In memoriam de Patricia Bonzi
Señor director:
Patricia Bonzi ha muerto. El vacío inconmensurable que dejan estas palabras al pronunciarlas sólo se compara a la impronta que ella deja en la historia de la filosofía chilena. Quizás no en la forma de grandes y voluminosas obras, sino más bien en la traza inscrita en el corazón y en el espíritu de aquellos que tuvimos el privilegio de ser sus estudiantes.
En los años 90’, licenciatura en filosofía de la Universidad de Chile estaba dominada por la omnipresencia de la ontología fundamental heideggeriana. Para nosotros jóvenes estudiantes, inquietos y ávidos de novedad, en este paisaje – a ratos liso y regular- un curso capto nuestra atención: la lectura de las Meditaciones cartesianas de Edmund Husserl por la profesora Patricia Bonzi.
El encuentro con Patricia fue un descubrimiento. No un acontecimiento sorpresivo, sino un despliegue lento, pausado y cadencioso, de sesión en sesión de lectura, en el cual ella lenta y rítmicamente, como el ir y venir de las olas, guiaba la lectura de Husserl. Con ella éramos libres de cualquier dogma o predicado de valor que condicionase el abordaje de los textos. Su forma ad-rem nos llevaba sólo atendiendo a la cosa misma, a la obra, a la letra sin comentarios secundarios ni ornamentos innecesarios, permitiendo en ese gesto que cada uno descubriera a su Husserl; en ese método lento y prolijo que depositaba todo el gesto y la inflexión en la experiencia, y en nada más que la experiencia.
Sorpresivamente una pausa, la profesora Bonzi levantaba la mirada, se quitaba los lentes y echándose hacia atrás nos interrogaba con su voz frágil que parecía quebrarse: “¿Bueno, ¿qué significa todo esto?”. Lanzándonos a interrogar de la forma más disparatada e ingenua el texto, sólo para interrumpir la discusión con una risa dulce y sincera. Nuestros comentarios, la mayor de las veces torpes otras veces atrevidos, eran acogidos cálidamente por ella, pero no por eso de forma acrítica ni menos exigente.
De una agudeza extraordinaria, que solo era superada por su pudorosa humildad, nunca quiso figurar ni sobreexponerse. Prefería las visitas en su casa de Ñuñoa donde las largas conversaciones en su formidable y bella biblioteca acompañada de té con leche.
Sólo después, al finalizar el curso conocí a la mujer detrás de la profesora. La historia de su formación en el Instituto Pedagógico, su exoneración de la Universidad de Chile y exilio en Francia. La violencia que vivió y presenció. Con ella comprendí que el saber era inseparable de la ética. Que la sabiduría se encarnaba en la vida de las personas. Su sensibilidad por la fragilidad y la vulnerabilidad de cada ser humano en su alteridad infinita no era menos la marca de la filosofía de Emmanuel Levinas, que la cicatriz de una vida. A pesar de toda la violencia de la época que le tocó vivir, la templanza, serenidad y prestancia se expresaba en Patricia Bonzi con una permanente solicitud y conciencia por el valor de la vida.
Ella fue para una generación completa un verdadero comienzo. Ahora, en la hora de su muerte, compruebo que ha sido un camino.
A usted, a su traza indeleble inscrita en nuestra memoria.
Cristóbal Balbontin
Profesor asociado
Universidad Austral de Chile