, sea lo menos dañina posible para estos estudiantes y que la cancha que ya venía desnivelada, con desventaja para ellos, no siga profundizando sus grietas.

María José Juárez, Directora Social Fundación Portas

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