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Tecnodiplomacia
Esta nueva hoja de ruta, en ningún caso, significa una renuncia a la esencia del oficio diplomático, sino refiere más bien al diseño de un programa híbrido que combine acervo histórico y sabiduría política, orientado a salvaguardar que la técnica no supere a lo humano.
La estabilidad del sistema mundial, desde la creación de las Naciones Unidas (ONU), operó con “piloto automático”, gracias al apoyo de un esquema geopolítico predecible y del arte de la diplomacia.
Los Estados pudieron sortear turbulencias de distinta intensidad en un ambiente de paz relativa a escala planetaria. Incluso, varios cifraron sus expectativas de desarrollo en un tercer milenio pletórico, idealizando tal inercia como un bien perenne e inmutable, al punto de que llegaron a vaticinar un siglo XXI amable amparado, todavía, en el “equilibrio del terror” nuclear.
A poco andar, el augurio del “fin de la historia”, demostró ser una ilusión pasajera, toda vez que la calma aparente devino en una tormenta difícil de capear, situación que el afamado sociólogo Zygmunt Bauman denominó “modernidad líquida”: el epítome de la incertidumbre, un nuevo ciclo de la historia que, formateado digitalmente y cargado de adelantos tecnológicos, reclama de conducción experta y herramientas sofisticadas para interactuar con aplomo en la cibersociedad.
Así, la diplomacia debe adaptarse a toda velocidad, para seguir siendo reconocida como actividad mediadora por antonomasia.
El mantra del I+D (innovación y desarrollo) ha sido sobrepasado por la irrupción de la inteligencia artificial (IA). La ciencia y la técnica le arrebataron la vanguardia a la política y la economía en la gobernanza global, al involucrarse en los dilemas del progreso, el conflicto… —propios de la soberanía física— y en el dictado de reglas del tablero geopolítico.
De ahí proviene la urgencia para la diplomacia de procesar la IA, no como una amenaza disruptiva, sino como un insumo o aporte adicional, cotidiano, regulado y confiable para su cometido.
En consecuencia, redefinir la función diplomática es un imperativo insoslayable de nuestros tiempos, porque la agilidad cognitiva y las habilidades blandas de la escuela humanística ya no bastan para desplazarse con autoridad en la virtualidad. Sus gestores deben aceptar los nuevos pilares de la agenda global con una suerte de “realismo tecnológico”: la dimensión estratégica de los cables submarinos, la capacidad de los semiconductores y el ingenio algorítmico, amén de su custodia, se posicionan como los más críticos.
Esta nueva hoja de ruta, en ningún caso significa una renuncia a la esencia del oficio diplomático, sino se refiere más bien al diseño de un programa híbrido que combine acervo histórico y sabiduría política, orientado a salvaguardar que la técnica no supere a lo humano. La tradición, por su parte, le proporciona el marco ético y sentido de Estado que los algoritmos ignoran por definición.
En otras palabras, se trata de un reajuste estratégico que obliga a las cancillerías a romper sus silos. La planificación de la política exterior no puede depender solo de perfiles generalistas, ni quedar tampoco a expensas de una tecnocracia sin memoria. Debe integrar lo técnico-profesional a su radio de acción para abordar un variopinto abanico de materias, que cubren —por ejemplo- desde la logística portuaria hasta la ciberseguridad, aunque valorando siempre el juicio de los expertos que conocen de cerca el panorama mundial y sienten el peso de la historia.
El diplomático del siglo XXI debe ser arquitecto en la complejidad del nuevo mapa geopolítico, tal como el Estado está llamado a impulsar estrategias bajo el paraguas de Webfalia, expresión de soberanía digital, que conlleva como herencia el sello humanista de su homóloga física.
Las cancillerías requieren de recursos acordes a la envergadura de los desafíos; de lo contrario, corren el riesgo de ser meras espectadoras del proceso de transformación ontológica en curso.
La diplomacia, al sumar la técnica a la “ecología de la paz”, garantiza que los recursos tecnológicos digitales y otras expresiones afines contribuyan, finalmente, al bienestar de la humanidad, sin someterse a la tentación de un “automatismo complaciente”.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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