Opinión
Se requiere un pueblo, el cuidado y lo humano
No necesitamos esperar a que el postnatal masculino sea legalmente irrenunciable para que las empresas promuevan que sus trabajadores asuman esta responsabilidad, esta oportunidad.
“El sino quiso que en su reino
el primer cuidado fuera cuidar;
y no ceñirse la corona,
sino inclinarse para cuidar”.
— Gabriela Mistral, “Todas íbamos a ser reinas”
Gabriela Mistral nos muestra en este poema que las niñas no podían ceñirse la corona de reinas, porque sobre sus hombros recaía la tarea de cuidar. Esta imagen refleja una realidad que ha atravesado generaciones: el cuidado se ha instalado como un mandato cultural dirigido casi exclusivamente a las mujeres. Según la OIT, el 76,2% del total de horas de trabajo no remunerado de cuidado en el mundo es realizado por mujeres.
Sin embargo, el cuidado ha ido tomando un lugar relevante en la manera de entendernos a nosotros mismos, los seres humanos. La antropóloga estadounidense Margaret Mead nos decía que el primer signo de civilización fue un fémur roto que soldó. Ella no se refirió al fuego, a los metales o a la escritura. Se refirió a la capacidad de una comunidad de organizarse en torno a un individuo que requiere cuidado. Ningún otro animal es capaz de hacer esto, las otras especies deben abandonar a ese individuo. Incluso algunas hembras matan a sus crías más débiles como una manera de asegurar la sobrevivencia del resto de la camada.
Humberto Maturana en los 90 nos planteaba lo siguiente: “Lo humano surge en la conservación recurrente del encuentro amoroso en el vivir cotidiano de pequeños grupos familiares.
No es la fuerza, ni la astucia, ni la competencia lo que nos constituye: es el amor como aceptación del otro en la convivencia”.
En particular el cuidado de las crías humanas es altamente demandante. Nuestras guagüitas, nuestros bebes, son absolutamente indefensos por años y la madre por sí sola no es capaz de darle el cuidado que requiere. Se necesita una comunidad, se “necesita una aldea para cuidar un niño”. Como nos decía Hillary Clinton, inspirada en las culturas africanas, en su libro It takes a Village, donde plantea que no basta con la familia del niño, se necesita a la comunidad entera. La sociedad tiene un rol esencial en el desarrollo de cada niño.
Claudia Goldin, Premio Nobel de Economía, nos mostró con datos que el nacimiento del primer hijo no afecta en nada el desarrollo profesional del padre, mientras que para la madre implica una caída pronunciada en ingresos, trayectoria y acceso a posiciones de liderazgo, brecha que, incluso diez años después, sigue sin cerrarse.
Esta constatación nos lleva inevitablemente a reflexionar sobre las condiciones que permitirían avanzar hacia una mayor corresponsabilidad. Un punto clave es el postnatal masculino.
Existe en Chile un postnatal masculino legal, no irrenunciable, de cinco días. Sin embargo, según datos de la Superintendencia de Seguridad Social (SUSESO), en 2022 solo el 0,22% de los hombres hizo uso de este permiso: apenas 189 padres, de un total de 85.775 licencias otorgadas ese año.
Respecto al permiso postnatal parental de 12 semanas –que puede ser traspasado al padre a partir de la séptima semana–, la situación no es muy distinta: entre 2011 y 2022, apenas el 0,23% de los padres ha hecho uso de esta opción, de acuerdo con cifras de la SUSESO.
Estudios de Comunidad Mujer señalan que las razones de esta baja participación masculina en el postnatal son de origen cultural, económico y de falta de información. Muchos hombres temen ser mal evaluados en su desempeño laboral, ser percibidos como poco comprometidos o afectar sus posibilidades de desarrollo profesional. En otros casos, los subsidios no alcanzan a cubrir la totalidad de sus ingresos, lo que desincentiva el uso del permiso. A ello se suma que un porcentaje importante de hombres no sabe que tiene derecho a acceder al postnatal parental.
Es un derecho fundamental del niño recién nacido establecer un vínculo fuerte y duradero con ambos progenitores, a través del apego temprano. Los países que han implementado un postnatal masculino prolongado, legal e irrenunciable, han observado que esos padres experimentan una transformación fisiológica: disminuyen sus niveles de testosterona, aumentan los de oxitocina y se adaptan biológicamente al cuidado.
El doctor Humberto Maturana planteaba que nuestro sistema nervioso es tan plástico, que es indistinguible lo biológico de lo cultural. El entorno cultural modifica nuestras capacidades y disposiciones biológicas. Así, la disposición biológica al cuidado puede ser fortalecida o inhibida, dependiendo del contexto cultural que rodea a las personas, sean hombres o mujeres.
Los padres que tienen la posibilidad y la obligación de cuidar a sus hijos desde el nacimiento mantienen un vínculo más fuerte y sostenido a lo largo de la vida. Se reduce así la distancia afectiva que en otros casos lleva a relaciones frágiles o al abandono, fenómeno socialmente conocido como “papitos corazón”.
El impacto de estos vínculos tempranos se extiende también a la adolescencia: diversos estudios muestran que los jóvenes que han desarrollado un apego seguro con ambos padres presentan un 30% menos de consumo problemático de alcohol, un 25% menos de uso de drogas ilícitas y hasta un 20% menos de ausentismo escolar.
No necesitamos esperar a que el postnatal masculino sea legalmente irrenunciable para que las empresas promuevan que sus trabajadores asuman esta responsabilidad, esta oportunidad.
Muchas veces me preguntan qué se puede hacer, desde las organizaciones, para avanzar en equidad de género. Fomentar la corresponsabilidad parental es una de las respuestas más claras: no solo distribuye mejor las cargas de cuidado, sino que permite a las mujeres participar en igualdad de condiciones en el mundo laboral y ofrece a los hombres la posibilidad de construir vínculos más profundos con sus hijos e hijas, favoreciendo sociedades más justas y humanas.
El cuidado es lo constitutivo de lo humano y se requiere una comunidad para cuidar a nuestros niños.
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