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El fin del sistema liberal de derecha Opinión

El fin del sistema liberal de derecha

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Samuel Toro
Por : Samuel Toro Licenciado en Arte. Doctor en Estudios Interdisciplinarios sobre Pensamiento, Cultura y Sociedad, UV.
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Hay que dejar de mirar la teleserie política local como si fuera la última trinchera, pues el real debate no es la existencia de una ideología o no, sino la viabilidad de un sistema que ha perdido su fundamento material y moral.


Vivimos un “tiempo” que algunos llaman policrisis, la cual es una intersección de múltiples catástrofes simultáneas en el mundo. El activista Walden Bello las plantea como “crisis climática intensificada, rivalidades geopolíticas, división Norte-Sur, y el conflicto entre la democracia y el fascismo”, es decir, el deterioro del sistema/planeta, con el aumento del choque de grandes potencias, las brechas entre países ricos y pobres (deudas externas, neocolonialismos), y la polarización político-social (ascenso de autoritarismos y olas antidemocráticas).

Gramsci menciona que “el viejo mundo se está muriendo y el nuevo mundo tarda en llegar, y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Esta “crisis del Viejo Mundo” marca el fin del orden unipolar estadounidense y la irrupción de un escenario multipolar complejo. El historiador Tooze nos dice que hace más de una década “hemos abandonado el momento unipolar”, aunque EE. UU. aún mantiene vastas esferas de poder, su hegemonía se ha debilitado profundamente.

Paralelamente, emergen nuevos centros de poder (China, India, Brasil, Turquía, etc.) que actúan con autonomía creciente, inaugurando un orden policéntrico. Ni EE.UU. ni Rusia, por sí solos, podrán restaurar el antiguo marco global sin ir contra lo inevitable.

Frente a esta policrisis, las formas tradicionales son inadecuadas y no hay consenso sobre salidas inmediatas. Más bien, surgen esquemas múltiples –de proteccionismo a nacionalismos de Estado– y tensiones entre bloques. Este “vacío hegemónico” no prefigura, necesariamente, un desorden o caos total, sino que estaría abriendo paso –en el mejor escenario– a un “orden descentralizado”, donde potencias menores (o sur global) logran mayores márgenes de maniobra. En otras palabras, la fase ascendente del neoliberalismo mundial ha terminado, y estamos en una fase de tránsito donde lo conocido se deshace antes de configurarse lo nuevo.

Para comprender la magnitud de la crisis actual hay que entender –al menos en términos generales– la dinámica interna del sistema capitalista en su etapa tardía. Postone menciona que el capitalismo “moderno” es una relación social histórica basada en el trabajo abstracto y el fetichismo de la mercancía, no un orden natural ni eterno. Jappe  agrega que el capitalismo está “condenado… a crecer y a intentar correr más deprisa que su tendencia inmanente a agotar la producción de valor”.

Es decir, mecanizar la producción reduce el valor añadido por unidad, creando la paradoja de una riqueza creciente en mercancías vacías de realidad. Esto provoca un aumento voraz en el consumo de materias primas y energía –la ya mencionada “ruptura metabólica” con la Tierra– y, al mismo tiempo, obliga a buscar nuevas fuentes de plusvalía fuera de la producción formal de explotación.

Segun Nancy Fraser, el capitalismo no funciona solo como sistema económico “superficial”, sino como un aparato social completo, el que necesita “condiciones de fondo” como el trabajo precarizado o, directamente, no remunerado, recursos naturales ajenos y cuidados invisibles, entre otros, para sostenerse.

Dichas “condiciones de fondo” extraen valor sin pagar nada a cambio, por ejemplo, el cuidado de niños y ancianos, el extractivismo medioambiental, la subordinación de trabajadores informales y, de forma más “invisible”, la entrega de miles de millones de datos que damos a diario a través de sistemas digitales. Reducir el capitalismo a un simple choque distributivo omite la “trampa” en donde el sistema obtiene ganancias “gratuitas” de esferas que no contabiliza en su economía formal.

Como señala la corriente marxista heterodoxa (crítica del valor), estas lógicas conducen al capitalismo contemporáneo a un proceso autófago. Se devora a sí mismo al erosionar sus mecanismos de compensación sociales (el fordismo, postfordismo, el Estado de bienestar, los acuerdos salariales, etc.) y corroer las bases naturales y sociales de la producción. El investigador Tornel menciona que “el capitalismo contemporáneo tiende hacia un proceso autófago… devorándose a sí mismo, erosionando sus mecanismos de compensación –como el fordismo o el keynesianismo–; al tiempo que corroe y agota las condiciones de fondo –la extracción de la naturaleza, el cuidado y la subordinación racial–”.

En ese sentido, la crisis actual no es cíclica o pasajera, sino estructural, la cual se manifiesta no solo en colapsos financieros, sino también en la incapacidad crónica de proveer trabajo digno, vivienda asequible o seguridad ambiental. Lo que muere, en definitiva, es el modelo de reproducción social que la derecha institucional, y la pseudoizquierda demócrata burguesa, construyó en las últimas décadas.

Para los defensores del orden vigente, este diagnóstico resulta inexplicable o exagerado. Los neoliberales convencionales –aquellos que siguen la herencia de Friedman o Hayek– jamás imaginaron que la libertad de mercado pudiera generar tanta irracionalidad política y desastre socioecológico. Friedman, por ejemplo, sostenía que “un mercado libre es una condición necesaria de la libertad individual”, asumiendo que el capitalismo se compensaría solo con un poco de moral y democracia liberal.

Pero la historia reciente muestra que la “libre empresa” no garantiza consenso ni estabilidad social, de hecho, ha sido capturada por élites que defienden su statu quo a sangre y fuego. Milanovic plantea que los principios universales del neoliberalismo han chocado con las identidades y demandas locales, llevándolo a su “derrota política”, y en donde, “en su encuentro con el mundo real, el neoliberalismo retrocede. El mundo real toma el control”. 

Frente a estas críticas, la visión ortodoxa de derecha es distinta. Hayek o Bautista Alberdi pensaban en la expansión de la libertad individual y del mercado como el fin último del desarrollo de las capacidades humanas (e incluso la historia).

Sin embargo, esos principios han chocado contra un muro. Incluso, algunos liberales clásicos admiten hoy que el capitalismo necesita un “conjunto de valores” para funcionar. El problema es que estos valores han sido pervertidos, donde la “meritocracia” se combinó con machismo, racismo y nacionalismos, formando la base de un neoliberalismo cuya “derrota política” fue impulsada por descontentos que las élites ignoraron.

El debate puede ser inagotable, donde, de un lado, los críticos ven un modelo social que devora sus cimientos (naturaleza, cuidado, legitimidad democrática), del otro, los conservadores resisten la crítica y atribuyen los problemas a factores externos o culturales. Pero lo cierto es que hoy la evidencia recae con los primeros, pues el sistema que la derecha propuso como indestructible muestra cada vez más señales de colapso.

Chile como pequeño espejo irónico

Chile ha sido, durante décadas, un país “modelo” para la derecha. Sin embargo, incluso aquí los síntomas son claros. Un reporte del PNUD habla de una profunda “crisis del futuro” entre los y las jóvenes chilenos(as), donde muchos(as) sienten que ni la educación ni el empleo les ofrecen un avance real, y que la promesa de progreso se ha quebrado.

Políticamente, esto ha alimentado desafección, polarización y experimentos electorales como respuestas populistas que ya no encajan en la anacrónica disputa bipartidista. La moribunda disputa entre izquierda y derecha ha llegado a la farsa. Algunos acusan al oficialismo de “aplacar” expectativas y traicionar los programas sociales, mientras otros celebran cualquier atisbo conservador como señal de cordura.

Pero si miramos más allá de los titulares y frases vacuas, vemos el fin del “modelo” dictatorial, más que de cualquier aspiración progresista. Los(as) políticos(as) chilenos(as) dialogan sobre “arrancar la vuelta al modelo” o “retomar la Concertación”, como si pudiésemos regresar a 1990. En realidad, todo el sistema tal cual lo conocíamos llegó a su fin, donde el cálculo económico del libre mercado ya no asegura ninguna estabilidad social ni ninguna promesa de bienestar.

En este proceso, se genera una “ridícula” paradoja, donde, mientras algunos entonan la muerte de la izquierda, es, en realidad, el orden neoliberal el que agoniza. Chile es un ejemplo en miniatura de la derrota histórica que narra Milanovic, en donde el “Titanic” estructural empieza a hundirse visiblemente, aunque en cubierta los últimos que quedan no quieran admitirlo, o no puedan verlo. 

Hay que dejar de mirar la teleserie política local como si fuera la última trinchera, pues el real debate no es la existencia de una ideología o no, sino la viabilidad de un sistema que ha perdido su fundamento material y moral. El que celebra victorias simbólicas, mientras se derrumba el andamiaje social y cultural está, en realidad, celebrando su propia impotencia frente a la tragedia en curso.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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