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Diplomacia coercitiva en el Golfo Pérsico Opinión Archivo

Diplomacia coercitiva en el Golfo Pérsico

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César Iribarren Arsuaga
Por : César Iribarren Arsuaga Periodista, magíster en Ciencia Política.
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La personalidad, prejuicios, preferencias subjetivas y falta de control democrático pueden afectar el cálculo racional de un tomador de decisiones, las que pueden determinar el futuro no sólo de su país, sino que del mundo entero.


Cuando el diplomático José Rodríguez Elizondo, en su columna titulada “Sin democracia y con mucho miedo”,  alude a “las guerras más expansibles que hoy asuelan la tierra” en referencia a la ofensiva militar del Presidente de Estados Unidos contra Irán, hace mucho sentido. Si bien durante los últimos días se ha ido calmando la situación, gracias al cumplimiento de una frágil tregua  y al acuerdo entre ambas países de la solución a uno de los puntos de discordia más sensible, como es la reapertura del Estrecho de Ormuz, todo el proceso estuvo precedido por una manera de negociación, al menos, llamativa.

Desde el inicio de las tensiones, incluso previas a los bombardeos, mientras ambas partes ahora beligerantes negociaban precisamente la forma de evitar los ataques y contraataques armados que partieron el 28 de febrero y sus consecuencias humanas, económicas y políticas, la Casa Blanca ha estado aplicando un mecanismo, denominado hace casi 30 años como “diplomacia coercitiva”, por el profesor de la Royal Danish Defence College  y experto en geopolítica danés, Peter Viggo Jakobsen.

Si bien las palabras que componen este término podrían verse como contradictorias entre sí, según dicho académico se trata de “la utilización de amenazas o fuerza limitada para persuadir a un adversario de detener o revertir una acción”  pero que “está abocada al fracaso si lo que se demanda es, no sólo un cambio de política, sino que también de régimen”.

Considerando que las aspiraciones expresadas públicamente por Estados Unidos e Israel  han sido, además del freno del programa nuclear y de drones militares y misiles balísticos de Teherán, el hundimiento de la República Islámica, que ha regido los destinos del país persa durante casi medio siglo, así como otras demandas maximalistas, ha quedado en evidencia que los últimos hechos le han dado la razón a la idea de Jakobsen expuesta hace casi tres décadas.

Este conflicto, especialmente desde que partieron los bombardeos de Washington e Israel contra territorio persa hace más de un mes y medio, si bien dejó como saldo la muerte de nada menos que el Ayatolá Alí Jameneí y altos mandos militares iraníes, ha demostrado, hasta ahora, una incapacidad de cumplir los objetivos que fueron su razón de ser. Todo lo contrario: ahora son parte de una negociación “coercitiva”, pero igual bajo el paraguas de la diplomacia, al fin y al cabo.

En consecuencia, los últimos hechos ocurridos en Medio Oriente demuestran también que las ideas de Hans Morgenthau, fundador de la teoría del realismo político en las Relaciones Internacionales, están más vigentes que nunca, especialmente la que señala que “nos ponemos en el lugar de un estadista que se enfrenta a un determinado problema de política exterior en unas circunstancias concretas y nos preguntamos qué alternativas racionales tiene, cuál debe elegir y cómo debe afrontar el problema en esas circunstancias (presumiendo que siempre actúa de manera racional)”.

Con este planteamiento, lo que hace el autor del clásico libro Política entre las naciones: la lucha por el poder y la paz es evidenciar que la personalidad, prejuicios, preferencias subjetivas y falta de control democrático pueden afectar el cálculo racional de un tomador de decisiones, las que pueden determinar el futuro no sólo de su país, sino que del mundo entero.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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