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Desgaste y reconstrucción de nuestra imagen internacional

por 14 mayo, 2022

Desgaste y reconstrucción de nuestra imagen internacional
Nuestro país tiene una oportunidad hoy, con una nueva Constitución que asegure, como dice el artículo 1, un “Estado Social y Democrático de Derecho”, que da el marco institucional para un nuevo pacto social, haciendo posible así que nos orientemos en esa dirección. Si ello se logra, nuestra futura proyección global estará casi garantizada, y la política exterior solo necesitará ser un complemento de un país que, ahora sí, podrá exhibir los mejores estándares como una gran carta de presentación ante la comunidad internacional. De nosotros depende nomás.  
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Hasta hace unos pocos años, Chile contaba con una imagen en el exterior que era excepcional. En foros internacionales se hablaba del “país ejemplar”, y muchos buscaban implementar lo que se había hecho acá en estos años de democracia. Pero como todas las cosas, se trataba de una media verdad. Por cierto hubo muchos progresos, y un período donde el país parecía vivir en una razonable armonía. Hasta que llegó el estallido social de octubre de 2019. Solo a partir de ello, muchos empezaron a ver lo que informes del PNUD ya venían advirtiendo por años : la existencia de un malestar oculto en una sociedad agobiada por las deudas, bajos sueldos, extensas jornadas de trabajo, y abusos cotidianos que vive el ciudadano común.

Pero buena parte de la élite acá (incluyendo a tanto intelectual complaciente) nunca lo quiso ver, y es ésta élite la que siempre ha servido de referente a diversas entidades internacionales, en la elaboración de informes sobre la “realidad chilena”. Pero lo cierto es que con el estallido se puso en evidencia lo que se ha llamado “el lado oscuro del modelo chileno”, donde, más allá de las cifras de progreso y crecimiento, se oculta la realidad de una gran mayoría que sobrevive en precarias condiciones, y que carece de protección ante graves imprevistos económicos o de salud.

Y la manera de enfrentar el levantamiento social, se hizo de la manera típica como lo hacen fuerzas conservadoras cuando se ven amenazadas, y ven amenazados sus intereses: con una brutal violación de los derechos humanos. Así, un año después del levantamiento social, 5 informes de respetados organismos internacionales de derechos humanos acreditaron una generalizada y sistemática violación de los mismos, y que puso a Sebastián Piñera y su Gobierno ante los ojos del mundo, como nunca antes. Y la pregunta en todas partes fue entonces: “¿Qué pasó con Chile?”.

Pero lo cierto es que, si antes las imágenes en el exterior de Chile tenían que ver con carreteras y ciudades modernas, industrias que se desarrollaban, un país que disminuía drásticamente la pobreza, ahora en toda la prensa internacional las fotos y textos mostraban la brutal represión en las calles, la ocupación militar de las ciudades, y los heridos y fallecidos producto de esa represión. Y ante esto, no hay campaña de relaciones públicas que sirva. Las imágenes eran demasiado elocuentes. Y declaraciones del propio Mandatario señalando que estábamos en una guerra, solo incrementaron la percepción, en el exterior, de que esa guerra era contra una población desarmada que protestaba.

Ninguna campaña de relaciones públicas o diseño de política exterior, compensa lo que un país proyecta al mundo a partir de lo que es su sistema político y social doméstico.

Nuestra imagen en el exterior sufrió así un desplome, no por las protestas mismas, sino por la forma en que el entonces Gobierno enfrentó la situación. De hecho, la prensa internacional valoró la masiva movilización ciudadana y la interpretó como signo de vitalidad democrática. Y así, por ejemplo, The Economist, en su informe anual sobre el estado de la democracia en el mundo, elevó en 2020 a Chile a la categoría de “democracia plena”, citando precisamente estas movilizaciones ciudadanas como expresión de esa vitalidad. Pero permanece, en el exterior, una preocupación por la gobernabilidad y la continuidad sin resolución de la conflictividad social. Y, al mismo tiempo, una esperanza de que el proceso constituyente ahora en curso pueda llevar a un nuevo pacto social, que permita encauzar de manera pacífica las necesarias transformaciones que Chile requiere.

Por eso, hacen un daño muy grande aquellos que descalifican de entrada un proceso que, con todas sus dificultades y contradicciones, busca construir una nueva institucionalidad democrática con una representatividad en la participación inédita en nuestra historia, y que incorpora temas que hoy ocupan un lugar prioritario en la agenda internacional, como son la protección de los derechos humanos, el fortalecimiento de la democracia, garantizar derechos sociales, poner en el centro el resguardo del medio ambiente, reconocer derechos a pueblos originarios, y asegurar la participación paritaria y no discriminatoria de las mujeres y de minorías sexuales históricamente discriminadas, entre tantas otras cosas.

Ya varios medios internacionales observan con interés la materialización en el texto de estas y otras medidas, que pondrían a Chile a la vanguardia en materias que hoy son de gran interés a nivel global. Por otro lado, un eventual fracaso del proceso constituyente reforzaría la percepción de un clima de inestabilidad que no se inició con las protestas, pero que estas visibilizaron tanto en el país como en el exterior. Así, reposicionar a Chile en el mundo está íntimamente ligado al éxito de este proceso, porque, en definitiva, ninguna campaña de relaciones públicas o diseño de política exterior, compensa lo que un país proyecta al mundo a partir de lo que es su sistema político y social doméstico. Precisamente, los países más reconocidos globalmente son aquellos que tienen sociedades altamente igualitarias, que implementan medidas eficaces para proteger el medio ambiente, que tienen altos niveles educativos y bajísimos índices de criminalidad.



Nuestro país tiene una oportunidad hoy, con una nueva Constitución que asegure, como dice el artículo 1, un “Estado Social y Democrático de Derecho”, que da el marco institucional para un nuevo pacto social, haciendo posible así que nos orientemos en esa dirección. Si ello se logra, nuestra futura proyección global estará casi garantizada, y la política exterior solo necesitará ser un complemento de un país que, ahora sí, podrá exhibir los mejores estándares como una gran carta de presentación ante la comunidad internacional. De nosotros depende nomás.

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