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Relaciones Exteriores chilenas y el apogeo de los gustos personales

por 22 marzo, 2019

Relaciones Exteriores chilenas y el apogeo de los gustos personales
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La decisión de algunos parlamentarios de oposición de restarse de las actividades oficiales a raíz de la visita del presidente Bolsonaro, constituye una muestra más del patético rumbo que ha tomado la política de Relaciones Exteriores de nuestro país.

El sábado de no mediar novedades, tendremos una foto de los presidentes de Chile y Brasil, con la ausencia de varios representantes del Congreso chileno. El incidente casi trivial no sería más que uno de los tantos que regala la política a diario.

El problema claramente es otro y consiste en que la política, en el devenir de acciones y declaraciones, ha fagocitado quizás uno de los últimos espacios que quedaban de lo que pomposamente se ha llamado “Política de Estado”, que no es otra cosa que la capacidad de los poderes del Estado de actuar coordinadamente y definir, aunque genéricamente, lo que es el interés permanente de Chile.

Hace poco era un código implícito el que en Chile no se jugaba con las relaciones exteriores. Habitualmente era una de las pocas materias bien evaluadas, independiente del presidente de turno y de lo acertado o no de su política en esta materia.

Lo que ocurre es que este sábado, en una actitud ramplona, los representantes del Congreso incumplen un deber elemental de representación y custodia de intereses del Estado con un aliado estratégico histórico y permanente de Chile: Eso es y será Brasil.

Otra cosa es el presidente Bolsonaro y el grave retroceso en derechos civiles, políticos y sociales que él ha amenazado con su gestión. Para contrarrestar eso está la política y los espacios creados por ella. Sus actores están llamados a ocuparlos, ahí pueden visibilizar, hacer presente e incluso reinvindicar a víctimas, grupo vulnerados y solidarizarse con los mismos. Eso marca y permite, justamente, promover los derechos que los parlamentarios que estarán ausentes arguyen proteger.

Lo lamentable es que esto tiene historia reciente y ha sido el presidente Piñera uno de los principales impulsores de trivializar penosamente la política de relaciones exteriores, participando hace pocas semanas atrás activamente en el bochornoso acto en la frontera de Venezuela con Colombia.

Nunca se sabrá qué interés promovió en un chascarro en el que los intereses de la política exterior chilena estuvieron ausentes. Nadie sabe si intentó convencer a la ONU o a la Cruz Roja que la carga de camiones era efectivamente ayuda humanitaria quemada vilmente y no una escena de la peor telepolítica. Nadie conocerá qué valor buscaba al asistir a un concierto donde uno de los cantantes invitados vejaba a una ex presidenta de Chile, hoy alta funcionaria internacional.

Necesitamos volver a la vieja y sabia escuela, a la defensa de la antigua política exterior chilena, reconocida por su continuidad y consistencia, promotora de la paz y diálogo de los Estados naciones y pueblos del mundo, en fronteras seguras y reconocidas, en el respeto irrestricto de los derechos humanos, en la no intervención en los asuntos internos de los estados y en la defensa de la democracia y participación de los pueblos. Requerimos salir de acciones aparentemente improvisadas que avergüenzan, y que, para ser justos, también existieron en el gobierno anterior.

La política reclama que Chile se tome este tema en serio. Si el presidente del Senado o la Cámara sienten y consideran amenazada la democracia brasileña deben decirlo y explicarlo y ojalá defiendan una causa o víctima inocente. Necesitamos que quien ejerza la Presidencia comprenda que su representación siempre debe estar situada en objetivos y valores mayores que constituyen una larga y reconocida tradición y política de Chile por más de dos siglos.

Los caprichos personales ya tienen, lamentablemente, un espacio enorme en nuestra triste e intrascendente política doméstica.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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