“Michael”: un blanqueamiento superficial
Nos encontramos ante una biopic musical que repite fórmulas agotadas. El relato se centra en la figura de Michael Jackson, desde los sesenta hasta finales de los ochenta. Aunque funciona como espectáculo musical, muestra claras carencias narrativas y confirma que Antoine Fuqua no está a la altura.
En los últimos años, el cine ha experimentado una proliferación de biopics musicales, oscilando entre producciones avaladas por la Academia, como las dedicadas a Bob Dylan, Queen o Elvis Presley y otras que han sido duramente cuestionadas por la crítica, como las centradas en Bob Marley o Amy Winehouse. A esta tendencia se suman futuros proyectos, entre ellos el anunciado biopic de Madonna o la ambiciosa propuesta de Sam Mendes sobre los integrantes de The Beatles.
En este contexto, la película sobre Michael Jackson no logra desmarcarse de la reiteración estructural que caracteriza al género: se limita a reproducir un esquema convencional que prioriza la complacencia del fan por sobre el riesgo cinematográfico.
Antoine Fuqua, reafirma aquí la irregularidad de su trayectoria. Es verdad que hubo dificultades de producción, entre otras, aquellas derivadas de la intención de evitar las controversias que rodearon la vida del artista; la injerencia directa de la familia en el proyecto; y la modificación del final. Sin embargo, tales condicionantes no bastan para justificar la escasa densidad dramática de la propuesta.
La película se presenta como una obra plana, incapaz de sostenerse por sí misma en términos narrativos. Si se consideran tanto la filmografía de Fuqua como los antecedentes recientes del género, las expectativas no eran particularmente altas, por lo que su discreto resultado tampoco sorprende.
La película traza un recorrido que abarca desde la infancia del “Rey del Pop” en 1966, marcada por su participación en The Jackson Five y los abusos paternos, hasta un cierre abrupto situado en 1989, durante su gira Bad World Tour, con un concierto en Londres que culmina con un “continuará”, insinuando una segunda parte. En esencia, se configura como un homenaje a su legado, cuya mayor eficacia radica en la recreación de números musicales con canciones emblemáticas como “Thriller” y “Beat It”.
Sin embargo, su principal objetivo parece orientarse más hacia la exaltación del ídolo que hacia la construcción de una obra cinematográfica rigurosa. La reedición del montaje final, que implicó una inversión adicional considerable, evidencia una intención deliberada de omitir las denuncias surgidas en los años noventa, así como sus vínculos con menores, desde los hermanos Cascio hasta James Safechuck o Corey Feldman.
Se opta así por una representación sin matices del artista, que diluye los aspectos más polémicos de su figura. El resultado es una suerte de operación de blanqueamiento que despoja al personaje de toda ambigüedad, acercándolo a una imagen casi santificada y exageradamente benevolente: un benefactor que ayuda a niños con enfermedades graves o rescata animales en peligro. En definitiva, un lavado de imagen evidente.
Desde una perspectiva formal, la película presenta una marcada superficialidad y una evidente falta de cohesión. Su estructura narrativa se construye mediante saltos temporales abruptos que dificultan el desarrollo de una progresión dramática consistente.
No hay una exploración profunda de los procesos creativos del artista ni de los factores que hicieron posible la construcción de su estrellato. Tampoco se indaga con rigor en sus traumas, lo que impide comprender íntegramente al personaje. La representación de sus conflictos internos resulta esquemática, cuando no directamente caricaturesca.
El conjunto se percibe como una experiencia manipulada, orientada a la reiteración de clichés accesibles para el espectador, sin una verdadera honestidad intelectual en lo que se propone. Ante la ausencia de ideas sustanciales, el filme recurre a la espectacularidad de los conciertos como sustituto, lo que termina por acentuar su carácter artificioso y predecible.
No obstante, es posible rescatar algunos aspectos de la propuesta. Además de las secuencias musicales, destaca el trabajo de maquillaje y la interpretación de Jaafar Jackson (sobrino del cantante), cuyo desempeño resulta sorprendente para un debut de esta magnitud. Su capacidad para reproducir gestos, voz y presencia escénica alcanza un notable grado de verosimilitud.
Asimismo, Colman Domingo ofrece una interpretación sólida en el papel del antagonista, el padre de Michael. Sin embargo, resulta difícil sostenerla como candidato a reconocimientos mayores, pese a ciertas valoraciones críticas que ya sitúan a Domingo como potencial nominado al Óscar a actor de reparto.
En definitiva, quienes hayan disfrutado de propuestas como Bohemian Rhapsody probablemente encontrarán aquí un producto similar: una experiencia sustentada en la nostalgia, eficaz en términos de entretenimiento inmediato, pero carente de profundidad artística. La película se asemeja más a una compilación audiovisual de grandes éxitos, como una lista de YouTube o Spotify, que a una obra cinematográfica con una propuesta propia.
En un contexto de saturación de biopics musicales, esta entrega no solo no aporta elementos novedosos, sino que refuerza los vicios estructurales del género, configurándose como un producto dirigido casi exclusivamente a fans entusiastas.
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