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La primera dama y la despolitización del cuidado Opinión

La primera dama y la despolitización del cuidado

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Claudia Darricarrere
Por : Claudia Darricarrere Psicóloga perinatal. Mg. psicología de la salud
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“Cuando el cuidado se presenta como virtud individual y no como derecho, no solo se desdibuja el poder: se lo libera de su responsabilidad”.


La primera dama de este gobierno encarna ese sueño que parecía empolvado, pero que hoy resucita en un rostro amable, en una sonrisa generosa, en un cuerpo que se agacha para saludar a un niño, toma un cucharón y sirve la comida de todos, como si el país fuera una casa. Una voz que canta a capela en una medialuna, transmitida a todo Chile.

Pía Adriasola se detiene. Sonríe.

Es madre, en el sentido más tradicional, y también más vetusto, del término.

El símbolo no es nuevo. Es la madre que se parece a María: aquella que, sin cuestionar, asume honrada la tarea de traer al mundo y cuidar. Una mujer que nace y muere para servir.

Pero ese no es el problema.

Servir y cuidar son labores nobles, necesarias, históricamente invisibilizadas y fundamentales para sostener todo lo demás. Sin ellas, no hay vida posible. Sin ellas, no hay economía posible.

Es más, el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado en Chile representa cerca del 20% del PIB y aún así se sigue tratando como vocación y no como derecho.

El problema aparece cuando ese lugar se encarna sin fisuras, como destino natural. Cuando el cuidado no dialoga con el poder. Cuando se presenta como virtud, pero no como derecho.

Ahí, lo que se despolitiza, paradójicamente, no es solo la figura de una mujer en un lugar de poder; se despolitiza el lugar de las mujeres; se despolitiza la maternidad; se despolitiza el cuidado.

¿A qué puede aspirar una mujer?

A agradar. A servir. A sostener. A estar disponible.

Valores como la familia tradicional, el sacrificio, la entrega y la servidumbre no pasan desapercibidos en el personaje que se construye y que, dada su visibilidad pública, se proyecta como modelo para niñas y jóvenes.

La respuesta que ofrece esta figura no es neutra: un cuidado despolitizado, desligado del poder, presentado como virtud antes que como derecho.

Hace unos días, en una columna publicada en El Mercurio, Pía Adriasola escribía sobre la soledad y el abandono. Sobre rostros que esperan, manos que buscan ser tomadas, voces que necesitan ser escuchadas. Y proponía algo simple y potente: estar, abrazar, llegar.

Y sí, estar importa. Abrazar importa. Llegar importa.

Pero no basta.

Porque el abandono no es solo una experiencia emocional. Es también el resultado de decisiones. De prioridades. De políticas públicas que incluyen o excluyen.

Mientras se habla de abrazar, en otras esferas del poder se discute recortar, condicionar, castigar. Se debate sobre quién merece y quién no. Sobre quién accede y quién queda fuera.

Entonces la pregunta es inevitable: ¿cómo se llega a quienes han sido previamente alejados?

Como han advertido feministas como Silvia Federici, el problema nunca ha sido el cuidado, sino su despolitización. Convertirlo en gesto moral, en vocación silenciosa, en acto individual, permite evitar una discusión más incómoda: la del poder.

Porque estar, abrazar y llegar no son solo gestos.
Son decisiones políticas.

Y cuando se los presenta como voluntariado, lo que se hace es liberar al poder de su responsabilidad.

No se trata de oponer el abrazo a la política. Se trata de entender que, sin política, el cuidado no alcanza.

Y a veces, incluso, encubre lo que el poder no quiere asumir: que el cuidado es un eje organizador de la vida, y no un acto de caridad.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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