Cuando el miedo le gana la batalla a la productividad
Señor director:
Chile enfrenta un escenario económico desafiante: el indicador de actividad económica vuelve a caer por quinto mes consecutivo y el mercado laboral aún no logra consolidar señales de recuperación. En ese contexto, la discusión sobre inteligencia artificial se instala con fuerza, muchas veces desde la incertidumbre más que desde la evidencia. El riesgo es que ese temor termine influyendo en decisiones de política pública.
El último especial de The Economist, Bots Meet Voters, deja una advertencia que haríamos bien en escuchar. Durante años discutimos si la inteligencia artificial reemplazaría empleos. Esa pregunta ya quedó atrás. La IA ya es parte de la economía, de las empresas, de las universidades y de la vida cotidiana. Hoy la discusión es otra: quién controlará una tecnología capaz de aumentar la productividad, pero también de influir en la opinión pública y alterar el equilibrio del poder.
Los datos muestran que la resistencia ya comenzó. En Estados Unidos, las protestas ciudadanas han frenado cerca de US$100 mil millones en inversiones en centros de datos, mientras crece el apoyo a restringir el uso de la IA. El riesgo es que las decisiones públicas terminen guiadas por el miedo más que por la evidencia.
Cada revolución tecnológica ha cambiado la distribución del poder. La máquina de vapor transformó la industria; la electricidad multiplicó la productividad; Internet revolucionó el acceso a la información. La inteligencia artificial agrega una dimensión inédita: no solo automatiza tareas, también puede fabricar consensos, amplificar narrativas y reforzar sesgos. En tiempos electorales, esa capacidad puede ser tan decisiva como una política económica.
No es casualidad que Estados Unidos, China y la Unión Europea hayan convertido la IA en un asunto estratégico. La competencia ya no consiste solo en desarrollar mejores modelos, sino en controlar datos, infraestructura computacional, energía y talento. Quien domine esa infraestructura tendrá una ventaja económica y geopolítica difícil de revertir.
Chile no está al margen. En medio de un mercado laboral debilitado y una productividad estancada, sería un error convertir a la inteligencia artificial en el chivo expiatorio de problemas que comenzaron mucho antes. La IA no explica la crisis laboral chilena; revela la brecha entre las competencias que exige la nueva economía y las que aún somos capaces de formar.
Por eso la principal respuesta no será prohibir la IA, sino preparar a las personas para trabajar con ella. Como advierten la UNESCO y la OCDE, la innovación necesita transparencia, supervisión humana y responsabilidad pública. La IA ya llegó. La pregunta es si Chile enfrentará esta revolución desde el miedo o desde la preparación. Porque cuando el miedo le gana la batalla a la productividad, también le entrega la ventaja a quienes sí decidieron innovar.
Fernando Martínez,
rector Escuela de Comercio y Servicios