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Piezas sueltas en el Continente Blanco: ¿dónde está la información? Opinión Archivo

Piezas sueltas en el Continente Blanco: ¿dónde está la información?

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Juan Carlos Pastene
Por : Juan Carlos Pastene Analista del Instituto Geográfico Militar (IGM) e Investigador de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (ANEPE)
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La Antártica no debiera permanecer como un espacio distante reservado solo para especialistas. Hacer más legible su información también contribuye a una comprensión más completa de Chile y de la amplitud de su territorio.


Chile cuenta con información valiosa sobre su territorio antártico y con capacidades para comprenderlo y representarlo. De cara a la 48ª Reunión Consultiva del Tratado Antártico (RCTA) y a la 28ª Reunión del Comité para la Protección del Medio Ambiente (CPA), que se realizarán en Hiroshima, en mayo de 2026, el desafío es hacer ese conocimiento más claro y accesible, también para reforzar una comprensión más completa de Chile, desde Visviri hasta el Polo Sur.

Una cosa es saber que existe información sobre el Territorio Chileno Antártico y otra muy distinta es tener claro dónde buscarla cuando de verdad se necesita. Chile cuenta con instituciones, capacidades y herramientas valiosas en esta materia, aunque esa información no siempre aparece articulada con suficiente claridad para el usuario. Cuando la referencia oficial no es fácilmente identificable, puede terminar recurriéndose a fuentes no oficiales, con los consiguientes problemas de precisión, consistencia y validación.

En una instancia como la próxima reunión del sistema antártico no solo se debaten cooperación, protección ambiental, ciencia, cambio climático o gobernanza. También se hace visible algo más concreto: la capacidad de los países para convertir información especializada en una herramienta útil de presencia, proyección y comprensión territorial. Hoy el conocimiento también es una forma de presencia.

Conviene aclararlo: más que discutir si toda la información debiera o no estar en un solo lugar, el punto parece ser cómo hacerla más articulada y accesible. En un ámbito tan multiinstitucional como el antártico, eso puede traducirse en mejores conexiones entre plataformas existentes, en rutas de acceso más claras o incluso en soluciones más integradas allí donde resulten pertinentes.

Desde una mirada geográfica, el problema no es menor. Un territorio no solo se ocupa o se investiga; también se hace legible a través de la información que lo describe. Cuando los datos aparecen demasiado fragmentados para el usuario, lo que se vuelve más difícil no es solo la consulta, sino también la lectura de conjunto. La experiencia internacional muestra que este camino puede recorrerse de distintas maneras.

El Composite Gazetteer of Antarctica, impulsado en el marco del Comité Científico para la Investigación en la Antártica (SCAR) y alojado por el Australian Antarctic Data Centre (AADC), reúne actualmente 39.187 nombres correspondientes a 20.159 rasgos geográficos, con información aportada por 22 países. Su aporte no está en resolverlo todo, sino en integrar y hacer consultable información toponímica proveniente de múltiples tradiciones nacionales.

La Antarctic Digital Database (ADD), también asociada a SCAR, ofrece una compilación topográfica continua para la Antártica al sur de 60°S, abierta al público y recomendada para uso general. Se actualiza periódicamente y hoy constituye una referencia cartográfica ampliamente utilizada.

También hay ejemplos de articulación en el plano operativo. El Consejo de Administradores de los Programas Antárticos Nacionales (COMNAP) mantiene una plataforma pública sobre instalaciones antárticas alimentada por los propios programas nacionales y hoy reúne información sobre instalaciones operadas por 34 programas antárticos miembros. Esa cifra es ilustrativa: no se trata de una sola institucionalidad homogénea, sino de una red amplia de actores que, aun manteniendo su identidad, pueden aportar a un sistema de consulta más ordenado y útil.

Si se observan ejemplos nacionales, Australia y Noruega ofrecen señales interesantes. Australia, a través del AADC y de sus recursos cartográficos oficiales, pone a disposición mapas, datos e imágenes de acceso abierto vinculados a su actividad antártica. Noruega, por su parte, a través del Norwegian Polar Data Centre (NPDC), ofrece acceso directo a información científica, ambiental y geográfica, además de una base pública de nombres polares. No son modelos idénticos, pero muestran que una institucionalidad clara puede hacer más visible, accesible y consultable un conocimiento territorial especializado.

Y eso también importa por otra razón. La Antártica no debiera permanecer como un espacio distante reservado solo para especialistas. Hacer más legible su información también contribuye a una comprensión más completa de Chile y de la amplitud de su territorio.

En el caso chileno, además, el desafío adquiere una dimensión muy concreta. Existen aportes relevantes desde el Instituto Antártico Chileno (INACH), el Instituto Geográfico Militar (IGM), el Servicio Hidrográfico y Oceanográfico de la Armada (SHOA), el Servicio Aerofotogramétrico (SAF), la Dirección General de Aeronáutica Civil (DGAC), universidades, centros de investigación y otros organismos con competencias o producción de información vinculada al espacio antártico.

El punto no es la ausencia de capacidades, sino la dificultad de articularlas de manera más visible, comprensible y consultable para el usuario. Ahí aparece una pregunta de fondo: cómo avanzar hacia referencias más claras, criterios más consistentes y mejores rutas de acceso entre instituciones, plataformas y tipos de datos que hoy ya existen, pero no siempre dialogan con suficiente claridad entre sí.

Por eso, de cara a mayo, una pregunta pertinente no es solo qué posición llevará Chile a la reunión internacional, sino también cómo puede seguir fortaleciéndose la articulación del conocimiento con el que piensa, representa y proyecta su presencia en la Antártica.

Porque las piezas ya existen. El siguiente paso es hacer que conversen mejor entre sí.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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