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En los años 60...

por 11 enero, 2020

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En los años 60 en Chile los jóvenes éramos felices. Pensábamos que en la URSS y otros países europeos, se construía el socialismo, salvo un stalinismo superable. Que China avanzaba al comunismo con algunas particularidades de la idiosincracia china. Estábamos convencidos que ese pueblo honorable, personificado en Ho Chi Minh, ganaría a los invasores norteamericanos, cuando a diario era víctimas del napalm, el agente naranja y otros venenos aberrantes. Pero lo que nos hacía más felices, especialmente en A.L., era que un grupo de jóvenes hubiera derrocado la dictadura de Batista y creara un hombre nuevo. Mientras estudiábamos los textos de Marx, Lenin y otros, militábamos organizándonos como seres abnegados y puros. Solo bastaba nuestra entrega, porque teníamos la verdad absoluta. Discrepábamos en las vías de acceso al poder, pero jamás en el modelo de sociedad, que sería solidario y sin clases. En Chile, el líder socialista Salvador Allende, parte de su partido y el PC, pensaban que podríamos acceder al poder por una vía chilena, pacífica y electoral. Otros sosteníamos que el poder solo se tomaba con las armas. Pero todos creíamos posible estatizar la totalidad de los medios de producción, lo que permitiría eliminar los vicios del capitalismo y sus injusticias. Así se organizaría la producción y nacería un hombre nuevo y solidario que entregaría al país todas sus capacidades para recibir de este lo que necesitara.

Estábamos equivocados. No lo hemos dicho con fuerza, porque no estamos dispuestos a que nuestro fracaso suponga que pensamos que el neoliberalismo y la dictadura militar están en lo correcto o que nuestra autocrítica sea un reconocimiento a su concepción del mundo cruel e injusta.

Básicamente, los socialismos reales y el resto de las experiencias señaladas, nos han mostrado, sistemáticamente, que la propiedad estatal de los medios de producción no soluciona automáticamente la organización económica de una sociedad. Pero, lo más grave: que la dictadura generada por una toma violenta del poder, nunca es transitoria. Por el contrario, y precisamente por eso, todas estas dictaduras, aunque pretendan ser diferentes como fue en el caso de Nicaragua, permanecen enquistadas en el poder ad eternum. También hemos aprendido que ninguna dictadura es buena, sea del proletariado, de la mayoría sobre la minoría, de los militares o de líderes mesiánicos. No solo porque llevan consigo la muerte, la tortura y la humillación y juegan con la vida y el dolor, sino porque limitan el desarrollo creativo de los que no tienen voz, niegan la diversidad y reproducen en el poder a una minoría que progresivamente va concentrando a los más ineptos, estúpidos e inescrupulosos.

Nuestro fracaso también se nutre de experiencias trágicas, como la del heroico pueblo de Vietnam. Triunfó, como vaticinábamos mientras lo gritábamos en las calles del mundo, con millones de muertos y lisiados, diez millones de hectáreas inutilizadas, el 14% de los bosques de Vietnam del Sur destruidos, incluida la mitad de los manglares, 650 mil enfermos crónicos y decenas de miles de aldeas, ciudades, puentes, diques, embalses, ferrocarriles, caminos, fábricas, puertos, hospitales y escuelas bombardeados con más bombas de todas las lanzadas durante la Segunda Guerra. Los 72 millones de litros de herbicidas que se lanzaron desde el aire sobre 1,4 millones de Hás, como los agentes naranja, blanco y azul, aún persisten y los recién nacidos de hoy, traen dioxina en la sangre, con malformaciones congénitas, enfermedades y cáncer que persistirán por varias generaciones. Sin embargo en 1986, el VI Congreso del Partido Comunista Vietnamita decidió iniciar una transición hacia una economía mixta a través de: la rehabilitación de las empresas privadas, la disminución del sector público, la descentralización de los créditos y el apoyo a las inversiones directas extranjeras, donde EEUU es uno de los principales beneficiados. Actualmente Vietnam recibe inversión norteamericana directa, hay 110 Zonas de Procesamiento de las Exportaciones, ZPE, donde el país da a los extranjeros 8 años de exención de impuestos y libre disposición de desechos tóxicos. Las ZPE carecen de sindicatos y los trabajadores son tratados como esclavos. En Nike se ha llegado a golpear a algunos. China comunista también fabrica en las ZPE las marcas por las que el capitalismo cobra patentes y al mismo tiempo cuenta con varios multimillonarios en la lista de los records de Forbes.

No es necesario seguir enumerando la experiencia de los países que construían un hombre nuevo mientras reprimían a escritores contestatarios, críticos del sistema, homosexuales. Ya los resultados descritos son patéticos y vergonzosos.

Esto es grave, pero mientras no nos hagamos una autocrítica profunda y pública, no podremos definir el modelo de sociedad que aspiramos construir, no superaremos los errores de la teoría que seguíamos al pie de la letra, ni tendremos posibilidades de que se desarrollen las nuevas alternativas políticas que están surgiendo especialmente entre los jóvenes.

La creación del Frente Amplio en Chile fue un hito histórico grandioso, pero a los jóvenes que lo componen les falta un análisis crítico de nuestros planteamientos y por tanto del diseño de la nueva sociedad en cuya creación esperan participar. Obviamente la que tenemos no es modelo para nadie y está muy claro para ellos y para la mayor parte de la población chilena que el neoliberalismo ha fracasado en Chile, pese a todas las garantías que el sistema le entregó.

En primer lugar un país arrasado por la destrucción y muerte de sus líderes, sin sindicatos, sin partidos políticos de izquierda, casi sin recuerdos. Con una Constitución mañosa donde su redactor, amante de la dictadura, afirmaba que aunque ganaran los del bando opuesto ella no les permitiría hacer nada. Esto, más el traspaso del poder concertado, permitió al sistema privatizar todo, hasta el agua, puertos y caminos, fuera  a través de la privatización con créditos jamás pagados entregados por el Estado a los empresarios, o por el sistema de concesiones que no es otra cosa que una privatización a plazos renovables.

No obstante, con todas las facilidades que el neoliberalismo entregó al poder económico no se logró un sistema equilibrado ni estable. Solo un país globalizado, dirigido por poderosas multinacionales, con más de una docena de familias entre los multimillonarios más ricos del mundo, lo que es un éxito para un país de 18 millones de habitantes y un sistema productivo moderno.

Los últimos sucesos ocurridos en Chile, que persistirán con fuerza en 2020, nos han mostrado que hay miles de descontentos: desempleados, narcotraficantes, nini, prostituidos, sobre endeudados, enfermos, inválidos, ancianos y los que no tienen futuro. Y los poderosos deben tener en cuenta que por más que hayan contratado al grupo de políticos que los defiende, que cuenten con una TV que solo opina lo que se les manda, la verdad siempre llega en diferentes formas.

Se quiso construir un país poderoso y en algunos niveles se logró, pero no se puede mantener mucho tiempo una sociedad en la que solo algunos reciben todo y la mayoría está en situación precaria. Especialmente cuando se parte de la premisa de que el Estado debe gastar poco, no administrar nada y dejar todo a los equilibrios macroeconómicos que automáticamente generan la igualdad. Con elusión, evasión, colusión y otras esto es imposible. Solo se lograría con empresarios y políticos honrados en los que no primara la codicia.

Los gestores del modelo no pensaron en los cambios de la sociedad que, justamente, en el Siglo XXI son poderosos. Aumenta la vulnerabilidad por el aumento de la longevidad, el fin de la familia nuclear, el aumento de las enfermedades mentales, la disminución de las fuentes de trabajo debido a las nuevas tecnologías. Quizás las pensiones hubiesen alcanzado si los ancianos no estuvieran viviendo veinte años más de lo esperado y los seguros médicos fueran honrados. Por otra parte un Estado ausente no puede controlar ni proteger, menos cuando se le exige gastar poco y respetar los equilibrios macroeconómicos.

Es imprescindible que el Estado, de una vez por todas, enfrente la disminución de empleos que ya vienen generando las nuevas tecnologías desde los 90. Disminuir la jornada de trabajo sin bajar salarios, enseñar gratuitamente las nuevas tecnologías. Fomentar la innovación y explicar las causas de la disminución de fuentes de empleo sin seguir inventando y culpando a los saqueadores.

Finalmente, aunque estamos por la democracia, pero con participación real de las mayorías, la libertad aparente, sin control ni fiscalización del Estado, solo lleva al libertinaje que se expresa en narcotráfico, trata de personas y prostitución de todo tipo.

Es fácil cerrar los ojos al dinero ilegal, pero así como las masas enojadas ya llegaron al barrio alto, mientras más libertinaje, codicia e injusticia más arriba llegarán.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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