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El adiós simbólico de los tedeums: un rito que dejó de ser relevante para Chile

por 20 septiembre, 2018

El adiós simbólico de los tedeums: un rito que dejó de ser relevante para Chile
La Moneda tuvo que soportar que estos tedeums terminaran teñidos de manifestantes gritando contra el proyecto de identidad de género, de protestas en varios puntos del país contra las iglesias, de Roxana Miranda sacada en andas, de la ausencia de un cardenal cuestionado, de calles vacías, del protagonismo excesivo de los Durán-Durán, de unos matones estilo CNI que golpearon a periodistas como si estuviéramos en dictadura –¿cómo se explica que un pastor tenga guardaespaldas?–. El rito del tedeum parece llegar a su fin, pero no en el sentido literal sino en el simbólico. Hoy, la opinión de las iglesias no influye en la población, en el ciudadano, pero tampoco en los partidos, en los parlamentarios. La crisis de la Democracia Cristiana es el mejor ejemplo de ello.
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Aunque la separación del Estado y la Iglesia data de 1925 en nuestro país, en la práctica, el peso de las iglesias, especialmente la católica, ha sido muy relevante en la historia política de Chile. Fuertemente ligada al conservadurismo hasta los años setenta, luego con un giro hacia lo social –encabezado por el cardenal Raúl Silva Henríquez– y de defensa de los DDHH, para retomar, a la vuelta a la democracia, el origen más tradicional. Siempre relevante, siempre influyente a la hora de la discusión de proyectos que iban reflejando los cambios en la sociedad. Se opusieron en un comienzo a los nuevos roles de la mujer, al divorcio, al aborto en tres causales, a la ley de identidad de género. Pero siempre lograron que los partidos más conservadores votaran argumentando razones “religiosas”, confesionales, pese a que sus parlamentarios no eran elegidos por su condición de católicos.

Hoy, el peso de la Iglesia católica es muy poco trascendente. Es una de las instituciones que más ha perdido terreno en credibilidad y confianza. Desde hace unos 5 o 6 años a la fecha, y a partir del caso Karadima, comenzamos a descubrir una suerte de asociación ilícita, red de delitos, abusos y encubrimiento que, a medida que fueron saliendo a luz, horrorizaron a los chilenos, no solo a los católicos. Obispos involucrados, cardenales de cómplices activos, curas de pueblo y de sectores acomodados que actuaban en la oscuridad de la noche y bendecían de día.

Al Tedeum Ecuménico del martes 18, el episcopado chileno llegó totalmente debilitado. En Santiago fue presidido por el “deán” –un sacerdote que reemplaza a un obispo– de la Catedral Metropolitana, en ausencia de su canciller, formalizado por abusos, incluidos a parientes cercanos, y el cardenal Ezzati, de vacaciones ante las presiones de moros y cristianos, incluido el Gobierno.

Los evangélicos, por su parte, no venían mejor. Divididos y peleados entre ellos –el pastor Emiliano Soto fue censurado y excluido de la ceremonia–, con uno de sus líderes investigado por lavado de activos y enriquecimiento ilegal, además de ser criticado por los suyos por conductas éticamente reprochables. Con el hijo de este mismo pastor, que el año pasado atacó de local a la ex Presidenta Bachelet y hoy es diputado, cuestionado. Eduardo Durán (RN), en los días previos –durante la discusión de la ley de identidad de género– se había despachado un par de frases que postulan al cetro 2018 al afirmar que esto permitiría que algunos hombres, al cumplir 60 años, se podrían cambiar de género para jubilar antes. La intelectualidad a toda prueba. El dúo Durán-Durán.

Lo cierto es que ambos tedeums fueron polémicos, pero sobre todo intrascendentes. Sermones cuidadosos, genéricos, descafeinados hablando de la paz, amor, bienestar y otros conceptos de buena crianza. Los evangélicos eludiendo las críticas contra el mismo proyecto que los hizo descontrolarse el año pasado, pese a que las indicaciones que permitieron un acuerdo las había presentado el Presidente que tenían al frente. Los católicos, con un tibio, pero muy tibio mea culpa en relación con la gravedad de los hechos –¿que significará “vivimos un tiempo de purificación”?–, incluido un ex obispo expulsado de cura unas horas antes. La Catedral sin gente a sus alrededores, la Alameda “canuta” con un puñado de manifestantes que tildaban de traidor al Mandatario.

El Gobierno esta vez tuvo un rol activo en la previa. Se notaba su preocupación. Sabían que corrían riesgos por ambos costados. Muy cerca de Ezzati, era un problema de imagen. También quisieron evitar dificultades con dos de aquellos que en 2017 actuaron groseramente contra la ex Jefa de Estado. Tanto es así, que fueron contratados por el ministerio de Blumel como “expertos”, pese a tener solo 4° medio rendido. Para completar el cuadro, los presidentes del Senado y la Cámara habían anunciado que no asistirían a la catedral ubicada en la Alameda, y los canales de TV, que no transmitirían el evento de los conocidos, por la mayoría de la población, como “canutos”.

Lo cierto es que ambos tedeums fueron polémicos, pero sobre todo intrascendentes. Sermones cuidadosos, genéricos, descafeinados, hablando de la paz, amor, bienestar y otros conceptos de buena crianza. Los evangélicos eludiendo las críticas contra el mismo proyecto que los hizo descontrolarse el año pasado, pese a que las indicaciones que permitieron un acuerdo las había presentado el Presidente que tenían al frente. Los católicos, con un tibio, pero muy tibio mea culpa en relación con la gravedad de los hechos –¿que significará “vivimos un tiempo de purificación”?–, incluido un ex obispo expulsado de cura unas horas antes. La Catedral sin gente a sus alrededores, la Alameda “canuta” con un puñado de manifestantes que tildaban de traidor al Mandatario.

Creo que esta vez la derecha entendió que la búsqueda de votos en el mundo evangélico es un arma de doble filo. Prometer lo que solo podría prometer José Antonio Kast se constituyó en un búmeran. Estoy seguro, además, que en la segunda vuelta de 2017 los evangélicos no fueron relevantes para Piñera. En cambio, hoy han tenido que soportar la crítica, las pasadas de cuenta de un sector que lo único que no tiene es prudencia, por el contrario, se expresan con pensamiento hablado, como si estuvieran siempre en una conversación directa con Dios.

La Moneda tuvo que soportar que estos tedeums terminaran teñidos de manifestantes gritando contra el proyecto de identidad de género, de protestas en varios puntos del país contra las iglesias, de Roxana Miranda sacada en andas, de la ausencia de un cardenal cuestionado, de calles vacías, del protagonismo excesivo de los Durán-Durán, de unos matones estilo CNI que golpearon a periodistas como si estuviéramos en dictadura –¿cómo se explica que un pastor tenga guardaespaldas?–. El rito del tedeum parece llegar a su fin, pero no en el sentido literal sino en el simbólico. Hoy la opinión de las iglesias no influye en la población, en el ciudadano, pero tampoco en los partidos, en los parlamentarios. La crisis de la Democracia Cristiana es el mejor ejemplo de ello.

Lo ocurrido en estos días nos ha demostrado que la Iglesia católica sigue en caída libre y que, de no ser por la intervención de la justicia penal o del Vaticano –que está actuando con una velocidad irritante a la hora de tomar medidas– la crisis puede ser mucho más grave que lo que su propia jerarquía es capaz de visualizar.

Y para los evangélicos parece estar llegando el fin de esa época de auge, ese invento de Pinochet que les subió el perfil para contrarrestar el que tenía la Iglesia católica. Recordemos que este tedeum se incorporó a los ritos del aniversario de la patria en esa época, que en plena dictadura TVN transmitía en las mañanas los sermones de un pastor fanático, Jimmy Swaggart, el que luego sería descubierto como un abusador de menores, además de enriquecerse a costa de los pobres. La derecha después mantuvo esta apuesta, incluso la centroizquierda pensó que podía explorar en ese sector, sobredimensionando su capital de votos, de hecho, nuestro calendario de feriados se engrosó con el 2 de noviembre como el día de las Iglesias Evangélicas.

Este año, nuestra clase política habrá entendido, de una vez por todas, que los poderes no solo están separados en lo institucional, sino también entre la ciudadanía y las iglesias. Chile seguirá teniendo leyes que respondan a su evolución, sin importar lo que diga ninguna Iglesia. Por ahora, tanto la católica como la evangélica, deben ser capaces de hacer una retrospección y preocuparse de salir de sus propias crisis. Mientras eso no ocurra, dejen el resto a los ciudadanos. Amén

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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