Entre precio y dignidad: qué vale la pena financiar
Señor director:
Las declaraciones del presidente con respecto al gasto público en investigación han generado un intenso debate en torno al criterio que debería usarse para decidir qué proyectos son dignos de ser financiados. Si indagamos en la pregunta por los empleos generados, notaremos que contiene una propuesta de tipo utilitarista y economicista: un proyecto merece obtener fondos públicos si tiene la capacidad de generar resultados cuantificables en el mercado. Como es evidente, este criterio dejaría fuera de carrera a muchas disciplinas y, entre ellas, las humanidades y, en un sentido más amplio, las artes liberales, aparecen como las más afectadas, pues no han sido creadas para la producción de mercancías.
Ahora bien, la pregunta ha sido instalada y vale la pena abordarla: ¿es aceptable imponer un criterio productivista a disciplinas cuya naturaleza escapa a esta lógica? Para responder, puede ser útil acudir a la distinción kantiana entre precio y dignidad: aquello que se valoriza en el intercambio tiene un valor relativo y, en consecuencia, precio; mientras que aquello cuyo valor no depende de una transacción posee valor en sí mismo y, por lo tanto, dignidad. Para Kant, el ser humano cabe en esta segunda categoría por estar dotado de razón, lo que lo convierte en un fin que jamás puede concebirse como un medio. Pero esta dignidad no es “gratuita”, sino que impone deberes. Uno de ellos es el de la propia perfección: en cuanto seres racionales, estamos obligados a pasar de nuestra animalidad natural a la humanidad que nos entrega el pleno ejercicio de la razón.
Por cierto, el paso de la animalidad a la humanidad no puede reducirse a criterios puramente utilitarios o productivos, pues exige también el cultivo de aquello que nos constituye como fines en nosotros mismos. Es en este contexto donde aparecen las áreas tradicionalmente denominadas humanistas o propias de las artes liberales, pues permiten desarrollar plenamente nuestras capacidades. Así, entonces, el valor de estimular estas disciplinas no puede medirse en términos de su utilidad, sino que debe entenderse como un modo de desplegar aquello que nos hace humanos.
Por supuesto, este argumento no implica que toda investigación de estas áreas merezca financiamiento: es necesario establecer un mínimo de rigurosidad intelectual. Tampoco busca restar mérito al criterio económico, pues es una variable fundamental para tomar decisiones presupuestarias. Lo que sí quiere decir es que no existe una única forma de medir el valor y que reducir toda investigación o proyecto a criterios productivos no solo es un error, sino que empobrece el tipo de desarrollo humano que una sociedad está dispuesta a promover.
Álvaro Muñoz Ferrer
Doctor en Filosofía