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Biologización de la política

por 15 marzo, 2020

Biologización de la política
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Por estos días en que el debate constitucional se ha vuelto el foco de atención en la previa del plebiscito de abril, el gobierno apuesta (al menos parcialmente) a suspender el funcionamiento de la ley para operar ampliamente por fuera de esta, sin tampoco alterarla sino simplemente volviéndola ineficaz en un ámbito que le resulta ajeno. No se trata de Carabineros transgrediendo los protocolos ni de la violencia anómica en las calles que ha sido denunciada, sino del coronavirus.
En ese contexto es que el ministro de Salud Jaime Mañalich, ha asumido un inusitado liderazgo público. En su condición de médico y autoridad sanitaria del país, su mediación se vuelve imprescindible ante el fenómeno que amenaza con eclipsar el proceso constituyente: una pandemia, tal como ha sido caracterizado el coronavirus por la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Hasta la fecha se han suspendido algunos eventos y existen otros que están en evaluación. Se han también restringido los ingresos al país. Si bien en Chile las personas contagiadas por el virus son todavía pocas, lo que se estaría ensayando es una estrategia preventiva –como parte del dispositivo biomédico– cuyos efectos son altamente productivos del punto de vista político, especialmente ante la situación actual. Hace unos días atrás el filósofo Giorgio Agamben advertía que estábamos frente a “la invención de una epidemia”. Su breve artículo mostraba algo que en este lado del mundo a ratos no parece tan evidente: que en el horizonte de la biopolítica, la ley tiende a desactivarse creando un nuevo paradigma de gobierno: el estado de excepción.
De esta manera, a través de la estrategia sanitaria puesta en curso, se estarían gradualmente generando las condiciones para un estado de excepción que tiene varias implicancias. Primero, que no necesita validación constitucional para hacerlo, sin que tampoco se ejerza de facto. Más bien, habría que situarse en eso que Michel Foucault identificaba al menos desde el siglo XVIII, respecto a la labor social de la medicina y la creciente politicidad que el saber médico había adquirido en la “modernidad biológica”. Si es preciso acudir a un hecho histórico para identificar aquello, cabe recordar que en la Alemania Nazi el poder de los médicos era equivalente al de los jueces, adoptando decisiones sobre la base de consideraciones sanitarias y/o biológicas, en el marco de las leyes raciales del Tercer Reich.
Si bien lo que allí se estaba desplegando era una tanatopolítica, lo relevante es que la autoridad de los médicos (junto con la de los antropólogos) no se regía necesariamente por preceptos jurídicos en su sentido tradicional. De hecho, podría decirse que la Constitución de Weimar nunca fue formalmente abolida (y en ese sentido es que la teoría decisionista de Carl Schmitt no tuvo mucho anclaje entre los jerarcas nazis), puesto que se estuvo ante una especie inédita de lo que podría llamarse “bioderecho”, mixtura explosiva –piensa el filósofo italiano Roberto Esposito– entre un exceso de normativismo y un exceso de naturalismo, donde la norma jurídica tenía como referente una visión de mundo que se volvió dominante en la primera mitad del siglo XX, a partir de la cual la sociedad se constituía sobre la base de una cesura biológica que, en el caso particular del nazismo, encerraba a los individuos en una herencia de sangre imposible de modificar (cuyo trasfondo epistémico es lo que se denomina como “darwinismo social”).
Este contenido biológico del derecho fractura radicalmente las filosofías jurídicas modernas (positivismo, iusnaturalismo, decisionismo o normativismo) que prevalecían en ese entonces, y agota definitivamente el lenguaje político de la modernidad. Eso explica que el nazismo no haya sido de izquierda ni de derecha, y que tampoco pueda considerársele una filosofía de la historia como el liberalismo o el comunismo (y en tal caso no es del todo asimilable a las experiencias totalitarias), por lo que esas categorías resultan anacrónicas frente a la emergencia histórica del biopoder.
En efecto, lo que acontece en la Alemania Nazi es una verdadera politización de la biología: la introducción de las divisiones típicamente sociales (luchas, antagonismos, rivalidades) a la dimensión impolítica del organismo biológico. Sin embargo –observa Esposito– en la actualidad ocurriría justamente lo contrario aunque en un sentido similar, es decir una biologización de la política (allí parece apuntar Balibar cuando refiere a un nuevo racismo cultural), en que el conflicto social está condicionado por su contenido biológico, sobre todo si es que reconocemos que el criterio último de legitimación del poder es la conservación de la vida reproductiva.
De este modo los más variados lenguajes –jurídico, y hoy informático– van adoptando un léxico médico y hasta epidemiológico, pero también militar. La simbiosis entre ambos está precisamente relacionada a cómo la teoría inmunológica y sus manuales más difundidos habrían descrito el sistema inmunitario como un dispositivo militar. Para Esposito, “lo que más impresiona es el modo en que se subordina una función biológica a una visión general de la realidad dominada por la exigencia violentamente defensiva con respecto a todo aquello que resulte extraño” (2005: p. 29).
Volvamos a Chile, aunque la inscripción geográfica también resulta imprecisa porque estamos ante una problemática que es únicamente comprensible cuando se le aborda desde una perspectiva global. Lo que el coronavirus puede permitir es algo que la obsesión autoconservativa ligada a la seguridad pública no ha logrado: justificar toda clase de medidas excepcionales hasta volverlas permanentes (como denunciaba Agamben). De hecho, la pandemia podría tipificarse como un problema de “seguridad sanitaria”, con impactantes consecuencias en el terreno económico, político, militar y hasta jurídico, en un momento donde la desestabilización del sistema institucional es latente.
Pero habría algo más. El discurso en torno a la propagación del coronavirus opera a través de una lógica inmunitaria, en que –como es explicado por Esposito– el lugar de la amenaza se localiza invariadamente en la frontera entre lo interior y lo exterior, lo propio y lo extraño. Si es un virus el que amenaza con penetrar el cuerpo y alterar su condición, tal como el sistema inmunológico al entrar en contacto con el patógeno activa los anticuerpos destinados a contrarrestar su avance, la individualización de la amenaza considera la producción de una subjetividad que refuerza las segregaciones raciales, la patologización de los extranjeros, incrementa los repliegues identitarios y, en definitiva, restaura las condiciones de un orden fundado en la disociación.
Si es cierto (como piensa Esposito) que todas las sociedades poseen sistemas de defensa destinados a proteger a la población de amenazas, el problema de este modelo inmunitario o, si se quiere, de esta biopolítica negativa (que es una forma histórica de poder) es que bloquea el contenido relacional de la vida, destituyendo su carácter común que la hace tender a desarrollarse más allá de su estado natural de preservación, haciendo del “contagio” (que va desde lo biológico a lo cultural) una condición anómala, patológica, peligrosa. De esta manera, no hace sino aplastar la vida sobre su fondo biológico, como una “vida desnuda”, protegiéndola y sacrificándola a la vez.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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