Publicidad

Resistir siempre, construir nunca

Publicidad
Por: Joaquín Barañao


El Mostrador Fuente Preferida

Señor director: 

Francisco Saavedra caminaba en Penco junto al equipo de Lugares que hablan, cuando un lugareño le pidió un mensaje para la comunidad. Procedió a invitarlos a “ser resistentes, a tener mucha fuerza. Y estar siempre encima de cualquier proyecto que pueda dañar nuestro ecosistema, de cualquier proyecto que pueda destruir los lugares donde la gente ha echado raíces. Fuerza y siempre resistir”.

Cuando se trata de inversiones de impacto, nos enfrentamos a un parteaguas fundamental. Debemos decidir si nuestra postura será: siempre resistir, como nos interpela el animador; o bien, exigir el cumplimiento de los estándares que hemos resuelto como sociedad democrática, así como mitigar y compensar en forma adecuada aquellos impactos irreductibles.

Puedo entender por qué la segunda opción resulta de difícil digestión para las almas idealistas. Avalar impactos ambientales mayores a cero colisiona tanto con el mundo que soñamos como con la imagen del yo prístino e incorruptible que proyectamos de nosotros mismos. El yo platónico no se mancha por unos pocos pesos y una migaja de empleos.

El problema es que si se examina con un mínimo de detención la primera opción de siempre resistir, resulta -lo siento Pancho- algo infantil. Hay proyectos buenos, hay proyectos malos, pero sin proyectos no solo no hay progreso material ni generación de empleo, sino tampoco la descarbonización que los propios ecosistemas demandan. De alguna parte la humanidad tiene que extraer las tierras raras que requiere la generación eólica, los vehículos eléctricos y tantos otros imprescindibles de la transición energética.

Si el argumento de Saavedra fuese “no a esta iniciativa específica por X, Y, Z” podríamos sentarnos a debatir si tales impactos son o no irreductibles y, una vez acordado aquello, debatir si acaso las medidas de mitigación y compensación —tanto ambientales como para la población local— permiten que la raya para la suma sea positiva. Pero “estar siempre encima de cualquier proyecto que pueda dañar nuestro ecosistema” y “siempre resistir”, equivale a que la racionalidad de adulto capitule frente a esas pulsiones de niño de vernos a nosotros mismos en el papel de superhéroes.

Oponerse en forma irreflexiva a todo proyecto de impacto es, de por sí, una irresponsabilidad. Hacerlo desde el palco de alta exposición e influencia que otorgan muchas horas de televisión, una irresponsabilidad en esteroides.

Joaquín Barañao
Pivotes

Publicidad