Opinión
Crédito: Agencia Uno, gabinete Kast
El llamativo uso del “machismo” para desestimar críticas
Convertir toda crítica en una expresión de machismo no solo simplifica el debate: también corre el riesgo de instrumentalizar el concepto para eludir el fondo de las objeciones.
La ministra de la Mujer y Equidad de Género, Judith Marín, ha puesto sobre la mesa un tema importante respecto de la participación de las mujeres en la esfera política: qué críticas pueden considerarse atravesadas por elementos de machismo o misoginia cuando se refieren al actuar de autoridades políticas. Este último concepto no fue utilizado por la ministra, sino por quien suscribe esta nota.
Cabe recordar que la exministra Orellana fue enfática cuando denunció este tipo de situaciones frente a críticas dirigidas a determinadas figuras políticas. Por ejemplo, cuestionó el uso de redes digitales -incluidos bots- en contra de la entonces candidata Evelyn Matthei, y también advirtió sobre el clasismo presente en algunos cuestionamientos formulados contra mujeres que participaron en la administración del gobierno del presidente Gabriel Boric. Si se criticaba a las ministras Jara o Camila Vallejo ¿se hacía en su condición de mujeres? quizás sí en algunos casos, pero diría que la mayor parte de las veces fue formulando críticas a lo que sostenían.
Con el cambio de administración, el escrutinio político ha recaído tanto en hombres como en mujeres. Es cierto que algunos comentarios, especialmente desde el espectáculo, reducen la discusión a la apariencia física de algunas ministras. Esos juicios carecen de valor político. Muy distinto es evaluar el desempeño de una autoridad por sus decisiones, declaraciones o actuaciones en el ejercicio de su cargo.
Las críticas a ministros como Poduje o Quiroz apuntan precisamente a ese plano: su forma de comunicar políticas públicas o la forma en que responden frente a cuestionamientos legítimos en una sociedad democrática.
Las mujeres en la administración, como cualquier otra autoridad política, pueden y deben estar sujetas al escrutinio por su desempeño. El profesor Anguita señaló en una entrevista que la expresión utilizada por la ministra Sedini, “Chile está quebrado”, constituía una crítica política a la administración anterior. Ello, sin perjuicio de que incluso para empresarios y economistas de derecha esa afirmación resultara problemática por el uso de una expresión inexacta respecto del manejo económico histórico del país. Si un vocero, y no una vocera, hubiera expresado lo mismo, ¿acaso no habría generado críticas igualmente intensas desde diversos sectores?
Podemos decir, sin equivocarnos, que las críticas dirigidas a la ministra Duco por sus declaraciones sobre las prioridades de su cartera, el Ministerio del Deporte, respecto del rodeo o del vestuario de los deportistas siguen la misma lógica. Lo que existe es una crítica a la visión o al manejo de una cartera ministerial que, en este caso, está encabezada por una mujer. Si un ministro hombre hubiera realizado las mismas declaraciones, ¿no habrían surgido reacciones similares desde el mundo deportivo?
Sostener que la ministra Lincolao ha sido injustamente agredida únicamente por el hecho de ser mujer obligaría también a afirmar que la exministra Siches fue atacada en su visita a Temucuicui por la misma razón. Sin embargo, en ese caso, al igual que con la ministra Lincolao, lo que ocurrió fue un acto de violencia inexcusable contra una autoridad de gobierno, independiente de su género.
La pregunta que, a mi juicio, debe hacerse para evaluar si la crítica está dirigida porque la autoridad es una mujer, es si a la base se está escrutando su trabajo y calidad, o si el género es indiferente para efectos de si la crítica formulada es válida o no. Convertir toda crítica en una expresión de machismo no solo simplifica el debate: también corre el riesgo de instrumentalizar el concepto para eludir el fondo de las objeciones.
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