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El ascenso del neofascismo-neoliberal en Brasil: Orden, Dios, ¿Progreso?

por 9 octubre, 2018

El ascenso del neofascismo-neoliberal en Brasil: Orden, Dios, ¿Progreso?
Si se analiza el discurso de Bolsonaro, se reconocerá fácilmente que –junto al orden autoritario– opera una doble divinidad: el Dios-Jehová y el Dios-Mercado. Mediante el Dios-Jehová, Bolsonaro exorciza el nuevo oleaje emancipatorio representado por la lucha de las mujeres y los movimientos asociados a las demandas LGTBI, alentando el conservadurismo más reaccionario de las capas populares de Brasil, sobre todo, aquellas adscritas a la religión evangélica (segmento que hoy representa uno de sus principales aliados estratégicos). Mediante el Dios-Mercado, Bolsonaro intentará exorcizar el neodesarrollismo petista, mediante una contrarrevolución neoliberal que, en materia económica, ya había impulsado el desprestigiado Michel Temer.
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El más fiel y peligroso representante de la extrema derecha Latinoamericana, Jair Bolsonaro, ha dado un crucial paso en su aspiración por conquistar la Presidencia en Brasil. El domingo se impuso con un inesperado 46% de los votos, superando en 17 puntos a su principal contendor, el representante del Partido de los Trabajadores (PT) y heredero político de Luiz Inácio Lula da Silva, Fernando Haddad, quien alcanzó el 29% de las preferencias y con quien se medirá en el balotaje el próximo 28 de octubre.

En el plano analítico y político, emergen dos preguntas ineludibles: ¿cómo se explica la victoria de Jair Bolsonaro, el imprevisto insider de la política brasileña que ha sido destacado por los medios como el Donald Trump Latinoamericano? ¿Qué implicancias tiene su eventual llegada a Palácio do Planalto? Evidentemente, no está en manos de una columna dar respuesta integral a estas preguntas. La complejidad de las variables históricas rebasa cualquier intento de este tipo. No obstante aquello, lo que si puede hacer una columna es sugerir algunos apuntes teóricos relevantes para avanzar sobre la dilucidación de aquellas preguntas.

Cada ascenso del fascismo da testimonio de una revolución fallida

Es bastante claro que uno de los principales axiomas teóricos aportados por el marxismo heterodoxo en el abordaje de la conflictividad política desplegada en la primera parte del siglo XX, pareciera reafirmarse en el amanecer del siglo XXI. Para el contexto brasileño actual, la "vieja tesis de Walter Benjamin 'cada ascenso del fascismo da testimonio de una revolución fallida', no solamente continúa siendo cierta hoy en día, sino que quizá es más pertinente que nunca (...) el fascismo reemplaza literalmente a la revolución izquierdista (toma su lugar): su ascenso es un fracaso de la izquierda, pero simultáneamente una prueba de que había un potencial revolucionario, una insatisfacción que la izquierda no pudo movilizar".

Junto a ello, la degradación del PT en la opinión pública a partir de diversos casos de corrupción, incrementó el rechazo de la población a la base de apoyo orgánica del ex líder sindical, situación capitalizada de manera extraordinaria por Jair Bolsonaro, quien tuvo la facultad de encaramarse sobre la ‘ola antipetista’ y sus descontentos. El traspaso de Lula a su heredero político, Haddad, no podía suprimir el desprestigio que alcanzaba el PT, tanto así que en las encuestas previas a la elección, Haddad se encontraba a escasos puntos por debajo de Bolsonaro en los ítems de desaprobación a su figura.

Esta última cita –extraída del trabajo del filósofo y psicoanalista Slavoj Žižek– pareciera revelar gran parte del drama sociopolítico que hoy envuelve a la sociedad brasileña y al conjunto de países latinoamericanos, esto es: el fracaso de una izquierda que había florecido de la mano de un liderazgo carismático como el de Lula que –apoyado en una estructura partidaria devenida en la más multitudinaria del continente– había liderado el auge de la denominada “década ganada” para los gobiernos progresistas de América Latina en sus dos períodos consecutivos de mandato (2003-2010).

Como es de público conocimiento, la decisión de Lula de convertirse en candidato presidencial para las elecciones en ejercicio, agudizó la táctica de cercamiento judicial en contra del ex mandatario. Al respecto cabe recordar que antes de que los tribunales sentenciaran definitivamente a Lula, una caravana en la que participaba fue atacada con disparos, mientras complementariamente los jefes de las Fuerzas Armadas amenazaban con dar un golpe de Estado si es que el ex presidente no era condenado a prisión, cuestión que hoy por hoy es un hecho a partir del denominado caso Lava Jato.

Toda fuerza política que esperaba ver mermada las posibilidades de un eventual retorno del PT al poder gubernamental tras el ‘golpe blando’ ejecutado por el Congreso brasileño a Dilma Rousseff el año 2016, vieron en el encarcelamiento de Lula la realización de sus más profundas aspiraciones.

Junto a ello, la degradación del PT en la opinión pública a partir de diversos casos de corrupción, incrementó el rechazo de la población a la base de apoyo orgánica del ex líder sindical, situación capitalizada de manera extraordinaria por Jair Bolsonaro, quien tuvo la facultad de encaramarse sobre la ‘ola antipetista’ y sus descontentos. El traspaso de Lula a su heredero político, Haddad, no podía suprimir el desprestigio que alcanzaba el PT, tanto así que en las encuestas previas a la elección, Haddad se encontraba a escasos puntos por debajo de Bolsonaro en los ítems de desaprobación a su figura.

Es innegable que el momento populista que atraviesan las democracias occidentales en abierta descomposición, ha tomado en Brasil la curva impuesta por la extrema derecha neofascista-neoliberal. El potencial revolucionario de los millares de personas que habían salido del umbral de la pobreza y habían conquistado mejores condiciones de vida se transformó en el transcurso de los años en malestar antipetista masificado en los sectores mesocráticos de la sociedad brasileña, sobre todo, después de las intensas movilizaciones que azotaron al país durante el primer mandato de Rousseff en el año 2013, las cuales comenzaron con posiciones de avanzada reformista y terminaron devaluando, tanto la imagen del PT como de la ex mandataria, tanto así que la principal heredera de Lula también ha obtenido una aplastante derrota en su carrera al Senado el pasado domingo (terminando cuarta en el Estado de Minas Gerais, con un 15% de los votos).

El PT ha perdido estrepitosamente una batalla importante en el terreno electoral el pasado 7 de octubre. En el corto plazo, corre contra el tiempo para alcanzar las alianzas políticas que le permitan mejorar su actual rendimiento electoral. En el mediano plazo, su debilitamiento orgánico impone la pregunta sobre el rol que jugará este partido ancla de la transición brasileña –fundado en 1980 en plena dictadura a partir de un proceso de rearticulación política del sindicalismo– dentro de la travesía que parecieran comenzar a transitar las izquierdas en Brasil, incluyendo a los sectores políticos de centro que deseen evitar la degradación de la democracia bajo formas autoritarias (y donde los partidos de centroderecha probablemente tenderán al desmembramiento debido a la atracción que ejerce la polarización de los extremos).

La articulación de un ‘frente antifascista’ pareciera ser el primer paso –mas no el único ni el suficiente– para detener el avance de Bolsonaro, tanto para los efectos del balotaje como para un eventual rol de oposición en el caso de que Bolsonaro conduzca los destinos del principal país de la región desde el sitial presidencial.

La pregunta que corona la argumentación hasta aquí trazada ya fue adelantada al inicio de esta columna, a saber: ¿qué implicancias tiene la llegada de Bolsonaro a la Presidencia de Brasil?

El neofascismo-neoliberal de Bolsonaro: Ordem, Deus, ¿Progresso?

No parece descabellado suponer que la promesa política de Bolsonaro lleva inscrita en la frente el lema histórico de la bandera brasileña: Ordem e Progresso. Es más, reemplace la letra e por Deus y tendrá la fórmula triádica del programa estratégico de Bolsonaro: Orden, Dios, Progreso. He aquí sintetizada gran parte de la explicación del fascismo de nuevo cuño que emerge en los albores del siglo XXI.

Nuevamente, el escenario brasileño pareciera alzarse como un “caso” plenamente compatible con las expresiones teóricas derivadas de la obra de Walter Benjamin, y la recepción que de este hace Giorgio Agamben a través del concepto de Estado de excepción.

En el contexto brasileño, el Estado de excepción no solamente puede ejecutarse mediante un golpe de Estado (coup d'État), sino también mediante los canales institucionales que propicia la democracia liberal. El Estado de excepción se impone utilizando las reglas del juego ofrecidas por el marco constitucional. Es el marco constitucional el que permitió el ‘golpe blando’ contra Dilma Rousseff, mediante el impeachment que levantó el Congreso y los medios en su contra acusando, a ella y su gobierno, de haber falseado indicadores económicos.

También ha sido el marco constitucional el que ha permitido al sucesor de Rousseff, Michel Temer (quien ascendió al cargo presidencial sin obtener un voto y gobernará por más de tres años Brasil hasta diciembre de este año), tomar una de las medidas más radicales del último tiempo para frenar la delincuencia en Río de Janeiro: entregar al Ejército el control de los servicios de mantenimiento del orden público en una de las principales ciudades de Brasil hasta fines de 2018 (medida adoptada en febrero de 2018).

El populismo penal se transformaba en el bálsamo que legitima la forma cada vez más autoritaria asumida por Estado. La medida adoptada por Temer a fin de reducir las cerca de 6 mil personas asesinadas al año en Río, por supuesto, fue alentada y promovida por el diputado más votado de dicho estado, Jair Bolsonaro. En dicha oportunidad, el editorial de La Tercera celebraría la intervención titulando: “Positiva intervención de la seguridad en Río”.

A pocas semanas de adoptada la medida, Marielle Franco, una destaca concejala de dicha ciudad, mujer feminista, negra e hija de la favela que había sido crítica de la intervención de las fuerzas armadas, sería asesinada.

Qué duda cabe, el Brasil que se proyecta con Bolsonaro se encuentra sustentado en un creciente autoritarismo de Estado que se nutre de la agenda asociada al populismo penal, por un lado, y de la intensificación de la polarización política, por el otro. Por supuesto, la nueva fórmula autoritaria del neofascismo representado por Bolsonaro requiere de dos ingredientes más: la Divinidad y el Progreso.

Si se analiza el discurso de Bolsonaro, se reconocerá fácilmente que –junto al orden autoritario– opera una doble divinidad: el Dios-Jehová y el Dios-Mercado. Mediante el Dios-Jehová, Bolsonaro exorciza el nuevo oleaje emancipatorio representado por la lucha de las mujeres y los movimientos asociados a las demandas LGTBI, alentando el conservadurismo más reaccionario de las capas populares de Brasil, sobre todo, aquellas adscritas a la religión evangélica (segmento que hoy representa uno de sus principales aliados estratégicos). Mediante el Dios-Mercado, Bolsonaro intentará exorcizar el neodesarrollismo petista mediante una contrarrevolución neoliberal que, en materia económica, ya había impulsado el desprestigiado Michel Temer.

Como es de público conocimiento, Bolsonaro escasamente se desenvuelve de manera apropiada en la discusión económica. Le es suficiente con señalar frases como “el libre mercado es la madre de la libertad”. La hipótesis que nos habla de un neofascismo autoritario complementado con una política neoliberal adquiere pleno sentido si es que se observan los postulados del “cerebro económico” de Bolsonaro, el economista de la Universidad de Chicago, Paulo Guedes. El recetario neoliberal se apresta a ser aplicado en Brasil: privatización de los sectores estratégicos de la economía brasileña (incluyendo Petrobras y Banco de Brasil) y políticas de austeridad.

La cuna de Chicago sabe perfectamente, a partir de la propia experiencia adquirida en la aplicación de la ‘vía chilena al neoliberalismo’, que no hay mejor momento para instalación de políticas neoliberales que cuando un país se encuentra bajo la conducción de un gobierno y Estado autoritarios.

Al igual que las políticas económicas de Mauricio Macri en Argentina, la apuesta económica de Jair Bolsonaro es nada más una “huida hacia adelante” sin ningún tipo de viabilidad futura. Con todo, el Dios-Mercado ha recibido con buenos ojos el ascenso neofascista de Bolsonaro, a pesar del evidente peligro que el ex coronel representa para la pervivencia del sistema democrático. La algarabía fue tal en Chile, que La Segunda llegó a titular una nota: “A los inversionistas en Chile les encantó el efecto Bolsonaro”.

El Progreso ofrecido por Bolsonaro, no solo se encuentra orientado por los dictámenes de la economía neoliberal, sino también por un claro acercamiento hacia Estados Unidos.

Para EE.UU., América Latina siempre ha sido concebida como su “patio trasero”. No por nada el emblemático secretario de Estado del gobierno de ese país, durante las administraciones de Nixon y Ford (1969-1977), Henry Kissinger, señalaba lo siguiente: “Hacia donde se incline Brasil, se inclinará América Latina”.

Donald Trump ve con buenos ojos la victoria de su símil en Brasil, ya que aquello permite consolidar tres tácticas continentales: debilitar los organismos multilaterales creados en la región al alero del eje bolivariano (tales como la CELAC y Unasur), nivelar la correlación de fuerzas continental ante la reciente victoria de la carta progresista en las últimas elecciones mexicanas, Andrés Manuel López Obrador, quien asume el próximo 1 de diciembre la Presidencia del país, e incrementar el asedio contra Venezuela. Todas ellas, cuestiones imposibles de realizar con un presidente del PT.

La reedición de una fascistoide “Alianza para el Progreso” que revitalice las relaciones diplomáticas entre Washington y Brasilia ya lleva camino avanzado. Tal como ha señalado el politólogo argentino Atilio Borón, Bolsonaro ya le prometió a Donald Trump autorizar la instalación de una base militar de EE.UU. en Alcántara, el estratégico promontorio del nordeste brasileño que es el punto más cercano entre las Américas y África.

¿Lograrán las fuerzas democráticas de Brasil revertir en las urnas el sombrío panorama que comienza a despuntar en el continente?

El libro de la historia permanecerá abierto hasta el próximo 28 de octubre, día en que se desarrollará una batalla electoral decisiva para el futuro de la región.

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